
Para hablar de la obra de Francesca Woodman se hace difícil no recordar que vivió poco y que eligió morir. Tenía solo 22 años cuando el 19 de enero de 1981 decidió quitarse la vida con solo 22 años y saltó desde el tejado de un edificio cercano a su estudio del Lower East Side de Manhattan. Había regresado poco antes de Italia, un país que conocía ya que de pequeña había vivido en Florencia, por una beca que le concedieron a George, su padre. Allí ella y su hermano cursaron la escuela.
Francesca había nacido en Denver, Colorado, en el seno de una familia de artistas. Desde muy niña conoció el mundo del arte a través de sus padres, ambos artistas plásticos. En la actualidad son ellos quienes gestionan el archivo con más de 800 poderosas imágenes que dejó su hija, que durante estos años vienen siendo expuestas y celebradas en muestras en todo el mundo o publicadas en diferentes formas de libro.
Aunque comenzó interesándose por la pintura, Francesca pronto eligió la fotografía como modo de expresión artística y tuvo su primera cámara a los 13 años: fue un regalo de su padre. De la obra que se conoce, se desprende que se trataba de una artista inclasificable y con potencial. Sus fotos y su forma del retrato -lo angelical y lo decadente de su mirada en blanco y negro- la convirtieron en una artista de culto.
En la mayoría de los casos, se autorretrataba y muchas veces escondía su rostro. El movimiento es una característica de sus imágenes, al igual que la evanescencia: al estar al tanto de su dramático final se hace imposible no leer en esa fuga constante su tormento y su fragilidad.
Quienes la conocieron aseguran que era también carismática y apasionada, con gran sentido del humor y paradójicamente muy vital. De todo eso da cuenta un libro nuevo titulado Francesca Woodman: Portrait of a Reputation. Publicado por Rizzoli Electa, el volumen reúne material que el fotógrafo George Lange, compañero de estudios y muy amigo de Woodman guardó en una caja desde la muerte de la artista hasta el año 2017. Dentro de ese tesoro había cartas, anotaciones y también fotografías tomadas por él en donde se ve a Francesca Goodman en una posición diferente, como musa de otro.
“Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones, en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas…”. Esa fue su despedida, también en una carta. La falta de apoyo de grandes productores y creadores influyentes y, aparentemente un fracaso sentimental, habrían apurado su decisión final.
El éxito de su obra fantasmática y fascinante llegó más tarde, en ausencia.
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