
Una mujer desvanecida. El sol la cubre y su necesidad de calor es tan grande que se tiende allí, en el punto más alto que puede alcanzar, para sentir en el rostro esa caricia. Quizá el único gesto de afecto que puede recibir en un ambiente gris, en una metrópolis que revela en sus chimeneas que no se detiene.
Recostada como en una pintura renacentista o como un ángel caído que espera redención, ella, la mujer que solo desea una caricia del sol, respira en soledad.
En su gesto no hay goce, ni sufrimiento, solo quietud, como quien espera, como quien se entrega a lo que deseó por años, quizá décadas, esa caricia en el rostro, el calor que nos recuerda que seguimos vivos.
A su lado, un libro abierto. Ese mecanismo para evadir realidades, para atravesar vidas ajenas o para olvidar la propia, para amar a través de otros amores, y también un zapato, lo único que llegó a quitarse para disfrutar del sol.
Es un instante que desea que no se le escape, y así deja todo sin terminar, y se entrega a ese momento que para ella, la mujer que solo desea una caricia del sol, es la felicidad.
Esta fotografía, “Veraneando en la ciudad”, de Annemarie Heinrich fue realizada en 1959 puede apreciarse en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA).
Heinrich fue una extraordinaria fotógrafa nacida en Alemania que realizó su obra en Argentina, contribuyendo a la expansión de este arte no solo en el país, sino en toda la región.
Nació en Darmstadt en 1912 y vivió en Berlín hasta los 14, cuando viajó al país sudamericano para afincarse en Larroque Entre Ríos, una ciudad que albergaba comunidades europeas en búsqueda de una mejor vida a través del trabajo en el campo.
Al tiempo, se muda a Buenos Aires con su madre, donde comienza a desarrollar la fotografía. Trabaja con Rita Branger y Melita Lange, la fotógrafa austriaca afincada en Buenos Aires y conocida retratista, de quien aprende este arte, como el uso de las luces y los espacios.
Para la década del ‘30 instala su propio estudio y ya era la fotógrafa de las estrellas del Teatro Colón. Comienza también a colaborar en publicaciones como Novela Semanal, Mundo Social, El Hogar, Antena y Radiolandia, revista para la que colabora desde el primer número y lo hace durante 40 años.
Para la época en que realizó la foto, Heinrich pertenecía a la Carpeta de los diez, una agrupación de fotógrafos profesionales, la mayoría extranjeros, entre los que también estaban Anatole Saderman, Hans Mann, Jorge Friedman y Alex Klein.
La creación del grupo es considerada como un momento bisagra de la fotografía argentina, debido a que planteaba la elaboración de un pensamiento crítico sobre sus trabajos. En ese sentido, la Carpeta, surgió como una reacción al academicismo que dominaba la actividad de los fotoclubes y buscaba romper con los moldes de la fotografía del momento adoptando vanguardias.
Annamarie Heinrich fue una adelantada a su tiempo, una mujer que apostó por el arte como camino hacia la libertad. Y en su obra, que van de los retratos a los collages, puede apreciarse un ojo de una sensibilidad tan grande como su técnica.
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