
“Intenté plasmar las alucinaciones que me producía el hambre que pasaba. No es que pintara lo que veía en sueños, como decían entonces Breton y los suyos, sino que el hambre me producía una especie de tránsito parecido al que experimentaban los orientales”. Eso decía Joan Miró en 1938 de su famoso cuadro El Carnaval de Arlequín.
La obra fue pintada pintó entre 1924 y 1925. Según la crítica, es uno de los cuadros principales de la época surrealista del artista, pero también de su obra en su conjunto. Se expuso con gran éxito en la muestra colectiva de la Peinture surréaliste de la Galería Pierre, en París, a finales del año 1925. A su lado, había obras de Giorgio de Chirico, Paul Klee, Man Ray, Pablo Picasso y Max Ernst. Fue muy alabada por el público presente y la crítica especializada que, luego, visto con mayor distancia, se consideró el inicio de su plenitud.
Lo que se ve, en este cuadro, son seres y objetos yuxtapuestos en el aparente desorden de una habitación con una pequeña ventana. Hay peces, gatos, insectos, guitarra, ovillo de lana, la torre Eiffel, pero también hay un ritmo en todo este movimiento que se unifica en formas y colores regulares y muy propios de Miró.
La historia de vida de Miró fue intensa. Nació en Barcelona en 1893 y tras un paso por oficios y changas que poco tenían que ver con su verdadera vocación, decidió involucrarse de lleno en la pintura. Era bueno, le sobraban condiciones y tenía una gran facilidad de aprendizaje. Tal es así que llegó a abrazar prácticamente todas las ramificaciones que las artes plásticas le permitían: fue pintor, escultor, grabador y ceramista.
No dudó en zambullirse en el mar chispeante del surrealismo, y del contacto con sus poetas llegó a entender lo que realmente quería: lograr que sus obras provocaran en el espectador la misma intensidad que los buenos versos. Miró era un gran lector de poesía; algo de eso se percibe en sus pinturas y esculturas.
Para él —según el crítico de arte Georges Raillard— existían dos caminos: transformar el mundo por medio de la política, como sugería Karl Marx, o cambiar la vida por medio de la poesía, como propuso Arthur Rimbaud. Por eso, este pintor catalán entendió que sus armas eran los trazos, los colores, las formas. Eligió el arte para sacudir los cimientos del mundo, para dejar una huella en la historia, para construir una obra que trasciende cualquier época y da vueltas las concepciones estéticas. Y lo logró.
Murió en 1983, a los 90 años. Eran las tres de la tarde en su residencia de Son Abrines, en la isla de Mallorca, cuando se fue del mundo. Estaba junto a su esposa, Pilar Juncosa, y sus hijos Emilio y David y el resto de su familia. El desenlace estaba cantado, había entrado en un proceso de involución senil y días antes había recibido la extremaunción. Sin embargo, y pese a su desaparición física, Miró sigue presente pues su obra es de una osadía y una frescura inauditas, siempre vigente, siempre vanguardista.
El Carnaval de Arlequín es una clara muestra de esto. Actualmente se encuentra en la colección de Albright-Knox Art Gallery en Buffalo, Estados Unidos, para todos aquellas que quieran verla de cerca.
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