
Su nombre es una palabra en lengua tupí-guaraní y quiere decir “hombre que come carne humana”. Abaporu (1928) es el cuadro que la gran artista brasileña Tarsila do Amaral (1883-1976) le regaló en su cumpleaños a su esposo, el gran poeta Oswald de Andrade, el autor del célebre Manifiesto Antropófago, un documento clave que alumbró el modernismo en Brasil y que conceptualmente buscaba apropiarse del arte de fuera del país (canibalizarlo) y fusionarlo con elementos locales para crear un nuevo arte. Este cuadro de Tarsila do Amaral fue en definitiva la inspiración de ese movimiento, el nombre de la obra lo pusieron entre los dos.
Un hombre, un sol, un cactus. Un cuerpo enorme, un pie gigantesco, una cabeza pequeña: entusiasmado con esa criatura prehumana, Oswald habría exclamado: “¡Eso parece un antropófago, un hombre de la tierra!”. Tarsila creía que el origen de esa imagen -como de otras de sus obras- estaba en los relatos de las criadas en su infancia, cuando con su familia vivía en una hacienda enorme. Su padre era un rico hacendado cafetero. “Quiero ser la pintora de mí país”, escribió en 1923. “La antropofagia es el movimiento representativo de una época y tendrá su propio ciclo. Me parece el indicador de una enorme renovación brasileña, aquella que llevará Brasil a los destinos más elevados porque no es un movimiento meramente literario o colonial”, declaraba en una entrevista para la revista Crítica en julio de 1929.
Tarsila es considerada la madre del arte moderno en Brasil. En su vida fue pintora y viajera, audaz y cosmopolita. Se instaló en París a comienzos de la década del 20, atraída por las nuevas formas artísticas que inundaban la capital francesa. Escribió Estrella de Diego en el diario El País, de Madrid, acerca de la mezcla de culturas que influyeron en su obra. “Las contaminaciones de lo popular y lo local, más evidentes tras su viaje a Salvador de Bahía, donde pervive la cultura afrodescendiente en sus formas más vivas, inspiran una de las obras clave del siglo XX en Brasil: Abaporu, en la cual la pintora lleva un paso más allá la propuesta de cuerpos desbordados de La negra”, otra de sus grandes obras.
Abaporu fue comprado en 1995 en Nueva York por el empresario argentino Eduardo Constantini, quien pagó un millón y medio de dólares entonces. La pieza forma parte de la colección permanente del MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires), fundado por él y en la actualidad está valorada en unos 40 millones de dólares, lo que la convierte en la obra más cara realizada por un artista brasileño.
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