Frente a un pensador tan grandilocuente y polifacético como Jean-Paul Sartre es difícil delimitar su lugar en la tradición filosófica. En mi caso, su relevancia no pasa por la trillada figura del filósofo comprometido con las buenas causas de su tiempo, ni por la estela que la dimensión militante de su pensamiento dejó impresa en su generación y en las subsiguientes.
Es claro que encarnó al filósofo del siglo XX que consumó como pocos el trayecto de ascenso y descenso a la caverna de la praxis socio-política, dotado para ello de una teoría filosófica que abrevaba de esa misma praxis y no, a lo Platón, de un idealismo metafísico que pretendía fundamentarla políticamente. Pero a veces, cuando me cruzo con su obra, tengo la impresión de que fue un filósofo tan obstinadamente situado en su tiempo que quedó condenado a su tiempo. Y que la entronización de su figura de intelectual comprometido terminó opacando la imagen de su pensamiento que hoy me resulta más interesante.
Me refiero a la imagen del filósofo que filosofa como un novelista y a la del novelista que noveliza como un filosofo. La imagen del filósofo que a través del entrelazamiento de la literatura con la filosofía busca inscribirse en aquella selecta tradición que aúna a Platón, San Agustín, Nietzsche, Heidegger y Wittgenstein. Tal como se experimenta con ellos, la lectura de Sartre implica pasajes filosóficos que resuenan con la potencia de las grandes frases literarias. Pienso en el inicio de “El idiota de la familia” (que, dicho sea de paso, es uno de los mejores títulos de la literatura universal): “Cuando el pequeño Gustave Flaubert, extraviado, aún ‘bestial’, emerge de la primera infancia, las técnicas lo aguardaban”. Pienso en algunos pasajes -casi borgeanos- de “Las palabras”, esa autobiografía sobre su sacerdocio en la lectura y la escritura, en la que Sartre confiesa las tensiones de su doble vida (literaria y filosófica) decidida en su infancia: “Encontré el universo en los libros: asimilado, etiquetado, pensado, aún temible; y confundí el desorden de mis experiencias librescas con el azaroso curso de los acontecimientos reales”.
Y pienso también en algunas definiciones de conceptos clave de su filosofía, como por ejemplo el de la angustia (“la ausencia total de justificación al mismo tiempo que la responsabilidad con respecto a todos”), que recuperan aquel tono heraclíteo, oracular y paradojal de los primeros filósofos griegos.
Cuando pienso en Sartre pienso en el legado de un intelectual que de la literatura hizo filosofía y de la filosofía literatura.
*Docente de filosofía y poeta.
Fuente: Télam
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