
La escena admite todas las ilusiones excepto la de la presencia del actor.
Henri Gouhier en l’Essence du Théâtre.
Hoy el espacio de la contemplación, el teatro, está cerrado sin fecha de apertura mientras la vida trata de respirar el aire puro de la esperanza, con la primitiva necesidad de superar el tiempo.
Sin el edificio el actor no está.
A veces pienso que si los actores no hubiésemos aparecido, el hombre no se habría visto nunca como una criatura de este mundo y no tendría de sí mismo más que la visión atrasada de la historia que siempre dice lo que ha sido y nunca lo que verdaderamente es.
Mientras tanto el actor, sin el edificio de representación aspira hacerse visible para hablarle al género humano muerto de miedo y enfrentarlo cara a cara con el enigma de la existencia.
Esperando, recluido, la continuidad de la liturgia milenaria e inflamado de pasión, desea escuchar los primeros crujidos de los tachos de luz alojando el color prematuro que destellará sobre el cartón pintado, el murmullo convenido del público, el último martillazo necesario, el rezo de los actores repasando la ficción o la nota perdida de la melodía que se escapa de las cuerdas de la guitarra distraída.
Anhela percibir el perfume que exudan las telas de colores, las maderas acaso recién cortadas, la goma que pega los defectos de la carencia y la humedad instalada en la sala por los antiguos cuerpos turbados de emoción.
Ansía ver las figuras silenciosas de los compañeros transformados que cambiaron la piel como la serpiente para comenzar una nueva, transitoria vida.
Escuchar los pasos apresurados del director tratando de corregir lo inevitable, lo irremediable.
Ver el techo lejano perdido como un cielo cruzado por cuerdas y poleas que sostienen trastos gigantes para la tramoya de la vida y de la muerte.
Navegar por el silencio a propósito del teatro, esconderse entre bambalinas para esperar en secreto y feliz el último acto de su vida, quizás sabiendo que por única vez la realidad se puede convertir en ficción y la ficción en realidad.
Y si esto no fuera posible, anhela enterarse, en el último minuto de su vida, que los silencios y los sonidos, las luces y las penumbras, las risas y los llantos, continuarán por siempre en el antiguo edificio que alberga el sueño primigenio de los hombres.
En definitiva, el actor, se apartará del coro de la humanidad y será ésta la que lo seguirá sustentando, identificándose no como frente a un espejo sino frente a un prisma que la descompone y la vuelve a unir en todos sus colores, para que se vea a sí misma.
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