Retrato de Sergio de Loof
Retrato de Sergio de Loof

Frank Sinatra, Walt Disney, Rita Hayworth, María Callas, Al Pacino… y yo, re vintage. Imaginate, todas esas estrellas y miles más se hospedaron ahí. Cómo voy a sentir nostalgia de otras épocas si tengo esos recuerdos frescos de la 951, la habitación más cara del Copacabana Palace, que ocupamos con mi hermana-amiga la Dios, Cristian Dios”, dice Sergio De Loof a través del audio de Facebook, su canal abierto 20 horas al día, desde donde transmite y rappea en vivo, de Hudson al mundo.

A días de un gran evento que lo pondrá en el centro de la agenda cultural porteña, De Loof dialogó con Infobae Cultura. Ya piensa en Brasil, el agua de coco, la vista al mar: “Es mi próximo capricho: un restaurant o aunque sea un chiringito, algo en la playa, que me lleve a Río, me encantaría asociarme con Ney Matogrosso, Marisa Monte, Carlinhos Brownyenchi fina, como me gusta”.

Desfile de Sergio de Loof en homenaje a Van Gogh, Fundación IDA
Desfile de Sergio de Loof en homenaje a Van Gogh, Fundación IDA

¿Sentiste hablar de mí? es el nombre de la mega apuesta que inaugura hoy el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba), luego del trabajo intensivo que un equipo multidisciplinar arrancó en enero, bajo la curaduría de Lucrecia Palacios, con asistencia de Belén Coluccio y el archivo De Loof reunido y restaurado por la Fundación IDA.

Buen título para introducir las tres décadas de impronta De Loof. Y también una frase que es la contracara de su megalomanía audaz: ese cierto candor de quien empieza una y otra vez, todo de nuevo. Sergio De Loof es incansable e incorregible. Es político, sólo porque en el ADN de su operación artística está el unir lo que nunca se junta (lo popular con lo burgués, lo pardo con lo cheto, lo europeo con lo latino o afro). Es de la vertiente descarada de la diplomacia … Es lenguaraz.

Así le sacó una carcajada a otro enfant terrible de la moda. Hundido entre almohadones, este mezzo cincuentón de intensos aires beduinos, disparó: “¡¡Pensé que estabas más viejo!!”, cuando el modisto se inclinó ante Sergio.

Nobleza obliga

El francés Jean Paul Gaultier llegó al país el año pasado con Amor es amor, su muestra homenaje al matrimonio igualitario, que alojó el CCK. Sentado en un sillón de terciopelo rojo, bluejeans gastados y camisa color pistachio, el personaje con diadema de oro en la frente y medio antebrazo enyesado de pulseras doradas, le tendió la mano a Gaultier. Y entró en modo diapasón cuando el modisto de Madonna celebró sonoramente su ocurrencia.

Los cierto es que en un palacete porteño, el rey de la moda mundial reverenció a quien ostenta desde hace 30 años una corona de monarquía no-ficción. Podrá ser intermitentemente de plástico dorado, de lucecitas de arbolito navideño o de visón raído pero… ¿quién le dice al Rey que está sin nimbo? “Siempre fui el rey”, asegura De Loof envalentonado por la altisonancia de su apellido belga: “El rey de la calle”, acota.

Sergio de Loof en su local La Victoria, almacén de ramos generales de San Telmo, c. 2001. Fundación IDA
Sergio de Loof en su local La Victoria, almacén de ramos generales de San Telmo, c. 2001. Fundación IDA

Desde hoy, cuando una orquesta municipal corte la Avenida San Juan para hacer sonido sus melodías preferidas –una carta musical ecléctica que el mismo De Loof preparó: La mama morta, de Maria Callas, la Quinta Sinfonía Adagietto de Mahler, el Adagio de Albinoni de Houser-, quedará abierta esta mega retrospectiva que recorre su estela desde fines de los 80, con eje en los desfiles y en las vestimentas.

El itinerario que arman las 9 salas en 800 metros cuadrados, también es de su propio cuño. Faltaba más, teniendo semejante director de arte. Nadie dice aún cuánto ha salido esta muestra, pero se estima que un montón.

Es que ¿Sentiste hablar de mí? es una exposición antológica a la vez que gran obra de De Loof: reúne sus trajes, creaciones, films y videos realizados desde mediados de los 80 hasta hoy, en nueve ambientaciones imaginadas por el artista para desplegar aquellos materiales: El Cairo, lugar del exotismo; Encantadores vestidos; Las noches, Skandal, Salón Surtido, Studiolo: el espacio con sus legendarios cuadernos, diarios y libretas que registran la intensidad de su trabajo y de su vida: un sinfín entre la seriedad y el absurdo. “El exceso de recursos convive con la pobreza, la voluntad comunitaria se encuentra con el individualismo extremo y un moralismo conservador acompaña las expresiones más transgresoras”, guía el texto de sala.

Otro sector es Geografía, una versión del proyecto que SDL llevó adelante en 2018, cuando lo invitaron a exponer en la Haute École d’Art et de Design HEAD, de Ginebra. “Se propuso enviar a Suiza una lección sobre Latinoamérica. La obra, cuya producción dictó por teléfono, consistía en una gran mesa en la que se debía servir locro y puchero. Como en varios de sus trabajos, la gastronomía debía funcionar como ritual simbólico de comunión y reparación social”.

Sergio de Loof vistiendo a Amaya Bouquet para una producción de fotos, 2001. Fundación IDA
Sergio de Loof vistiendo a Amaya Bouquet para una producción de fotos, 2001. Fundación IDA

Así, entre pasillos palaciegos, obras de teatro, un carnaval y un gabinete íntimo, “la exposición recrea la creatividad y el refinamiento de un artista que, haciendo uso del descarte, exaltó concepciones estéticas tan potentes y contradictorias como la pobreza y el lujo, el paladar aristocrático y el gozo popular, la expresión individual y el quehacer comunitario, la intimidad y la fiesta”, indica la museografía.

Su don artístico no es fácil de encuadrar: es una capacidad narrativa espacial, que también podría explicarse como arte de la fusión de épocas o alquimia material. Posiblemente anide en la sensibilidad para captar atmósferas, lenguajes visuales de la burguesía para reinterpretarlos a través de la luz, las texturas, los textiles y el mix de elementos ornamentales con mobiliario, rescatados a bajo precio. Como un reciclador de cosas de ricos, funde imaginarios. El resultado son híbridos atemporales donde da gusto estar. “Soy una inspirada”, acierta una autodefinición.

Quien haya vivido desde Buenos Aires el salto drástico entre los 80 y los 90, de la híper al 1 a 1, de Alfonsín a Menem, quizá también recuerde la seguidilla de espacios que entronizaron a De Loof y su elenco arty estable. Porque, hay que decirlo, aquellos fueron años de obra colectiva. El under se movía en manada. Y todo se hacía entre todos. Así en la pasarela como en la pista.

I love you beiby! por Sergio De Loof

Con que la línea del tiempo De Loof-espacial arranca con Bolivia, hermoso nombre el del bar mítico de calle México al 300, que fundó con sus compañeros de Bellas Artes Marula Di Como, Fredy Larrosa, Andrea Sandlien, Nelson Murad, Alejandro Tomei y Beto Couceiro.

La reacción al vino en cartón de la disco Cemento –donde el under era rockero, mayormente ataviado de negro y vomitaba los baños, mientras Chabán cobraba religiosamente la entrada–, fue poner un lugar propio. Bolivia fue el primer antro de un under chispeante y creativo, que se adelantó al flúo-cumbia por llegar, puso el vino en damajuanas, cambió de música, dejó las escobas contra la pared y los plumeros colgando del cielo raso. Se cruzaba con los vecinos del Garage Argentino. Y a gozar.

Siguió El Dorado, al alba noventas, una locura de disco con cortinados con dosel, a cuadras del Congreso. “Era ir montadas como al último día”, dirá Sergio sobre el entusiasmo de abrir cada noche, dar de comer, armar la pista… La puesta también llegaba al cuerpo en el más amplio de los sentidos de las disidencias: estilo, looks, cross dressing de las primeras drags céntricas: la James, ama del Dorado y maestra de la Escuelita de dragqueens en los 90. Primera dama de las mentadas chica-chico, como las bautizó Laura Ramos en Buenos Aires me mata, su columna arltiana del de Clarín. Cuando años después, la cosa se puso más menemista, Ramos desenfundó otra columna que seguía los avatars de la vida yuppie: Ciudad Paraíso.

La Naturaleza Humana por Sergio De Loof

Conexión Madriz

Atraídos por el nexo local de la movida madrileña (Cecilia y Ariel Roth, o el diseñador Juan Gatti, entre otros exiliados o emigrados) pronto desembarcaron un par de agentes del pop ibérico liderados por la cantante Alaska para abrir en Buenos Aires un local de impronta almodovariana. Fueron directo a ver a De Loof, al Dorado. Lo contrataron para pensar el Club Morocco, que bautizó acorde su obra total. Cada vez que lo recuerda, Sergio lamenta la cantidad de dinero que gastaban en comprar mayólicas antiguas en San Telmo, cuando él podría haberlas conseguido tanto más baratas en el conurbano.

Su estrategia del aprovechamiento funciona con la combustión de la trovatta, la excitación de combinarlas en lugares que hablen el Esperanto estilístico. Todo tiene que confluir en una misión: buen gusto, un concepto común, que la academia no sabe cómo incorporar.

Si Sergio mezclaba estilos y personas, en aquellos años la maniobra del mix también llegaba por el aire desde las bandejas. Los DJ brillaron en aquellos templos nocturnos cuando la marea del rock comenzaba a bajar para dar lugar a la música en español y a ciertos ritmos latinos pero, sobre todo, era la pleamar de un tempo nuevo: el del house, con sus bombos graves y marcados.

Desfile Pieles Maravillosas de Sergio De Loof en el Garage Argentino, 1990. Ph_ Pompi Gutnisky. Fundación IDA
Desfile Pieles Maravillosas de Sergio De Loof en el Garage Argentino, 1990. Ph_ Pompi Gutnisky. Fundación IDA

De aquellos años, también cabe recordar la carga de dramaturgia del Club Caniche, un petit café concert de entretenimiento y sociabilidad. El cuerpo de baile que abría, los números coreográficos de BB Lavogue, cuando todavía era Ariel, las mesas con veladores…. Pobres los decoradores, De Loof les pasaba el trapo: conjugaba además las capacidades de un escenógrafo con la arqueología objetual justo cuando el vintage aparecía en la superficie y encima, aportaba movida arty y alta capacidad para la amalgama social. Un anfitrión, un hostess.

“En cierto momento, sentí que era responsable de la noche de mi ciudad”, comentaba Sergio De Loof en una entrevista de 1998.

Quienes no lo conocían podían llegar a poner la seriedad de su trabajo en duda (porque, además de armarlas y trabajar, participaba y vivía en sus pistas para la diversión) hasta que lo veían trabajar. Y terminaban agradeciéndole esa capacidad de generar con entusiasmo y compromiso proletario. Tanto como es dado agradecer que hoy se reconociera a aquellos espacios como germinadores de amparo. Ya que, de algún modo, sirvieron como previa, o zona de aguante a la legalización de las emancipaciones por venir. Libertad a los cuerpos y al deseo.

Una historia del trash rococó, el elegante documental de Miguel Mitlag que se rodó a fin de los 90 pero se pudo editar diez años después, capta a De Loof en su medio y su esencia, así como el dramatismo literario del que es capaz con sus creaciones. En aquel entonces, hace ya 20 años, De Loof dirigió Skandal, moda de cámara, una versión de Las desventuras del joven Werther, de Goethe, en el Instituto alemán de cultura.

Latina Winter by Cottolengo 1989
Latina Winter by Cottolengo 1989

Cápsulas del tiempo

Volviendo a la remake a 30 años Deloofitas: “El resultado es una obra monumental que se organiza a través de nueve salas ambientadas por el artista. Pequeño mundo De Loof a escala, en ella se dan cita una carpa en el desierto, pasillos palaciegos, obras de teatro, una biblioteca, un carnaval y una tienda que vende sus creaciones”, adelantan desde el museo.

Ni lerdo ni perezoso, De Loof se creó una marca para la tienda: Muy De Loof. “Se la robé a Valentino, de su perfume Muy Valentino”, dirá lo más campante. Sí, la punga creativa es una de sus gracias.

Desde que el filósofo coreano Byung-Chul Han reconsideró la noción del Shanzhai (neologismo chino que define la apropiación de una forma o de una idea desestimando su estatus de originalidad) para entronizar el fake, la obra de De Loof consiguió nueva argumentación teórica. Chul Han entiende al shanzhai como la técnica cultural china que busca la inclusión, hasta el punto de validar como conducta ética las maniobras sobre las copias de una manera libre.

Las apropiaciones que realiza Sergio De Loof sobre una vastedad de elementos, disciplinas y hasta obras alcanzaron a la apoteósica La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix, nada menos que ploteada a tamaño real, firmada por él y vendida a varios miles de dólares. Un billete de Matisse con el gancho SDL soportó la misma operación, pero esta vez con la técnica de la fotocopia. Y una coleccionista desembolsó por esta obra al tóner un pequeño ejército de miles de Washingtons.

Cuaderno de Sergio de Loof (Viviana Gil. Fundación IDA)
Cuaderno de Sergio de Loof (Viviana Gil. Fundación IDA)

Uno de los textos de ¿Sentiste hablar de mi? rastrea el origen de su habilidad: “Mi padre, descendiente de inmigrantes, me enseñó que todo sirve. Él junta por la calle pedazos de cable, tornillos, arandelas, clavos que luego endereza. Es un gran secreto, una filosofía de guerra, de supervivencia”, explicaba Sergio De Loof su trabajo en el año 2000. Para ese entonces, hacía tiempo que su nombre era sinónimo de una sensibilidad única, que creaba ambientaciones, ropas y desfiles fantásticos haciendo uso de materiales pobres y desprestigiados. En ellos, un canasto se transformaba en un sombrero egipcio, unos posavasos se convertían en elegantes aros, papeles de madera podían dar forma a fastuosos vestidos.

“Viéndolos desde el presente, pueden identificarse dos líneas en las cuales es posible leer continuidades, citas y apropiaciones de aquellas disruptivas propuestas entre el arte, la moda y el diseño –explica la socióloga Daniela Lucena, investigadora de los vínculos entre arte, cultura y política. Una nos conduce directamente a la Carrera de Diseño de Indumentaria y Textil en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, también creada en 1989. Mucho del diseño de autor que conocimos luego del 2000 dialoga con las experiencias creativas pos Bolivia”.

Para Lucena, autora de Modo mata moda (arte, cuerpo y micropolítica en los 80) “la otra línea abre a diálogos aún inexplorados con muchos de los jóvenes artistas que hoy exponen sus obras en bienales y galerías. La resignificación de lo sucio, la valoración del impacto, la multiplicidad de formas, la amalgama de épocas, el reciclaje de la basura y lo usado, la irrupción de la realidad de la calle, el collage y el patchwork, la fragmentación polimorfa, el revival estetizante, la comunidad en torno a la obra, el gesto minúsculo de lo descocido o deshilachado, las atmósferas intensas, la desjerarquización de la cultura son procedimientos propios de los desfiles de De Loof”, sostiene la especialista. Y concluye que “con el correr de los años, forjaron nuevas legitimidades. Resulta sugerente reinscribirlos en la historia cultural como un potente nodo sin el cual no es posible comprender las redes y las genealogías del arte contemporáneo argentino”.

Frente a esta gran movida centrífuga en torno a su persona y cada uno de sus pasos desde 1989 hasta ahora, De Loof responde con agradecimiento, excitación y un mínimo temor: “Que lo que fue.. no sea”. Nunca tuvo este nivel de reconocimiento que, más que para sí mismo, dice, le interesa para que le abra los ojos y los brazos al padre, que lo abrace Enrique y lo acepte. Eso espera el menor de los tres varones De Loof.

Por supuesto que en la muestra se podrá ver otro de sus canales para el fluir de la cultura urbana: la micro revista Wipe, cruza perfecta entre una revista de moda y una agenda mensual. Si bien Wipe fue producto de tres cabezas (Alfredo Visciglio, Paulo Russo y el propio Sergio), la operación jibarizante que apuntó al bolsillo se le atribuye a De Loof. “Las revistas no las podías llevar a ningún lado, ni usar su info para moverte en Buenos Aires”, explica aquel exitazo de los 90, que imprimía 15 mil copias y se repartía gratis por todas partes. Aquel proyecto, que se hizo coleccionable, navegó los años menemistas y después, Sergio recuerda la gran mano que les daba Javier Lúquez, el relacionista público que se jactaba de los mejores guisos sociales (yuppies, farándula, artistas, políticos, deportistas y así).

Al principio, las publicidades de Wipe eran todas truchas: Vogue, Channel, Carolina Herrera o la disquería El agujerito; se inventaban para atraer clientes pagadores.

Pero ojo con llamar a De Loof diseñador. Porque en los años de su alto esplendor, en Ciudad Universitaria se calentaban los motores de las carreras de Diseño de Indumentaria y Textil, que obviamente se encandilaron con el hito local de los Genios Pobres (De Loof, Gabi Bunader, Gabriel Grippo, Kelo Romero), héroes de la Bienal de Arte Joven ’89.

“¿De Loof diseñador? Imposible, él es un director de arte, como bien identificó Cristian Dios, quien nos ha ubicado a todes en tiempo, dimensión y talentos”, observa la arquitecta Cecilia Alvis, coequiper de De Loof desde tiempos subterráneos, parte de la familia de amigxs con que Sergio compartió aventuras creativas. Junto con Georgina Gil, Laura Bastet, Isabel Aquino, Andrés Castro y Ama Amodeo, Alvis fue, en 2016, artífice de La Guillotina, el emprendimiento con que un grupo de amigos intentó un socorro a la francesa para volver a ponerlo en la pista creativa. Volvió a vender cuadernos, hubo remeras impresas con letra gótica: La Guillotina, De Loof not dead y hasta Ekekos De Loof de yeso.

Sergio había estado enfermo, náufrago de madre y sostenes, encerrado en un cuarto de la suburbia sur. Para acrecentar su filo, la guillotina no tendría empacho en caer sobre los comensales con un plato único, rico y caro. Un resto club de artistas que sostuviera las banderas de la Libertad, la Igualdad, y la Fraternidad y diera divisas para resistir y seguir viviendo del arte. Para lograrlo, primero hubo jornadas de recaudación en las que Sergio dio un giro sobre su operación material. Fue cuando la emprendió con su colección Trucha: ploteados y fotocopias de obras del rococó y el romanticismo, sus corrientes favoritas. Volvió a ser coronado por su corte de la Resistencia. Años antes había se había entregado a los Borja. Un puterío, dentrode todo, creativo.

"Trucha" y "La Guillotina", el arte de Sergio De Loof

De aquella colecta no quedó plata, sólo recuerdos y, sobre todo, los dos viajes creativos al Copacabana Palace. El trato era que de ellos, emergería obra: un reality que protagonizaron Cristian Dios y De Loof –aún sin estrenar–, y el libro de Cristian Dios: Mi copa, de exquisita edición limitada. No hay nostalgia, repetirá SDL, aunque de inmediato desfilen por la charla “Lavogue, Nico, Juan, Sergio…”, entre otras que se fueron y se extrañan. Sergio agradece a la vida estar con vida, a pesar de que se castiga con un pucho tras otro, whisky y clorhidratos.

A su madre, que siempre lo bancó, no la extraña: “¿Es que sabés que hice? Me la metí adentro, está conmigo todo el tiempo, vino a Río, estará en la muestra…”. Siguen los agradecimientos: por los dos Copa, el saludo a Jean Paul Gaultier, haber podido compartir el trabajo intenso de la gente del museo para esta muestra.

Pero lo que más feliz lo haría, se atreve a decir, es que venga Enrique, su papá, y se sorprenda: “El sí escuchó hablar de mí… Me gustaría tener su amor, que él acepte que me haya hecho grande”.

*¿Sentiste hablar de mi? / Museo de Arte Moderno de Buenos Aires / Avenida San Juan 350 / Lunes, miércoles, jueves y viernes de 11:00 a 19:00. Sábados, domingos y feriados de 11:00 a 20:00. Martes cerrado. / Entrada general: $50. Miércoles gratis.

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