
J. Timerman no es una obra sobre Jacobo Timerman. Es posible que resulte imposible representar la vida de alguien en el teatro. Y el intento no es aconsejable. Las historias del pasado son más interesantes en un documental. Puedo decir que había algo personal e indefinible en esa historia que me impulsó a escribir. Y la usé. J. Timerman es una obra íntima y personal disfrazada de thriller político de los años 70.
Siempre aclaro que escribo ficción. Que no entiendo eso que se llama teatro histórico. Por ejemplo (arrojo ejemplo importante para no dejar dudas) Ricardo III de Shakespeare es cualquier cosa menos una obra histórica.
Quería hacer una obra que fuera entretenida donde los personajes hablaran caminando hacia alguna parte como en las series. Esa fue la imagen inicial. Cuerpos y voces simultáneas yendo con seguridad y urgencia hacia un Allá.
Mi generación es hija de la generación que vivió los años 70. Abrasha Rotenberg dice en su libro sobre La Opinión, hablando de Timerman, de él, de todos ellos: “Un hombre es la suma de sus acciones más los sueños que no pudo realizar”. Quería escribir sobre eso también. Sobre esa herencia de sueños que no se pudieron realizar. Sobre mis herencias.

Después aparecieron esos precisos días de octubre de 1971 donde ocurre la acción. Después, el asunto de los nombres. Eso fue una discusión con el equipo: ¿Dejar los nombres reales? ¿De gente que existe? ¿De gente que no existe más, pero dejó hijos, amigos? ¿Se puede hacer eso? Al principio pensé usar nombres de westerns. Así, Jacobo Timerman era Timerland, Abrasha Rotenberg era Cooper, David Graiver era Fritz, Lanusse era Lassiter y así. Pero yo estaba tan segura que ellos no eran ellos que pensé, ya que robo historias por lo menos les dejo los nombres. Y así el título, J. Timerman, fue como una síntesis de todo eso. Una reafirmación de esa ficción.
Por supuesto que las anécdotas, incluso muchos de esos textos y pensamientos les pertenecen. Construyo las voces que van a enfrentarse a partir de esas lógicas de pensamiento, de esas imágenes. Intervengo en la condensación del tiempo, el desarrollo, la elección de qué, cómo y cuándo. Y los actores los respiran en el presente y los acomodan a sus propias emociones.

Tan poco tiene de histórico J. Timerman que sobre el final del proceso terminé encontrando a mi protagonista de siempre: un antisocial, contradictorio, solitario, emocionalmente dañado y enemigo de todos a pesar suyo.
Mi pretensión fue que esa gente que hablaba caminando en línea recta tomara decisiones importantes sobre su vida y la vida de los demás, que esas decisiones tuvieran consecuencias. Y que esas consecuencias fueran contemporáneas. Que esas palabras revelaran algo que va más allá de unos precisos días de octubre de 1971. Y también más allá de nuestros días de octubre de 2019 (momento en el que escribo esto). Quizá ese camino, ese espacio de tránsito, esa imagen primera, funciona para mí como una línea en el tiempo entre dos octubres. Entre todos los octubres.

Una afirmación científica sostiene que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos. Para escribir tuve que asumir que en mi pretendida línea de octubres apenas podía visibilizar un fragmento de ese infinito.
Pero el teatro es esa zona fantasma que vibra entre el pasado de los historiadores y la actualidad de los periodistas. Una fantasmagoría que se sale de cuadro, de foco, de la línea de tiempo. Escribo en esa zona, con palabras que son conocidas pero que en el vacío de tiempo suenan extrañas. Como de astronautas.
La cuestión personal me la reservo como un secreto que a nadie importa. Solo puedo contar que hoy se juntan el Día de la Madre y el Debate Presidencial. Y en J. Timerman también.

* “J. Timerman”, escrita y dirigida por Eva Halac, se presentará el 2 y 23 de noviembre, 20.30 horas, en Timbre 4, México 3554. Localidades: $380, a través de www.timbre4.com
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