Por Gabriel Tuñez

Chango Spasiuk
Chango Spasiuk

Yupanqui, Pizarnik, Bareinboim, Piazzola, Beethoven, Benedetti, Gurdjieff, Nietzsche, Kandinsky y Ramón Ayala. La biblioteca de Horacio "Chango" Spasiuk los agrupa a todos aunque provengan de lugares distintos de la escritura o la música. Allí se mezclan también con los libros infantiles de sus dos hijas menores (es padre de tres mujeres), pero él los identifica rápido, los toma por el lomo y abre al azar y con el mate en la mano derecha recita, por ejemplo, a Atahualpa: "No entiendo mi rodar por el mundo si no he de hallar la sombra que el corazón ansía".

Hace 30 años, cuando tenía 20, Spasiuk se presentó por primera vez en el Festival de Cosquín, del que salió con el Premio Consagración en sus manos. "Van a ver ustedes lo virtuoso que es este joven. Gran valor de la música del litoral", lo presentaba Juan Carlos Saravia, referente de los míticos Chalchaleros. A Cosquín volvió semanas atrás para recordar aquellos días en los que con el acordeón mostró sus credenciales en el chamamé, la música de fondo de su infancia y adolescencia en Apóstoles, su ciudad natal en Misiones.

"A lo largo de estos últimos 30 años —reflexiona en diálogo con Infobae Cultura— he preguntado muchas cosas filosóficas y trascendentales, y fue gracias a la lectura que encontré respuestas para ellas. Es cierto que quizá no me dio una respuesta definitiva pero me acercó a un camino tradicional o a una herramienta mucho más legítima para enfrentar las preguntas. Eso, de alguna manera, modificó algunos aspectos de mi vida en cuanto a mi perspectiva de ver la realidad y mi relación con la música. Inclusive me llevó a preguntarme: ¿Qué es la música? ¿Por qué la toco? ¿Al servicio de qué estoy? ¿Es entretenimiento, celebración o alegría? ¿Qué rol cumplo en todo esto? Porque, finalmente, lo que hago como músico está relacionado conmigo mismo."

"Atahualpa, por ejemplo, como tantos otros grandes, se pasó toda una vida tratando de encontrar una melodía o simplemente un acorde que lo conectara con un estado del corazón. Eso es lo que a mí me ha pasado con las lecturas. Yo no vengo de una familia de lectores: mi padre no era un lector, un intelectual, un melómano ni nada. Era un carpintero que tocaba el violín", agrega.

—¿Cómo llega, entonces, a los libros?

—Supongo que el hábito de la lectura se me instaló cuando después de la escuela secundaria cursé un año de Antropología en la Universidad Nacional de Misiones. Ese año de lectura de apuntes, de textos de Levi-Straus, por ejemplo, me generó un hábito. Pero hará unos 20 años de golpe empecé a buscar lecturas que me ayudaran con cosas que me estaban incomodando interiormente. Entonces empecé a leer biografías de músicos, de Beethoven, de Mozart, de Bach. Inclusive algún libro de Daniel Barenboim en el que habla de su perspectiva de todo lo que lo conecta con la música. Eso es sumamente motivador e interesante para mí. De esa manera la lectura generó una influencia directa en la música que termino tocando. Todo lo que leo nutre a mi vida y, de alguna manera, está conectado con lo que termino expresando en el lenguaje de la música. ¿Mi música sería lo mismo si yo no hubiera leído todo eso? No lo sé. Acaso la pregunta debería ser si mi vida hubiera sido la misma si yo no hubiese leído lo que leí. Y lo que leí hasta ahora talló en mí y modificó un montón de hábitos de mi vida cotidiana.

—¿Qué buscaba al cursar Antropología en la universidad? ¿Ya tenía decidido ser músico o tenía alguna duda?

—Fui a la universidad pero no para terminar una carrera sino porque decía "soy músico pero voy a tratar de ser un poco más completo", si así se puede decir. Algo más que lo básico de tocar el acordeón. Y más cuando sos un músico de chamamé, que pareciera que es el único lugar de desarrollo musical que tenés en la música. Por eso decidí ir a la universidad. Quería ver qué sucedía alrededor mío y prestar atención, por ejemplo, a los aspectos políticos e indigenistas. Así es como me abrí a una lectura que hasta ese momento era muy pobre. De golpe me encontré con Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y eso fue como si enterraran una semillita en mí que me disparó hacia un aspecto más humano y social. Y después de eso fueron los filósofos los que más me atraparon al momento de leer. Cuando vine a Buenos Aires leí Así habló Zaratustra, de Nietzsche, y dije: "¡Mierda! ¿Qué es todo esto?"

Chango Spasiuk (NA)
Chango Spasiuk (NA)

—¿Ese fue uno de los libros que lo marcaron en aquel momento?

—Hay dos libros que me impactaron mucho. Uno es Fragmentos de una enseñanza desconocida, de Piotr Ouspensky, sobre las enseñanzas del poeta George Gurdjieff. Leer ese libro fue como chocar de frente con un colectivo 60. Gurdjieff te ubica en la palmera de un mazazo. Y el otro libro es Sobre lo espiritual en el arte, de Vassily Kandinsky, por su descripción acerca de su relación con la luz, el color como vibración y sonido. Ese libro, viniendo de una música folklórica en donde todo el tiempo se está hablando de la tradición, me hizo preguntar cómo con esas herramientas podía reinterpretarla. Yo soy un músico que viene de una tradición folklórica, entonces cómo no va a modificarme todo lo que dice Kandinsky. No quiere decir que leerlo te ponga de inmediato a hacer música contemporánea, pero no podés separar una cosa de la otra. Es algo realmente integral y muy amplio.

—¿Qué busca encontrar en las biografías de músicos?

—Lo que es maravilloso de esas biografías es ver un aspecto humano de los genios musicales. Es muy motivador ver cómo se sobreponen a todas las adversidades. El hecho de que su objetivo, su alto objetivo, está por sobre todas las adversidades. Obviamente yo no soy Mozart, Piazzola, Miles Davis. En realidad, es absolutamente liberador no estar ni cerca de todo eso. Como decir: "Si hoy no me levanto a componer el mundo no se va a perder absolutamente de nada". El que se tiene que levantar a componer todos los días es Beethoven, porque su música le da al mundo una herramienta trascendental y necesaria para todos. Pero yo no. Lo que hago es prescindible. Pero sí resulta para mí motivador, al momento de los pequeños objetivos, leer qué bella es la tenacidad y la búsqueda de un hombre como Beethoven. Encuentro un alimento, un combustible en esas vidas. También pienso en Astor Piazzola, de quien leí todas las biografías hechas sobre él. Me maravilla saber a lo que se sobrepuso y cómo viajaba con su familia a Estados Unidos y se quedaba sin dinero. Y, además, te ubica en la vida. Muchas veces un músico cree que porque sabe tocar bien un instrumento le tiene que ser dado todo. Esto no quiere decir que porque uno sufrió todos tienen que sufrir, pero llegar a una síntesis, a un sonido, a concretar una idea y desarrollarla lleva toda una vida. Toda una vida llena de lo que hay en una vida. Entonces vos leés la vida de los otros y decís: "¡Qué maravilla cómo no bajaron sus brazos y su objetivo fue algo mucho más importante!". Para mí es muy motivador para que me siente en mi piano y trate de hacer mi parte, mi pequeña parte en la música. Después está el oficio de vivir de lo que hacés, de generar conciertos, actuaciones en las cuales compartir con los demás la experiencia de lo que uno vivió.

—¿Lee en las giras? ¿Qué libros elige para esos recorridos?

—Últimamente llevo libros de filosofía y literatura. Leo más cuando viajo que en mi casa, donde la actividad doméstica me deja tiempo para leer muy temprano o muy tarde en el día. Además, las herramientas tecnológicas, las redes sociales, etc. son de gran dispersión para la lectura. Agarrás el teléfono o una computadora y te aleja el libro. Yo tengo que leer en un papel, tener un lápiz y poder rayar, hacer una cruz; tengo que intervenir el libro. Cuando viajo tengo más tiempo para leer y también para componer. Y si es una gira europea, mucho más. La ruta es para leer y las pruebas de sonido son para componer. Voy a teatros europeos, por ejemplo, donde suelen tener pianos en los camarines, entonces cuando termina la prueba de sonido me quedó ahí y aprovecho ese tiempo en soledad para componer. También suelo llevarme a las giras libros más vinculados a mi profesión, como ser uno de poesías de Ramón Ayala  o un ensayo sobre chamamé. Eso lo consumo inmediatamente y me saca de la lectura cotidiana. ¿Por qué? Porque siempre hay un proyecto que va a salir de ahí. Cuando hice el disco Polcas de mi tierra, hace 20 años, lo que leí sobre toda la inmigración ucraniana en Argentina fue inmenso. Leí como un loco.

Chango Spasiuk
Chango Spasiuk

—¿Qué letrista le gusta más?

—Me gustan dos tipos de poesías: por un lado, una muy tradicional, que describa muy bien un lugar y con metáforas muy bellas. Neruda y Benedetti, por ejemplo, dejan ver clarito eso. Hay un autor de chamamé que se llama Félix Cháves, que escribe letras como "Viejo caballo alazán" o "Tarefero de mis pagos". Chávez habla, por ejemplo, del "trinar de sus mañanas de pitanga y lechiguana, el dulzor está en mi voz". No puede describir tan bien el lugar donde yo nací. Es demasiado bello y simple, muy simple, pero con unas metáforas tan bien logradas… También me gusta Víctor Heredia. Después salto a otra poesía como la de Alejandra Pizarnik, que no tiene una métrica estable sino que te desarma la cabeza porque no se deja agarrar, no se repite la cuarteta y que va hacia una cierta abstracción. Deja en jaque tu proceso intelectual. Como diría Gurdjieff, no lo podés leer solo con tu centro formatorio. Y en el medio de esas dos poesías, nada. Pizarnik o la simpleza de Yupanqui, que para mí es el poeta que mejor piensa a la América diciendo, por ejemplo, "la luz que alumbra el corazón de un artista es una antorcha que usan los pueblos para ver la belleza en el camino". Es algo contundente. Lo digo casi todos los días y se me eriza la piel.

—¿Cómo vinculás el chamamé con las obras del sufismo o Rumi, por ejemplo?

—El sufismo, por medio de un lenguaje metafórico y poético, habla de cosas que son muy difíciles de expresar con las palabras. Yo busco pensar en el sonido como una herramienta de creación de un espacio que debe ser saboreado para poder llegar al estado del corazón, que es algo innato en cualquier ser humano. Todos los cuentos sufis plantean cosas simples o sutiles. "La música es como el chillido de las puertas del paraíso: para el ignorante son puertas que se cierran pero para el que anhela es un chillido de puertas que se abren". Esa síntesis es muy completa y motivadora. Es acercarse a esa idea hasta donde pueda. Mi relación con la lectura tiene algo de eso: me acercó a caminos en los cuales yo quería andar. Creo que eso tiene relación con la música que hago.

 

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