Por Claudia Piñeiro

Pelota de papel 3, Cuentos escritos por mujeres futbolistas, es como un juego de cajas chinas. O mamushkas. Prefiero mamushkas, porque es el producto superpuesto del arte y la palabra de distintas mujeres: deportistas, artistas, periodistas, escritoras, militantes. Uno abre cada una de las veintinueve mamushkas con entusiasmo lector y se encuentra con que dentro no hay solo una historia. Hay veintinueve historias, veintinueve presentaciones, veintinueve ilustraciones. Pero también hay sueños, lucha, esperanzas, decepciones, amistad, amor, camino recorrido. Y fútbol, mucho fútbol.
Aunque claro, el camino recorrido por mujeres en el mundo de este deporte tiene sus particularidades. No solo se trata de buscar el lugar propio en base a talento, fuerza de voluntad, pasión, entrenamiento. Se trata también, y antes que nada, de luchar por conseguir un lugar en territorio prohibido, un territorio deportivo reservado por y para hombres. Pero las mujeres nos cansamos de que los hombres nos señalen prohibiciones. Las historias de Pelota de papel 3 son, entonces, historias de fútbol pero también historias de lucha de mujeres por sus derechos.

Todo conmueve, todo ilumina. Me gustaría nombrar a cada una de las autoras. Norma Saralegui, que rescata la historia de jugadoras de selección que cantaban boleros del Trío los Panchos en un restaurante en Ciudad de México para ganarse la comida después de que el "empresario" que las llevó las abandonara. Juliana Román Lozano y su camino en el fútbol desde el exilio en Suecia hasta el barrio Padre Mugica en nuestro país. Camila Gómez Ares y la exclusión de un partido en su niñez que la marcó para siempre. Andressa Alves, la jugadora brasileña que empezó jugando por una gaseosa fría. Mónica Santino, con el recuerdo de la aventura adolescente durante un viaje a Necochea. Aldi Cometti y la detallada descripción de qué se siente al patear un penal y al atajarlo. Alba Palacios, que arranca con "érase una vez una niña", para sumergirnos en su relato que no es un cuento de hadas sino de lucha y de deseo. Natalia Guitler, quien con obstinación siguió a sus hermanos a cada uno de sus partidos hasta que le hicieron un lugar. María Belén Potassa, que empezó jugando en su Cañada Rosquín, donde el entrenador premiaba cada logro con mandarinas. Ayelén Pujol, jugadora del equipo Norita Fútbol Club —nombre en honor a Nora Cortiñas—, quien rescata el jugar bien por sobre el resultado. Belén Soto, que usa el "Imagine" de Lennon para contar cómo su sueño se cumplió en su propio barrio. Gabriela Garton, que cuenta la historia de otra jugadora, la delantera Florencia Bonsegundo, quien quedó en la Selección gracias a un feliz error. Katherine Alvarado, que relata cómo se ganó el respeto jugando al fútbol con varones en el patio de la escuela. Pamela Visciarelli y un encuentro que arrancó con rivalidad y terminó siendo una verdadera historia de amor. Luri Sorroche, que cuenta cómo es jugar al fútbol en la India. Evelina Cabrera con su historia de quien se perdió ver el Mundial 86 y todo lo que ganó después. Stefanía Maggiolini Fort y la despedida de su familia en Uruguay para irse a jugar a España.

Carolina Mendes, que trae la historia del equipo de fútbol femenino ruso que quedó encerrado por horas en una torre porque había una reunión de la mafia. Virginia Salera y el desafío de armar un equipo hasta llegar a competir en un clásico. Sol Domínguez, que se atreve a la ficción, con una pelota que se detiene en el aire por el fortuito encuentro de un hombre y una mujer. Lucila Sandoval, con el uso del lenguaje y el insulto contados con maestría: el "marimacho" que le gritaban en su pueblo. Mili Oliver y la lograda voz de un relator para mezclar ficción y realidad. Vanessa Arauz, contando la necesidad de compartir el grito de triunfo con otro. Delfina Corti, con el entrañable perfil de su abuela hincha de Boca. Leila Ponzetti, que nos deja una poesía pero también un manifiesto. Rosana Gómez y su cuento de Navidad y de lucha de su mamá. Sofía Rodríguez Cuggia, sobre cómo este deporte la ayudó teniendo diabetes. Eugenia Nardone, que se pregunta si su historia habría sido la misma de no haber estado allí su mamá. Marina Nogueyra y su periplo que arranca en Fiorito —a metros de la casa de los Maradona— y termina en Nueva York.

Y por cada historia, la perla de una presentación y una ilustración, relato y arte una vez más.

Pelota de papel 3 es un libro para leer, mirar, disfrutar, emocionarse.
Una mamushka casi al infinito.
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