Por Mauricio Kartun

Los orígenes creativos de una obra no siempre guardan relación de lustre con su destino. Puede que sí, que a veces una pieza exitosa pueda jactarse de alguna génesis medio brillosa. Otras como ésta, costumbrismo opaco nomás.
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Se reestrena en El Picadero La suerte de la fea en el montaje precioso que hicieron de mi texto Paula Ransemberg como directora, Poli Dulitzky como actriz y Federico Bertheten la música. Me proponen escribir sobre su origen. No ostento cocarda pero cumplo.
Una semana en Madrid, pasaje pago, una single en el hotel que me gusta y viáticos. Y en otoño que es tan bonito. De este cebo vino todo. A quién hay que matar, dice siempre un amigo. No era para tanto. Presentar un monólogo de extensión considerable nomás, que pudiese montarse allá en uno de esos benditos eventos teatrales que van y vienen a flote todavía en el mundillo este tan sobreviviente del teatro.
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La dramaturgia no siempre nos ha dado de comer pero es justo decirlo, nunca ha dejado de darnos de viajar. Claro, el problema era que primero había que sentarse y escribirlo. Y sacar algo de muy bueno para arriba, lógico, si no minga de Madrid.

Guardaba por suerte en el fondo del frízer una de esas prepizzas que le salvan la mesa de vez en cuando al autor precavido, al autor hormiguita que sabe guardar para cuándo se precisa. Unas imágenes sobre una heroína de melodrama en un vagón dormitorio, algo medio escabroso que marchaban más o menos bien para unipersonal. Tenía mis dudas, unas cuantas la verdad, pero confiaba en la técnica.
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Cómo nos pierde a los giles confiar en la técnica. Así que acopiando y pensando esperé hasta último momento como es tradición postergadora del santo escriba; me despejé una semana completa, me encerré y le di. Con el material fresco siempre es difícil juzgar. La ceguera legendaria del autor. Vivimos tanteando. No estaba del todo mal el resultado me parecía, pero… Más o menos, me decía, aunque… No sé. Está inquietante. Inquietante solemos decir cuando no sabemos muy bien qué otra cosa decir sobre el resto.
En el ritual fiel de cada borrador nos sentamos con mi mujer y un vino y se lo leí. Confío en su escucha. Será porque casi siempre le gusta lo que escribo, vaya a saber, somos así débiles los creadores, y porque me aporta crítica pero me apoya. Casi siempre. Casi. Se quedó un ratito en silencio.
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-No entendí una papa, me dijo. Pero una papa.
Intenté defenderlo con guardia cerrada, de esas a las que no les entra una piña:
-Y qué querés, así leyendo del manuscrito no me fluye. Pero ojo que esto cuando lo pase en limpio… Por ahí… ¿No te parece? ¿No…?
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No le parecía. No. Inquietante tampoco. Lo releí. Lo volví a releer. No, si cuándo tiene razón tiene razón. Estaba artificial y forzado, se le veía el mecanismo por todos wines. Un borrador insalvable. Pasa a veces. A veces seguido. Quedaban sólo un par de días para entregar y no tenía nada. Pizza carbonizada. Mesa vacía. Chau Madrid.

Busqué desesperado en el archivo, algo, ese milagro. Venía trabajando el mundito de las figurantas, las muchachas hermosas esas que hacían la mímica de tocar algún instrumento en las viejas orquestas de señoritas, y el de las ejecutantes auténticas que por falta de belleza tocaban entre cortinados. Pero todo se me insinuaba de gran formato, pila de personajes, cambios de escenario. Incompatible con el unipersonal. Pero.
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Hay una ley difícil de entender en la dramaturgia: el género más poderoso para contar una historia compleja es el monólogo, porque no es otra cosa al fin y al cabo que un relato en primera persona que convenientemente disimulado, y con la prótesis de una acción en su presente, marcha para teatro como gato por liebre. El monólogo es jarabe de obra. Su esencia.
Pero claro, para hacer esencia hay que sacrificar primero a toda la sustancia. Y tener además un alambique industrial. La necesidad es la madre de los inventos. Lo leí una vez de chico en una revista Selecciones, y se me ha venido confirmando en tantas décadas, seguramente porque necesidad por acá es lo que no ha faltado.
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Nunca entendí de qué galera me salió esa misma noche el alambique ese, cómo lo alimenté con aquel enorme universo molido, ahí mismo, de urgencia, ni con qué misteriosa energía lo puse a funcionar para que en un día clavado la obra nueva estuviera terminada y en uno más corregida. Ni cómo fue que todo aquel mundo mayúsculo terminó entrando al final en este pequeño monólogo.
La single al final se volvió doble y pasamos ahí cerquita de Las Cibeles la semanita más regocijada;esa que viene de arriba. Pero de arriba literalmente: de la musa a su mesa.
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*La suerte de la fea se podrá ver los domingos a las 18 hs, en El Picadero Teatro, Pasaje Santos Discépolo 1857, C.A.B.A.
Entradas en la boletería del teatro y por PlateaNet: $400
Duración: 50 minutos
Web: www.teatropicadero.com.ar
Descuentos: Club La Nación/ 365
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