Por Miguel Vitagliano

Tres cosas me sorprendían de mi abuelo. Que llegara de visita y pidiera de comer, a cualquier hora, cuatro huevos fritos. Que hubiera construido el edificio donde vivía y que nunca terminó, o no quiso terminar: en lugar de cinco pisos había tres, los ascensores eran huecos tapados con maderas, los cables de luz colgaban de los muros y las aberturas de las escaleras jamás encontraron sus ventanas. Y que tradujera La Divina Comedia a largo de su vida, otro proyecto inconcluso. Era italiano y argentino, y amaba a Dante tanto como a las mujeres y lo hacía rabiar lo que Bartolomé Mitre había hecho con su traducción.
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No recuerdo haber tenido presentes esos detalles mientras escribía Enterrados, fue tiempo después que advertí que la relación de Mitre con el poema de Dante se parecía mucho a la que había tenido mi abuelo: los dos conocían de memoria cantos completos y se los susurraban a las mujeres.

Pero no creo, sin embargo, que la escritura de una novela tenga una única causa. Ni tampoco que se escriba una novela para afirmar algún recuerdo. Al menos no es así para mí. Escribimos para dejar de ser quienes somos, para salirnos de lugar, para encontrarnos con los recuerdos ajenos que no pocas veces se hacen de los olvidos propios. Eso es lo que les sucede a los protagonistas y al narrador de Enterrados.
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A Mitre le sucede con la Historia y con las versiones que realiza sobre ella: ¿acaso no se siente Dante cuando lo traduce? ¿O dueño de la Historia cuando escribe la vida de San Martín y Belgrano? Escribir una vida es todo un esfuerzo de invención. Elisa Lynch, la heroína paraguaya de la Guerra de la Triple Alianza, va tramando su experiencia con las novelas que lee, y así se identifica con Indiana, de George Sand, o con Emma Bovary hasta terminar siendo ella misma su personaje. O Delfina Mitre, una lectora callada y una traductora oculta en el abrazo de su esposo. Y todo eso visto por un hombre en los escombros que lo rodean: un hombre atrapado entre las piedras de un edificio derrumbado, acaso un atentado o un accidente, no lo recuerda, un hombre que no quiere esperar nada, un hombre que se cuenta a sí mismo lo que ha leído y lo que inventa para olvidar que está enterrado y que nadie va a rescatarlo.

Es cierto: otro edificio incompleto, uno derrumbado y el primero a medio construir, pero en los dos quedan a la vista las entrañas de hormigón. Así y todo, no hay, no puede haber una única causa para la composición de una novela. Escribimos para dejarnos atrás.
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No supe siempre, por ejemplo, que ese hombre enterrado que contaba sin detenerse podía encontrar una causa en Scherezade. Y sigo sin saber por qué me lancé a escribir una novela sobre la Guerra de la Triple de Alianza (1865-1870), la más terrible que conoció América Latina y la que definió la fisonomía moderna de los Estados vencedores (Argentina, Brasil y Uruguay) tanto como la crueldad sobre el vencido, Paraguay.
Lo que sé es que investigué varios años sobre esa guerra y que abandoné el proyecto: me resistía a escribir una novela histórica, no quería que un suceso histórico pudiera ser la causa de mi novela. En definitiva, una causa es una razón de ser. Volví a esos papeles -restos o escombros- mucho después, a través de La Divina Comedia; mejor, a través de la traducción, o buscando la traducción incompleta de mi abuelo escrita en cinco cuadernos que yo había guardado, y que entonces descubrí perdidos, olvidados quién sabe en qué edificio de qué proyecto derrumbado. La causa nunca es única, pero el enterrado ya estaba allí, contando.
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