Por Diego Vigna 

“Los desvalidos”. de Diego Vigna
“Los desvalidos”. de Diego Vigna

Los archivos de escritores suelen convertirse en fuentes impensadas de revelaciones y sorpresas. Primero para los que meten mano entre los documentos, acto invasivo que inauguran familiares o amigos y que después continúan investigadores o archiveros interesados. Después suele ser el turno de los lectores, que reciben los resultados de la "exhumación" y se conmueven con esa suerte de morbo latente, siempre bien intencionado y alimentado por lo no conocido: la cocina de la escritura, las huellas de los orígenes de las ideas.

En esta historia, la revelación de archivo es literal porque la obra que dejó Daniel Moyano no sólo se compone de apuntes, manuscritos, borradores, cartas y libros. Moyano fue un artista singular que debió adaptarse a las tragedias tempranas mucho antes de pensar en la literatura: huérfano de madre por una acción criminal de su padre, creció en hogares ajenos y a veces hostiles de las sierras de Córdoba, a cargo de familiares que a veces quiso y otras veces maldijo por los destratos recibidos. Recién alcanzó algo parecido a la autonomía cuando se instaló a los 16 años en la capital cordobesa, para estudiar y trabajar. No logró lo primero, pero sí pudo soltar algunos poemas y cuentos mientras expandía su impulso autodidacta y sobrevivía gracias a la albañilería.

Moyano en la puerta de su casa en La Rioja (Archivo Daniel Moyano)
Moyano en la puerta de su casa en La Rioja (Archivo Daniel Moyano)

Moyano fue un escritor-albañil, mérito doble que años después supo reconocerle su suegro al notar que se trataba de un hombre de letras que "además sabía usar las manos". Pero también fue otro montón de cosas desde que se afincó, junto a su esposa Irma Capellino, en la ciudad de La Rioja.

Allí nacieron sus hijos María Inés y Ricardo, profesionalizó su condición de músico al convertirse en profesor de violín e intérprete de viola en el cuarteto estable de la provincia, acompañó la fundación del diario El independiente en 1959 y fue corresponsal de Clarín entre 1961 y 1976. Ese fue, según dijo, el trabajo más hermoso de su vida. Y allí también escribió gran parte de su obra de ficción. Sus textos comenzaron a tener reconocimiento editorial y eso se tradujo en publicaciones de grandes tiradas.

Familia en el interior riojano (Archivo Daniel Moyano)
Familia en el interior riojano (Archivo Daniel Moyano)

En 1976, poco tiempo después del Golpe de Estado, Daniel fue encarcelado por las autoridades ilegales y luego liberado e inducido a abandonar el país. Así comenzó su nunca digerido exilio en Madrid, que se extendió hasta su muerte en 1992. En esos primeros años españoles dijo haber perdido su voz, y el lugar simbólico de su escritura. El trauma de la cárcel y el exilio trastocaron la sensibilidad que le permitía dar carnadura a sus personajes y ficciones.

Con el tiempo pudo acomodarse, y en sus últimos años de vida logró sentirse por fin un escritor profesional, eso mismo que sus coetáneos habían alcanzado mucho tiempo antes: Juanjo Hernández, Tizón, Saer, Di Benedetto. Terminó sus días escribiendo con desenfreno. Y en la misma buhardilla donde se encerraba a escribir sin luz natural, también quedó suspendido su laboratorio de fotos itinerante, que nació en La Rioja y pudo trasladarse a Madrid junto con sus papeles. Esa faceta de su trabajo es la que dio origen a Los desvalidos. A la par de su trabajo como periodista, Moyano dejó entre sus documentos más de 4000 negativos de fotos 35 mm a los que nadie antes había prestado atención.

Diego Vigna (Sylvie Josserand)
Diego Vigna (Sylvie Josserand)

En 2012 conocí a Irma Capellino en España, donde fuimos con Marcelo Casarin a presentar la edición crítica de la última novela publicada en vida por Moyano, Tres golpes de timbal. Primero nos encontramos con ella en Oviedo, y después paramos unos días en su departamento madrileño. En ese momento corroboré lo que después fue el corazón de este ensayo: que Moyano era aficionado a la fotografía, que había dejado varias copias, y que nadie se había preguntado por la relación entre esas imágenes y sus procesos creativos.

En Madrid me pasé dos tardes enteras mirando fotos junto a Irma. Heredera del talento de su marido para el relato oral, se dispuso a seleccionar, describir y armar una historia en torno a cada encuadre que me mostraba. En esas dos tardes, y gracias a su voz, me sumergí en la memoria de la familia. "Daniel con la cámara era un peligro", me dijo en un momento, y yo le pregunté si él había organizado sus negativos como supo organizar sus papeles. Irma señaló las puertas más altas del mueble de su biblioteca, y dijo: "ahí tenés que buscar".

Moyano en Jagüé (Plutarco Schaller)
Moyano en Jagüé (Plutarco Schaller)

Encontré una caja sin tapa, rectangular, en la que Moyano guardó todos sus negativos (los que pudo llevar con él, y los tomados en España). Encontré sobres de nylon y uno solo de papel, casi todos con anotaciones manuscritas que resistieron ahí, latentes en la oscuridad. Casi todas las fotos eran de los años riojanos, de su trabajo como cronista en Clarín.

Fotos de reuniones familiares, de amigos, de políticos, de colegas. Y sobre todo, de las zonas más inhóspitas del interior de la provincia. En el único sobre blanco, de papel, había una palabra manuscrita con el inconfundible trazo de Daniel. Gracimiano. De inmediato pensé en el cuento Cantata para los hijos de Gracimiano, publicado en El estuche del cocodrilo, en 1974. En el cuento, una pareja muy pobre decide entregar sus hijos a otras familias de poblados cercanos, porque ya no los pueden alimentar. En el sobre de papel, una diapositiva se destacaba de otras dos imágenes en blanco y negro: allí posaban un hombre y una mujer, cansados y avergonzados, con un niño y una niña tomados de sus manos.

Familia de pobladores en los Llanos (Archivo Daniel Moyano)
Familia de pobladores en los Llanos (Archivo Daniel Moyano)

Me pasé una tarde más, solo, mirando negativos a contraluz, frente al ventanal del living por el que Moyano imaginó la travesía de las mulas y el piano que narró en Tres golpes de timbal. Tiempo después presenté un proyecto en la Universidad de Poitiers (donde se aloja el Archivo Virtual Daniel Moyano desde 2009) para digitalizar las fotos. Estuve ocho meses en Francia. Tiempo después me senté a escribir Los desvalidos bajo la premisa de cruzar fotos y textos, para tratar de entender, y de mostrar, cómo miraba Moyano.

En el libro se amplían sus registros de producción. Se puede recuperar el derrotero de sus viajes por el interior riojano, los llanos del Chacho Peñaloza y la cordillera raleada donde hizo carne, imagen y palabra esa realidad cotidiana y completamente olvidada del entorno rural. En las fotos, en las crónicas, en los cuentos se puede ver cómo nació todo del mismo ojo. Gestos, detalles, paisajes. Ojo que usó para renombrar la realidad circundante o para soltar una denuncia vital, siempre encauzada en una crítica sobre las formas de soportar en esa tierra.

Algunos críticos literarios, algunos escritores y muchos riojanos coinciden en llamar a Moyano el Rulfo argentino. No es un detalle menor si se tiene en cuenta que Daniel admiraba profundamente al autor de Pedro Páramo, que a su vez dejó, junto a sus pocos papeles, un corpus prolijísimo y notable de fotografías.

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