
En el documental 78/52, película que cuenta y analiza la escena de la ducha de Psicosis, se traza una relación entre la película de terror de Hitchcock y Una Eva y Dos Adanes, de Billy Wilder. Dicha relación vendría por ser películas muy cercanas en el tiempo (Psicosis es de 1960, mientras la otra es del 59) que se planteaban cómo llevar al límite lo que se podía mostrar en su momento.
Cuesta creer que pueda haber un punto de contacto entre dos largometrajes tan distintos, pero no deja de ser en algún punto cierto. Uno podría agregar incluso, si quiere jugarse al juego de las relaciones, que ambas incluyen hombres disfrazados de mujeres (aunque por razones muy distintas, claro está) y que en ambas películas está el tema del sexo y la muerte.
El tema es que en Hitchcock- católico culposo y perverso- el sexo y la muerte casi siempre estuvieron de la mano, y la famosa escena de la ducha, en la que un asesinato se sigue de un acto de voyeurismo retorcido, tiene mucho de eso. En Una Eva y dos Adanes, dirigida por un tipo como Wilder- al que la religión le importaba bastante poco- el sexo y la muerte son elementos contrapuestos. Mejor aún, el erotismo es en esta película el refugio frente a la muerte y el peligro, lo que permite que los personajes la pasen bien en medio del contexto en el que transcurre la película (plena época de la Ley Seca, en medio de crímenes aberrantes cometidos por la mafia).
Por supuesto que Una Eva y dos Adanes no fue la primera película con alusiones sexuales de Hollywood, ni mucho menos la primera hecha durante el período del así llamado Código Hays (suerte de reglamento de autocensura que rigió el cine de Hollywood entre la década del 30 y 60 y que impedía un grado de explicitud para hablar de cuestiones eróticas), pero sí fue de las películas más abiertamente sexuales de la industria que se estrenaron durante ese período.
Una Eva y dos Adanes no sólo era sexual y erótica; era abierta y celebratoriamente sexual y erótica: con decenas de chistes subidos de tono, vestidos cortos y transparentes, alusiones apenas matizadas sobre la impotencia y la identidad sexual, un personaje –o quizás dos- que muy probablemente haya descubierto su homosexualidad- y hasta un título original que no podía ser más evidente en su alusión sexual: Some Like it Hot (o sea: Algunos lo prefieren caliente). A esto se le suma otra cuestión evidente: que su protagonista fuera Marilyn Monroe, la sex symbol más importante de ese momento (muchos dirían la más importante de la historia), vestida siempre con ropa muy ajustada y escotada.
Cuando la película se estrenó en el 59 tuvo un éxito enorme, aunque no hubo ofendidos por sus contenidos "poco apropiados". Así es como hubo lugares de Estados Unidos en donde se estrenó cortada, cines que colgaban carteles advirtiendo el contenido escandaloso de la película, y protestas aisladas de algunos clérigos.
Pero por supuesto, los tiempos cambian, y en pocos años la película, sin dejar de ser graciosa y sofisticada (mucho más sofisticada de lo que aparenta, por cierto), se transformó en un largometraje incapaz de ofender a prácticamente nadie, y lo que antes era provocador, con el tiempo se terminó transformando en algo naif.
Mucho de eso tiene Sugar, la obra musical estrenada en Broadway en 1972 en los Estados Unidos y que tuviera diferentes representaciones a lo largo de las décadas y en diferentes países, siendo dos de ellas en Buenos Aires. Una sucedió en 1986, protagonizada por Arturo Puig, Ricardo Darín y Susana Giménez, conocida entonces no sólo por tener a una pareja muy popular del momento (obviamente, Susana y Darín) compartiendo escena, sino también por un debut fallido que fue ocasión para las tapas de revista de la época.

Sugar se reestrenó en el 2018, en el mismo teatro Lola Membrives, con Susana Giménez como productora y Puig como director, aunque con un elenco distinto compuesto por Federico D´Elía, Nicolás Cabré y Laurita Fernández (quien sucedió a Griselda Siciliani). Se trata una de esas obras musicales que se venden diciendo que son como las de Broadway pero en Buenos Aires; la diferencia es que, en el caso de Sugar, esto es cierto.
Se trata de una de esas obras espectaculares con varios cambios escénicos y un trabajo notable de vestuario. También de un caso especial de una obra que, pese a ser adaptada de un musical rabiosamente extranjero (Sugar transcurre en Estados Unidos, tiene canciones dedicadas a diferentes estados de ese país, música que combina ritmos de Charleston y jazz, coreografías con zapateo americano, y personajes que son gángsters neoyorkinos de los 20), logra tener un humor anclado en una comedia bien porteña que uno podría asociar al teatro de revistas como a muchos programas cómicos de la TV argentina.
La clave de esto no tiene sólo que ver con la naturaleza sexual de muchos chistes, sino también con la actuación de Cabré. Lo que hace Cabré acá es ese tipo de interpretaciones que marcan buena parte del tono de la obra. Su actuación, muy basada en una gestualidad desbordada, un humor físico y momentos improvisados, parece remitir a las que podría entregar un comediante argentino tan icónico como Olmedo. Es un tipo de interpretación que en la obra termina generando dos contrastes.
Uno, con el propio D'Elía, que incluso haciendo de mujer juega a tener una postura sobria. La otra es con la propia prolijidad de la obra y el resto del elenco, que, como en toda adaptación de Broadway, se comportan con una precisión de cirujanos tanto a la hora de bailar y cantar como de seguir sus líneas.
¿Y qué es lo que pasa con Laurita Fernández?, la incógnita acerca de qué era lo que podía o no hacer actoralmente esta figura mediática estaba basada en el prejuicio de tratarse de una mujer que se hizo conocida a partir de ser bailarina de Marcelo Tinelli y conductora de un programa no caracterizado precisamente por su prestigio como Combate. Como si esto fuese poco, estaba la exigencia del papel principal.

Estar en ese rol implica saber cantar, actuar y bailar (y más de una vez, hacer las tres cosas juntas) sumado a trabajar bajo la sombra del papel más legendario de la legendaria Marilyn Monroe. Fernández no sólo sale airosa mostrando que puede bailar y cantar a la perfección, sino también representando un papel bastante más complicado de lo que parece. En principio, hay que decir que a Fernández la ayuda mucho la cuestión física. No se trata solamente de que sea una mujer hermosa, sino que además posee un tipo de belleza que recuerda mucho a Monroe: rostro angelical y cuerpo curvilíneo. Este tipo de característica física es el que le permitió a Marilyn proponer un juego sensual con el espectador: el de la chica que podía ser al mismo tiempo muy ingenua y muy sexual, en la que se mezclaba lo inocente con lo sumamente erótico.
Una Eva y dos Adanes juega ese juego desde el vamos, siendo que Sugar Kane es una chica que habla con hombres disfrazados de mujeres sin saber quiénes son realmente. Así es como ella puede contarle intimidades o desvestirse frente a ellos sin notar en lo más mínimo lo que les pasa ni lo que despierta. Por otro lado, Kane es una chica ingenua al mismo tiempo –por lo que puede verse en algunas escenas tanto de la obra como de la película- con una gran experiencia en la cama. A esto se le agrega otra cosa: Sugar se mueve durante toda la ficción con vestidos cortos, transparentes, o escotados (o las tres cosas juntas) y posee un nombre que significa azúcar, y que termina remitiendo a eso que los americanos llaman Eye Candy (algo así como "golosina para los ojos", lo que remite a ese tipo de mujeres que están para ver y nada más que eso).

¿Suena a fantasía sexista?, por supuesto que lo es; el tema es que el juego de un personaje como Sugar Kane es que es todo tan groseramente sexista en su estereotipo que es imposible no verlo como una gigantesca ironía. Más en un relato como este donde se muestran como nunca las dificultades de una chica de vivir en un mundo machista (algo que comprueban los personajes que al disfrazarse empiezan a sentir el acoso de tipos que quieren propasarse con ellos a cada momento).
Si algo entendió Marilyn y entiende hoy Fernández es que un personaje como el de Sugar Kane no puede ser interpretado de otra forma que no sea con desmesura, pero que al mismo tiempo esa desmesura no debe dejar al personaje ni en el ridículo ni en un grotesco carente de dignidad. Se trata de una interpretación donde la inocencia es tan grande que debe sonar impostada, y donde lo gracioso debe imponerse sobre lo estúpido. De esta manera, uno entiende el juego tanto de la obra Sugar como de la película Una Eva y dos Adanes. Se trata de jugar a un erotismo gracioso y una forma de seducción que, como todo acto seductor, no está exento de farsa y representación. Son relatos sobre el sexo como algo feliz, hechos en el contexto de una comedia que nos muestra que un humor de trazo grueso y llena de chistes subidos de tono, no necesariamente tiene que carecer de sutileza o inteligencia.
*Sugar
Teatro Lola Membrives (Corrientes 1280)
Precio entre 500 y 1000 (Precios sujetos a modificación sin previo aviso)
Miércoles, jueves y domingos: 20:30
Viernes: 21:00
Sábados: 19:30 y 22
Dirección: Arturo Puig
Con Nicolás Cabré, Laurita Fernandez y Federico D´elía.
Basado en el libro de Peter Stone. Versión y traducción de Mario Morgan, Fernando Masllorens y Federico González del Pino.
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