
El artista turco Ali Kazma estuvo en Buenos Aires a finales de junio para presentar en el Centro de Arte Contemporáneo de MUNTREF su muestra Lugares subterráneos, una exhibición que MUNTREF via la Bienalsur coprodujo con la Jeu de Paume de Paris. Allí una versión de esta muestra estuvo montada hasta septiembre del año pasado con curaduría de Pia Wiewing.
Kazma (Estambul, 1971) se formó entre New York y Londres pero no pareciera que la improntas de la escuelas de arte a las que asistió le hayan dado algo más que el soporte de una tecnología que él aplica de un modo muy particular y en el que parece manejarse con soltura, solidez y elegancia. Se percibe una determinación creativa tenaz y tanto que cada obra es realizada por él y solo por él. Sin equipo, ni asistentes ni técnicos. Sólo en el armado de la muestra se rodea de un equipo que monta con precisión sus instalaciones audiovisuales.
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Kazan es un videoartista que aparentemente documenta ciertos procesos básicos de la actividad humana en videos breves donde los protagonistas son los objetos que se transforman, que se manipulan, que se usan para la vida de cada día, para el trabajo, para la sobrevivencia, para dominar el cuerpo, marcarlo, redefinirlo, mantenerlo atento.

Las personas son las grandes ausentes de estos videos –algo así como los extras de las películas- siempre registradas en un plano secundario o recortadas o directamente sugeridas en un contracampo, fuera de la pantalla, donde lo que manda es un hábitat, un paisaje que puede ser una mina o un campo de concentración, un estudio de artista o una sala para dormir la siesta, un tubo de gas o una cueva, un texto escrito por el papel más que por una mano, una vasija que se autofabrica y que le da sentido a quien la tornea y no al revés. Los espacios y las cosas son los lugares subterráneos a los que podríamos pensar que refiere el título de la exposición notablemente montada en el edificio del viejo Hotel de Inmigrantes. Los lugares y las cosas existieron antes que nosotros y nos sobrevivirán aunque en cada uno de ellos una persona o un robot hecho a nuestra semejanza, haya dejado una huella. No es relevante. Es fugaz. Esa es la idea.
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El procedimiento aplicado por Kazma, su ficción de estos pequeños momentos reales, son muy eficaces. En los 15 videos que presenta, que pueden verse como una única instalación audiovisual o como quince paradas de un itinerario circular, Kazma trabaja con planos de larga duración y con la cámara fija, el proceso de edición apenas se percibe, genera la ilusión de un plano continuo que tiene su correlato en un sonido producido con laboriosidad generando otra ilusión o la misma: que lo que se escucha efectivamente se desprende de lo que registran esa imágenes. No son crónicas, no son ficciones, no son documentales. Son un género híbrido creado por Kazma.
El suceder se ralenta, hipnotiza e incomoda en estas obras que él mismo define como cápsulas de tiempo. En ellas lo que parece estar encerrado es una época indefinida de algún lugar impreciso del mundo –aunque los lugares son muy precisos-, esas cápsulas como las de las viejas películas de ciencia ficción donde literalmente una suerte de caja o contenedor se enterraba en un lugar de coordenadas que deberían ser inolvidables, guardando el registro de una vida que correspondería ser evocada años después. Preferentemente por los sobrevivientes de quienes las enterraron.
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Capsulas bajo tierra, tumbas encubiertas que siempre dan cuenta de la caducidad de esos cuerpos, de esos extras intercambiables. El tiempo. Es el tiempo lo que siempre dará sentido a todo. O se lo quitará. El único inmortal. Pasajeros en trance. Las obras de Kazma nos ponen en nuestro sitio sin darnos cuenta totalmente mientras las apreciamos. Ese sitio es el contracampo, exactamente donde estamos quienes observamos y no hay espejo, hay vacío. Afuera.
De ese modo, el tiempo detenido e inventado del recuerdo se convierte en un sin fin que traspasa ese pasado y que es también hoy y que podría ser quizá una premonición de lo que no existe o aún no sucedió. Son obras aparentemente sencillas pero incomodan. Como en una operación antiproustiana, no hay un tiempo perdido que se busca, hay un tiempo que se impone y devora.
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El día de la inauguración Infobae Cultura conversó con el artista sobre esta sensación de humanidad borrada, astutamente transfigurada. "Me interesa que quienes miran estos videos puedan ponerse dentro de él –nos dice- ocupar un lugar en la pantalla, apropiarse de las acciones que se sugieren o habitar los espacios que registro". Y efectivamente estas obras suscitan cierta urgencia, un extraño compromiso que nos ata con lo que sucede sin terminar de suceder en la pantalla: un rito de pasaje.

En una entrevista realizada en París, Kazan hacía referencia a la obra del cineasta ruso Andrei Tarkovksi, Esculpir el tiempo. Parecería haberlo tomado como una misión, como un desafío que vence en la quietud de un plano medio, tras otro plano medio tomado desde un punto de vista ligeramente diferente al anterior, cada plano dura hasta un segundo antes de su agotamiento.
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Kazma nos cuenta que para conseguir una obra de 4 minutos, por ejemplo, graba cuarenta y ocho horas y puede emplear hasta dos semanas para llegar a la edición final: el destilado sutil de lo que sobrevivirá como lo estrictamente necesario.
Las obras exhibidas datan de 2006 hasta 2017. Corresponden a sus series Obstructions y Resistence con la que representó a su país en la Bienal de Venecia en 2013. Los videos Norte y Mina fueron creados especialmente para esta muestra.
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Y más allá del tiempo que lo vence todo, Kazma nos cuenta que actualmente está interesado por la energía, por su producción, por su valor por los espacios por donde circula naturalmente y aquellos donde se la atrapa para luego venderla y transformarla abandonado su impronta esencial, ese recurso natural regido por el derecho universal a su uso. Y es en esa reflexión donde crea esas obras donde los caños son las cuevas por donde circulan los cuerpos fantasmas que trabajan (siempre cuerpos recortados y solitarios, no hay comunidad en sus obras, sucesión de ausencias o de hombres/mujeres solos/solas). Bajo la línea del horizonte, bajo la tierra, en un simulacro de subsuelo, sótanos, escondites, circulan esas obras breves que finalmente dan cuenta del único destino posible, las cápsulas de tiempo como sarcófagos posmodernos.
*Hasta el 14 de octubre en MUNTREF
Hotel de Inmigrantes
Av. Antártida Argentina (entre Dirección Nacional de Migraciones y Buquebus). Entrada por Apostadero Naval, Dársena Norte.
Martes a Domingos de 11 a 19 hs.
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