(Foto: Lihue Althabe)
(Foto: Lihue Althabe)

En el oscuro corazón de Once, junto a sus hijos, su perra y su mujer, vive Kike Ferrari. Adentro, las paredes están llenas de estantes con libros. En todas partes se apilan y se asoman sus lomos, y en donde no, los huecos —casi como una batalla divertida—, hay garabatos hechos con fibras de colores. Posiblemente sean de la más chica, Matilda, que tiene tres años y se mueve inquieta por la casa. Grita, charla, se ríe, va y viene. Son las seis y media de la tarde y ya es de noche en este invierno. Mientras se somete al flash de la cámara sin flash, este escritor nacido en el barrio de Almagro en 1972 charla distendido con Infobae Cultura. No hay poses ni ambiciones. Está acá, ahora, como todos nosotros, en la lucha cotidiana de estar vivo. Escribe con perseverancia porque tiene fe. ¿En qué cree un tipo como Kike Ferrari? En que todo este mundo puede ser un lugar distinto, un lugar mejor.

Como casi todos los días de su vida, se levanta a las siete de la mañana. Se baña, prepara el mate y se pone a escribir. Dos horas de escritura y a las 9:30 se va a trabajar. Hace cinco años ya, en el subte. Esa mezcla algo particular le valió cierta notoriedad en la prensa. Pero no se queja de la etiqueta.

"Me sirvió un montón esta combinación —explica—, que a los medios les resultó tan rara, de trabajo manual y trabajo narrativo. Pero hice otro montón de cosas. Mis anteriores trabajos hubiesen llamado la atención igual. Yo fui fletero y que cargara resmas de papel y muebles les daba el mismo contraste. En un momento trabajé en la parte de educación de los institutos de menores, y bueno, ahí no había nota. Pero del subte, casi que te diría que lo que yo vine a buscar a este trabajo fue la experiencia gremial. Nosotros ganamos un poquito mejor que el promedio del movimiento obrero, pero no fue eso lo central que busqué cuando entré en el subte. Yo estaba muy contento y entusiasmado de ser parte de esta experiencia que, a cinco años, pienso que es increíble lo que pasa con la organización que pudimos armar los trabajadores del subte".

Además, con el trabajo del subte logró una disciplina: horarios para escribir. Su vida está ordenada porque entendió que la literatura, por más que no esté bien remunerada, es un oficio. "No es magia, no existen las musas, no existe el genio artístico —explica—, lo que existe es el trabajo, aprender las herramientas y usarlas. Y eso está bueno porque yo hago artes marciales y si las notas hubieran sido 'El escritor karateka' no podría hablar de la relación entre literatura y trabajo".

“Que de lejos parecen moscas”, primera edición (Foto: Lihue Althabe)
“Que de lejos parecen moscas”, primera edición (Foto: Lihue Althabe)

El motivo de la entrevista es Que de lejos parecen moscas, un libro que acaba de reeditarse a gran escala pero no es nuevo. Se publicó por primera vez en España en 2012. "Habrá vendido 18 ejemplares y fue a depósito, pero generó un poco de ruido en algunos lugares", dice en referencia a la Semana Negra de Gijón y al Premio Memorial Silverio Cañada a Mejor Ópera Prima. Después empezó a salir en todos lados: Francia, México, Italia y por fin Argentina por la editorial Punto de Encuentro. Este año volvió a aparecer bajo el sello Alfaguara (perteneciente a Penguin Random House) y el año que viene estará en las librerías de Grecia y probablemente Turquía. "Es un libro de muchas vidas, ¿viste?", comenta algo sorprendido.

—¿Qué cambió en vos con esta edición de Alfaguara?

—Cambia mucho la percepción que tienen los demás de mí. Yo ocupo un lugar distinto ahora en el… no sé cómo decirte… ¿mundo de la literatura? al que ocupaba antes. Y lo otro que cambia es algo de la realidad: el volumen de mi diálogo con los lectores. Ahora el texto llega a mucha gente. Ese es un cambio real. Y después hay un cambio del orden material: esta es la primera vez que a mí me entra plata en serio de la literatura. Después, sentado frente a la máquina, yo soy el mismo, o soy otro pero porque aprendí más.

—¿Sentís una responsabilidad ahora que tenés tantos lectores?

—El momento en que a mí el lector no me importa nada es cuando estoy escribiendo. Después me importa un montón porque yo entiendo a la literatura como un diálogo, no como un evento de uno con uno mismo, de autoconocimiento, esa cosa masturbatoria de que si yo estuviese solo en una isla desierta escribiría un libro… La verdad que si yo estuviera solo en una isla desierta trataría de hacer un barco para ir un lugar donde sí haya lectores. Si no, soy un papanatas. Como yo veo la literatura como un evento social, el lector me importa un montón, pero cuando yo estoy escribiendo mi único compromiso es con el texto. El lector me importa un carajo. Me importaba un carajo cuando no tenía lectores y me importa un carajo ahora que tengo algunos.

(Foto: Lihue Althabe)
(Foto: Lihue Althabe)

—Y en cuanto al género, ¿por qué policial, más allá de que no es un policial ortodoxo?

—Los géneros están para usarlos y abusarlos… violarlos un poquito. Te dan un montón de herramientas, hipótesis de lectura. El tipo que se sienta a leer una novela negra va a esperar que pasen cosas porque llegás a una serie de acuerdos. Cuando vas a ver una película de terror sucede: cuando la rubia tetona corre como loca al sótano vos no te vas a sentir defraudado porque sabés que es lo que pasa en el terror. En cualquier otra película pensarías: ¿esta chica es imbécil?, ¿por qué baja al sótano si hay un asesino con un cuchillo? Los géneros te dan un marco que sirve para contar algunas historias. Vas usando las herramientas que la historia te pide.

—¿Se podría decir que esta novela es un retrato de la maldad?

—Me di cuenta después. Yo pensé que era una novela de historias, de anécdotas, y en realidad es una novela de personajes. Ocho, nueve años tardé en darme cuenta. Y tiene sentido, porque retomando apuntes sobre qué quería hacer cuando la escribí, lo vi. Porque yo me planteé una serie de desafíos al momento de empezar a escribirla. En ese momento, 2009 más o menos, no me leía nadie. Amigos, y si es que no les daba pereza. Quería escribir bajo presión de tiempo y quería recuperar la idea de folletín. Entonces me armé un blog y empecé a colgar un capítulo por semana, entonces tenía que escribir a un ritmo súper acelerado. Y el siguiente desafío fue seguir con la cámara de muy cerca a un tipo despreciable. No quería tener empatía con mi personaje. Yo, como casi todos los escritores nuevos, escribía versiones de mí mismo o versiones de mis amigos o versiones de mis héroes. Hay tipos que hicieron un carrera con ésto: Bukowski, Hemingway, y yo los leo con amor y entusiasmo, pero yo no tenía ganas de hacer eso. Y después, a medida que la historia avanza termino escribiendo una historia donde todo el mundo me caía mal y es mucho mejor todavía porque era más difícil.

—Y ahí aparece el clasismo, porque dentro de lo despreciable está la idea de clase.

—Sí, porque uno escribe con lo que tiene: soy de River, me gusta el heavy metal, tomo cerveza, un montón, y odio a los patrones. Mucho. No a cada uno de ellos individualmente, aunque sí a muchos que me han tocado, pero los odio como corporación, como paradigma. La idea de gente que vive del trabajo de otra me parece horrenda. Y no tengo ningún problema con el odio de clase, centralmente porque es lo que la novela me vino a contar: ellos tampoco tienen ningún problema, ellos nos odian también. ¿Por qué yo tendría que tener pruritos con mi justo resentimiento de clase?

(Foto: Lihue Althabe)
(Foto: Lihue Althabe)

La política en Kike Ferrari es natural. Empezó a militar desde muy chico en el viejo MAS (Movimiento al Socialismo), aquel partido que fundó Nahuel Moreno en 1983. Luego de varios trabajos, como dice, llegó al subte y fue metrodelegado por AGTSyP (Asociación Gremial de Trabajadores del Subterráneo y Premetro) en la Línea B. "¿Viste que dicen que en el país todos son peronistas y algunos lo saben y otros no? Bueno, en el subte somos todos troskos. Algunos lo sabemos, otros no, pero somos todos troskos. Ex troskos, actualmente troskos, post troskos, troskos arrepentidos", dice y se estira el cuello de la remera, saca un colgante negro y muestra la medallita: la hoz y el martillo, el símbolo del comunismo. "Me puse ésto y explotó el troskómetro", agrega y se ríe.

Hace un mes, los trabajadores del subte realizaron medidas de fuerza. No tienen la facultad de negociar la paritaria, quien lo hace por ellos es la UTA (Unión Tranviarios Automotor) pero sin demasiada representación en las bases. La situación terminó con una represión y posterior encarcelamiento de algunos huelguistas. "La UTA es el viejo sindicato blanco, el sindicato de la patronal. Son el límite hacia abajo. Tipos multimillonarios que entregan a los compañeros sistemáticamente, mienten y nos lastiman. [El titular de la UTA Roberto] Fernández acaba de echar 48 delegados opositores. Los echás del sindicato, le sacás los fueros y sabés que los regalás… la empresa los va a echar", dice.

—Ahora las cosas están bastante complicadas…

—Sí, porque puede salir mal. Si el gobierno y la patronal ganan nos van a echar a todos. Si destruyen el sindicato, porque no quieren cagarnos la paritaria, quieren que el sindicato desaparezca, "Beto" [Pianelli] y "El Gordo" Segovia van a ir en cana y nos van a echar a todos: dos mil despedidos, entre ellos todo el activismo, todos a la calle. Y va a ser una derrota enorme porque van a volver las ochos horas, la tercerización, va a ser un desastre. Yo estoy hace cinco años pero el tema es aquellos que están desde siempre, incluso aquellos sectores más opositores al sindicato como Claudio Dellacarbonara, los pibes del PO, todos los compañeros tienen un acumulado de experiencia de luchas que son a matar o morir, y estamos todos muy seguros, con muchas ganas de ganarle, con mucha paciencia. No nos van a poder correr por izquierda. Parece, porque como somos todos troskos somos petarditos, pero no nos van a salir a correr por donde ellos quieran. Y entonces vamos a ver, porque si perdemos va a ser un desastre, pero si ganamos, va a ser un golazo.

Distintas ediciones de “Que de lejos parecen moscas” (Foto: Lihue Althabe)
Distintas ediciones de “Que de lejos parecen moscas” (Foto: Lihue Althabe)

—¿Por qué creés que es tan difícil que se identifique al escritor como un trabajador más?

—Hay una percepción en el lugar que el capitalismo nos quiere dar a los trabajadores que es: si los trabajadores tenemos algo que ver con la cultura es como consumidores. Nunca productores de cultura. Les tengo malas noticias, amigos, yo no soy una mosca blanca. No es que yo soy el negro cabeza que escribió un único libro. La meritocracia, ¿viste? "Si él puede…" No. Está lleno de compañeros. Si alguien tiene algo para decir en la Argentina es la clase trabajadora. Tengo compañeros que escriben, pintan, hacen teatro, radio… Lo que menos hacen es cine porque es carísimo.

—¿El sueño de vivir de la literatura es sólo eso: un sueño?

—Piglia decía que vivía de la literatura pero no de escribir. Vivir de la literatura te obligaría a hacer una serie de cosas que yo no estoy dispuesto a hacer, por ejemplo bajarle el precio a mis libros. Yo lo que quiero es escribir mejor. Pero sí se puede vivir alrededor de la literatura con una serie de condiciones. Yo, por ejemplo, tendría que dejar de alquilar. Tengo tres pibes, no puedo andar hiponeando. Ahora me hablaron de España, que están en tratativas para vender el libro en audiovisual, de gente que quiere hacer una película y gente que quiere hacer una serie. Hay una reserva que dura dos o tres años y ahí se resuelve si te lo compran o no. Si te lo compran, yo agarro esa guita de las dos cosas y me compro una casita. De acá nos estamos por mudar y voy a pasar a pagar 15 lucas de alquiler y 4 de expensas: 19 lucas todos los meses. Si yo sería 19 lucas más rico todos los meses capaz que puedo dejar de laburar y vivir de la guitita que me va entrando de los libros, más las traducciones, más las charlas que hace uno o dos años me empezaron a pagar, más los talleres… yo ahora estoy dando uno, porque le dedico 36 horas semanales al trabajo asalariado… y también podés vender colaboraciones a algún lado porque tenés más tiempo para escribir… Entonces con todo eso puede ser, una hipótesis de si las cosas salieran bien, que yo me plantee dejar el laburo y vivir de la literatura. No estoy corriendo atrás de esa zanahoria. Si llega, veo.

(Foto: Lihue Althabe)
(Foto: Lihue Althabe)

Que de lejos parecen moscas es un policial, una novela negra y muy efectiva. Hay un protagonista rico y poderoso que sólo genera desprecio: el Señor Machi. De repente, cuando sale con su autazo de garchar con una pendeja y tomar algunos lagartos de cocaína —va por la autopista siendo la envidia de los que miran esa flecha negra surcando el asfalto—, algo le hace ruido en el baúl. Baja, mira y hay un cadáver. Así comienza la historia y no te suelta hasta que termina.

El Señor Machi habla, monologa, y en ese decir, en ese hablar, devela todo lo que piensa: su forma de ver el mundo. Dice, por ejemplo, que "ser vivo es más importante que ser inteligente". Kike Ferrari asegura que esa es una idea "del universo de la nueva burguesía argentina, la de los últimos cincuenta años, la burguesía no productiva, la que nos gobierna, la que hizo la plata con los negocios del Estado privatizando empresas y haciendo públicas las deudas y comprando terrenos. Y esa burguesía bruta que no puede terminar una oración no es la vieja burguesía argentina. La derecha en Argentina un día era Sarmiento, incluso el barrabrava de Roca, ¡Alvear! Quienes hablaban por la patronal eran los mismos. Ahora quién habla por las patronales… ¿Durán Barba? El mejor cuadro de este gobierno es Marcos Peña, ¡me quiero morir!"

Luego de una risotada, Kike vuelve al Señor Machi y confiesa que está basado en un patrón que tuvo. Además, no sólo es un meritócrata, también un machista. Para el Señor Machi, el novio de su hija no es otra cosa que "el tipo que se mueve a su hija": un enemigo en el terreno de la posesión, quien daña su orgullo de macho. Además, el Señor Machi es un hombre que no respeta la decisión sexual de su hijo gay. "Este personaje es un espanto, porque no respeta a sus hijos, ni a su mujer ni a ninguno de sus empleados. Se muestra más o menos respetuoso con algunos de sus amigos. El tipo es una versión extrema del liberalismo. Un individualista de la manera más brutal y absoluta. Todo lo que esté más allá del último milímetro de su piel no le interesa", agrega.

—Y ese machismo, esa homofobia, ese individualismo, ¿no creés que se repite en la clase trabajadora?

—Puntualmente ese personaje no es de la clase trabajadora porque para tener todas sus características tenés que ser poderoso. Pero sí se replica en muchos lados porque el sentido común de una época es el sentido común de su clase dominante. Yo creo que es más fácil huir de ahí y generar espacios de conciencia más sanos cuando tu vida está atada a lo colectivo. Si trabajás con gente que tiene tus mismos problemas y las soluciones van atadas, es más difícil sentir que tenés que salvar tu culo y nada más.

(Foto: Lihue Althabe)
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Cuando Kike Ferrari tenía 8 años sus padres le regalaron un libro. "Hicieron todo un espamento", recuerda. Le dijeron: "No seas boludo, es un regalo importante. Esto es lo que nos diferencia de los monos. No es una pelota de fútbol". Sandokan de Emilio Salgari. "Tengo la sensación de que todo lo que una persona tiene que aprender de la vida está en ese libro. Después vos le agregás cosas. Marx y todo eso viene después. Pero si vos te aprendés eso y te lo aprendés bien, sos una persona decente", asegura.

Hoy la lectura ya es parte de él. Pasa dos días sin leer y exagera que le agarra un ataque. "Es la experiencia de mayor continuidad en mi vida. No recuerdo ningún momento en que no esté leyendo. Probablemente la razón por la que más veces me han cagado a pedos en el trabajo, porque me escapaba y me encerraba a leer cuando debía estar trabajando. No me acuerdo ningún evento importante en mi vida donde no haya un libro cerca", dice y agrega que la literatura, para él es "la tensión entre verdad y realidad". Toda una definición.

(Foto: Lihue Althabe)
(Foto: Lihue Althabe)

La escritura, en cambio, empezó mal. Así: en julio de 1997 Kike tuvo la peor semana de su vida. Tocaba el bajo en una banda que se llamaba 7 Whiskies Dobles y escribía las letras. La banda se disolvió y todo se derrumbó como un dominó. Era fletero y se rompió la camioneta: sin transporte y sin trabajo. Además, su compañera lo echó de la casa y tuvo que volver a vivir a lo de sus padres. El combo era brutal: solo, seco y triste. Todo en una semana. Entonces se puso a buscar trabajo. Marcó tres avisos en el diario pero tenía plata para un viaje y medio en colectivo. Así que sólo podía ir a uno y volver caminando. "Año 97, 25% de desocupación en Argentina. Y yo terminé el secundario a los ponchazos. No sé hacer nada. Ese día tenía… ponele 16, 18 pesos en plata de hoy. Me agarró una angustia bárbara y en vez de ir a buscar laburo, me compré una birra. Le pedí que me fíe lo que faltaba. Me fui a mi casa y me puse a escribir. La primera mitad del primer relato que escribí en mi vida adulta lo escribí esa noche. Un tipo que baja de un colectivo, camina y entra a un bar. Eso. Y al día siguiente terminé el relato. Y de escribir, no paré más".

—¿Cómo ves el campo literario?

—A diferencia de lo que pasa con la música, donde hay mucho mamerto haciendo discos, si hacés un trabajo serio en algún momento publicás. En la Argentina, si alguien hace un trabajo literario que está bien, tarde o temprano publica. Y después, lo que pasa con esos libros, no es descabellado, es más o menos lo que tendría que pasar. También hay gente que escribe con los codos. Pero en general lo que veo es que los que la mueven siempre llegan a los lugares donde tienen que estar. En nuestra generación hay un consenso sobre que Samantha Schweblin es distinta al resto de nosotros. Y con distinta quiero decir que es mejor. También Gabriela Cabezón Cámara o Hernán Ronsino. Incluso Juan Mattio, pese a que tiene un libro solo. Me da la sensación que las cosas se termina ajustando.

—Si algún día lográs vivir de la literatura y dejás de laburar en el subte, ¿no tenés miedo de perder ese eje temático anclado en la clase trabajadora?

—Yo tengo 46 años… Hay cosas que no se te van más. Así como las compañeras gritan "se va a caer", yo lo que quiero que se caiga es el capitalismo. Donde quiera que yo esté, le voy a seguir tirando piedras.

 

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