Paula Puebla nació en Berazategui, provincia de Buenos Aires, en 1984 (Martín Rosenzveig)
Paula Puebla nació en Berazategui, provincia de Buenos Aires, en 1984 (Martín Rosenzveig)

Los viernes a las cuatro de la tarde San Telmo parece un western de los años cincuenta. No pasan rodando los matojos pero el viento se arremolina en las calles y la gente se apura en las avenidas para volver a su casa o se mete en los bares del barrio. Hay uno pequeño y algo famoso de corte irlandés que se llama Gibraltar. Ahí está Paula Puebla (Berazategui, 1984) sentada en la barra tomando una cerveza negra. Charla en un inglés perfecto con un escocés algo borracho y jocoso. Cuando nos ve llegar se despide de su amigo ocasional y se somete a la tortura, como dice ella, de las personas vanidosas: las fotos. La situación es breve —el patio del bar es precioso— y respira con un alivio impostado cuando el fotógrafo le dice que ya está, que con eso es suficiente y que salió muy bien. Ella hace una media sonrisa: es mucho más de lo que le ofreció a la cámara.

Ahora, ya sentada en una mesa del bar, dice: "Estás hablando con una ansiosa", y muestra las manos. Tiene las uñas cortitas, pintadas con prolijidad pero cortitas, como si antes de que el esmalte las coloree haya estado mordiéndose por diversión. Se refiere a su debut literario, el primer libro, la novela que hace apenas unos meses editó 17 Grises bajo el título Una vida en presente. Entre la preventa y la presentación se agotó. Hicieron una segunda edición para salir a las librerías. En unos días vuelva a entrar a imprenta: se viene la tercera, algo novedoso para una primera novela y para una editorial independiente. Escribirla fue, asegura, "un trabajo de oficio pero también terapéutico".

María Guevara es la protagonista y narradora de la historia. Es una escort, una prostituta que mantiene relaciones fijas con hombres esencialmente poderosos a cambio de mucho dinero. Vive en un departamento del barrio de Congreso junto a su gata Beba y todos los viernes va a buscar a sus sobrinas mellizas al colegio para pasar una noche de chicas haciendo lo que su hermana Julia —el prototipo de mujer subordinada—, la madre de las niñas, no les deja hacer: jugar al FIFA en la PlayStation, disfrazarse, comer comida chatarra y beber gaseosa. María Guevara es una mujer que vive con libertad y se permite entrar y salir con delicadeza en los terrenos turbulentos. Bebe mucho, fuma otro poco y el cóctel de soledades que la envuelve se transforma en un cóctel de pastillas para paliarlo.

“Una vida en presente”, editado por 17 Grises (Martín Rosenzveig)
“Una vida en presente”, editado por 17 Grises (Martín Rosenzveig)

—¿María Guevara es feminista?

—Yo creo que sí. María Guevara encontró la manera de capitalizar el machismo. Bueno, hay mucho escrito al respecto. Está el libro de Catherine Hakim sobre capital erótico. Pero es una mina que vive de los hombres, vive a través de los hombres. Hoy estamos hablando mucho de trabajo sexual y una serie de cuestiones súper justas. Creo que sí: es feminista. Toma una serie de decisiones a través de la historia donde uno dice: "Bueno, no es una boluda que está todo el tiempo hablando de ropa. A esta mujer le pasan cosas". Y por más que el lector se pierda en algún momento, tiene objetivos en su cabeza y va tras ellos, y eso me parece feminista.

—Es feminista, pero no abolicionista. Y el debate sobre la prostitución es un debate que se viene, tal vez cuando concluya el de la legalización del aborto.

—Ese debate está súper presente y me parece interesante porque muestra una fisura muy grande dentro del feminismo. Por supuesto que ahora hablamos de marea verde como algo súper homogéneo, hablamos de sororidad como que somos todas del mismo equipo, hablamos de transversalidad para desideologizarnos y decir que todas queremos lo mismo, que todas queremos que el aborto sea ley… y esas cosas son falsas porque hay muchas fisuras, muchas fracturas y creo que el tema de la prostitución es una de las principales. Cuando uno menciona el trabajo sexual, muchas mujeres que están a favor del aborto trazan una línea y se separan. Te puede gustar más o menos ese tipo de laburo, ese tipo de vida, pero hay morales muy elásticas dentro del feminismo. Y hay muchos jueces también dentro de este movimiento. Hay también una guerrilla narcisista de vanguardia que son las que guían a los grandes grupos. Está bueno discutirlo, hay que ver si se puede dar esa discusión.

—En el fondo, tanto el aborto como la prostitución tienen que ver con la libertad de los cuerpos, la libertad de elegir.

—Absolutamente. Así como reclamamos nuestro derecho sobre nuestro cuerpo, que nunca es totalmente nuestro, jamás, de hecho estamos yendo a pedirle al Estado a que se haga cargo de la intervención sobre nuestro cuerpo. Además hay mujeres que eligen vivir de la prostitución y están en todo su derecho, y las que quieran salir de la prostitución tienen que tener las posibilidades y las herramientas para hacerlo. Me parece que después del tema del aborto, es un desafío bastante grande que va a mostrar esas grietas que estamos tratando de tapar en este momento. Si uno le saca la palabra feminismo al debate, hay un conflicto que es mayor y es el de eliminar las diferencias. Es una cosa súper liberal: todos tenemos que ir por lo mismo, todos somos parte del mismo equipo, tenemos los mismos intereses. Y eliminar la diferencia con los hombres, cuando las mujeres somos diferentes a los hombres en un montón de cuestiones. Obviamente que queremos los mismos derechos, no hace falta ni decirlo. Pero también eliminar las diferencias entre las mismas mujeres: hay diferencias de clase, de raza…

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

En un momento de la conversación, que quizás no es exactamente éste, aparece en la escena un rubio anglosajón de unos cincuenta y pico de años. Saluda con un "Hi" amistoso y abraza a Paula Puebla como si se conocieran de toda la vida. Saca el celular y le muestra un video. Ríen con algo de emoción. Me muestra lo que ven en la pantalla: un hombre con vestido y micrófono en mano —es él—, sentado en una silla sobre un escenario hace chistes y el público ríe. "El vestido se lo hice yo", cuenta ella con orgullo. Luego le cuenta que estamos haciendo una entrevista por su libro y el rubio levanta las manos como pidiendo disculpas. Se retira con una sonrisa, no sin antes levantar su vaso de cerveza y decir "¡cheers!"

En la mesa, Una vida en presente: su segundo libro aunque el primero publicado. En 2015 escribió por encargo un ensayo sobre género, pero finalmente no salió. "Mi debut en la literatura fue frustrado, fallido", dice y ríe. Prefiere no pensar en todo ese trabajo desperdiciado, aunque en el fondo sabe que no fue en vano: ese libro sigue ahí, aguardando el momento. "Hay que actualizarlo, porque el feminismo no era la marea verde que es hoy. Lo reescribí en 2017, pero está ahí. Supongo que si lo laburo un poco puede llegar a salir". Evidentemente, muchas de las cosas que escribió ahí, aparecen en esta novela enfundadas en el manto permisivo de la ficción.

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

—El libro pone en cuestión muchas cosas del universo de lo femenino. Por ejemplo el tema de la maternidad…

—Creo que es un ensayo sobre la maternidad. Lo entendí cuando lo terminé de escribir. Acá sí me voy a poner en literatura del yo, porque es un poco mi conflicto con la maternidad. La maternidad está muy encarnada en Julia, la hermana de la protagonista, que es como una madre ejemplar, ama de casa, no trabaja, va a yoga. Y María, la protagonista, que es prostituta y no tiene hijos. Está ese juego histérico de María con sus sobrinas, las mellizas, que las quiere para ella, y después se las lleva de viaje y pasan cosas, como diría Macri. Ahora que la pienso, hay en los hijos un valor de cambio. En una mujer que no tiene hijos la feminidad tiene un valor, pero si una mujer tiene hijos esa feminidad tiene otro valor. Muchas veces el rol de la madre se come al rol de la mujer en un montón de sentidos, no solamente sociales y simbólicos, también sexuales.

—También refleja algo de esta generación de los que hoy tenemos alrededor de treinta años: mujeres, y también varones, que deciden no tener hijos, y ese mandato ya se empieza a desintegrar.

—Es una discusión que tuve con una amiga más grande. Ella tiene 42, 43 y que nunca se le permitió ni siquier dudar de la posibilidad de no tener hijos. Y a mí tampoco: mi vieja está esperando que yo tenga hijos. "El nieto, el nieto, el nieto…" Ya ponerlo en cuestión, diciendo que no sabés si querés, si tenés ganas, o juntarte con una pareja que tiene hijos y ves que no se pueden sentar ni a comerse un choripán tranquilos… eso me pone muy nerviosa, la demanda me pone muy nerviosa.

—Y la protagonista tiene muchas relaciones, todas muy frágiles, hasta que encuentra un hombre que le gusta, pero no se sabe si se enamora…

—No sabemos qué siente. Nunca terminamos de entender qué es lo que le pasa porque es una mina que está empastillada y deprimida, pero ella siente que se enamora, o por lo menos siente que con él puede tener otro tipo de vínculo. Es un tipo que la rescata de una situación de crisis de pánico con el que puede estar acostada en la cama abrazándose, y en su cabeza, en su arena mental, lo ve como una oportunidad. Y eso es algo que le pasa a muchas personas, que en vez de ver a un otro, ven una oportunidad. El caso de ella es para salir de su trabajo y engancharse con este personaje: soñar con ser la señora de un psiquiatra y viajar con él a los congresos. Y también está todo el conflicto que trae el amor a la vida de la gente. Somos todos muy cancheros, muy posmodernos, garchamos con uno y gachamos con otro y tenemos relaciones muy inmateriales y sin compromiso hasta que de repente cae un yunque en la cabeza y eso te cambia.

—¿Es una cuestión generacional eso?

—Yo creo que hay una imposibilidad muy grande y muy sintomática de no poder relacionarse con el otro. Si te tenés que bajar una aplicación para ver fotos de minas en el teléfono para saber cuál te gusta, físicamente, y deslizar el dedo hacia la derecha o a la izquierda y ahí definir el destino de tu vida… creo que ahí estamos en la lona. Estar hiperconectados y al mismo tiempo tener fobia de conectarte con el otro, tener miedo de decirle "yo soy esta persona y mi deseo es éste", es de nuestra generación. Creo que quedamos ensanguchados entre la generación de los cuarenta y pico que han tenido dos hijos y que sacaron su crédito y ya tienen su casa, y los centennials o los millennials que están en otra: se dicen te amo en las redes sociales. Creo que quedamos entre panes.

—De hecho los centennials hablan con lenguaje inclusivo…

Me parece que en en nuestra generación está forzado el lenguaje inclusivo. Y de hecho es una cosa muy porteño clase media, el lenguaje inclusivo. No es el problema más grande que tenemos el del lenguaje en este país, en este contexto social, político y económico. Tenemos problemas muchísimo más graves que si hablamos con la E o la X. Para los centennials es súper importante decir compañeres en vez de compañeros y compañeras. Para mí es una pequeñez. Y vuelvo a lo que te decía sobre eliminar las diferencias: ponerle una E intenta eliminar las diferencias, incluso es algo que va más allá del género. Que seamos todos iguales, que todos querramos lo mismo, que todos votemos lo mismo, que todos nos movamos en masa. Y eso es un poco peligroso.

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

Formada en Diseño —hay un trabajo meticuloso con los colores en Un tiempo en presente—, Paula Puebla trabaja en televisión como vestuarista y escribe en la revista Paco, a veces en la revista Crisis y algunos medios más. Un poco de género, otro poco de literatura y algunas cuestiones más que se pueden agrupar bajo el paragua del periodismo cultural. Pero de ese lugar se desmarca enseguida: "No, no soy periodista", dice y aprieta el vaso de cerveza. Después mira un segundo la telaraña que se ondea en un rincón del techo, y recuerda:

"Mi debut en la escritura fue con una crónica y me gustó el acto narcisista de que a la gente le gustara algo que yo escribí, que es una estupidez pero bueno. Pero no, no me siento periodista definitivamente. Tampoco me siento una escritora. ¿Qué es una escritora? Me gusta escribir. Escribo cuando puedo, cuando tengo tiempo, cuando el trabajo me lo permite. Porque esa es otra dimensión que en los escritores está como prohibido decir de qué trabajan. Es algo que plantea Mariana Enríquez en una entrevista: tenemos que dejar de ser caretas y decir que los que escribimos no estamos tirados en un diván con un plumín y un tintero, somos laburantes y estaría bueno empezar a empatar al escritor con su dimensión de laburante. Así que volviendo a la pregunta, no me defino ni como periodista ni como escritora… laburante".

Los primeros libros que leyó llegaron en la adolescencia. Tiene mala memoria pero se acuerda, por ejemplo, de Elsa Bornemann. "Abandoné la lectura muchos años y volví, pero cuando volví, volví con tutti. Alguien me regaló Dinero de Martin Amis. Ahí me obsesioné, me volví loca y me leí toda su bibliografía. Me pasó con Coetzee, me pasó con Houellebecq y un poco con DeLillo. Y de Argentina leí mucho a Lamberti, los libros de Godoy… Mi vieja te diría que desde los seis años escribo unos cuentos maravillosos. Ella guarda los cuadernitos de primer grado y cada tanto me manda por WhatsApp una captura de algún cuento que para mí es una estupidez pero para ella son borgeanos, como para toda madre". Afina la voz y la imita:  "¡Eras Borges, hija!", y larga una risotada.

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

—¿Cómo ves el campo literario y esta puja entre editoriales independientes y grandes grupos?

—Estamos en un contexto muy difícil, básicamente económico. Para una editorial que no pertenece a un grupo económico, imprimir un libro salía una cosa en enero y otra cosa en marzo. Mi editorial imprimió esta camada, lo que costó un precio y cuando tuvo que reimprimir le costó otro. Los costos de distribución son carísimos. Y de hecho hay muchas editoriales argentinas pequeñas que se están yendo a imprimir a Chile. O la distribución la absorben ellos y van con sus autos o sus motitos y la distribuyen ellos. Y siento que es una pelea muy desigual. El que publica en una editorial independiente no sólo tiene una distribución muy desigual a las grandes autoras y a los grandes autores que están en todas las librerías, entrás a la primera mesa y te los topás… también es una apuesta, pero al mismo tiempo es tu única herramienta, porque si vas a esperar para publicar en el gran sello donde todos los escritores quieren publicar, sacá número. Pero al mismo tiempo creo que es donde se mueven las cosas más interesantes, porque los grandes sellos van a lo seguro, autores que saben que van a vender, y las editoriales pequeñas tienen mucha menos guita y dicen: "A ver, dónde pongo estas treinta lucas". Y aunque sea desigual, está bueno ser parte de eso.

—¿Sirve para algo la literatura en una sociedad como la nuestra? ¿Tiene alguna función?

—Me gustaría decir que sí, pero no. Me gustaría decir: "Sí, lo que hacemos desde la literatura es importante". Pero lamentablemente no. Creo que en ese sentido, ustedes, los periodistas, tienen un rol muchísimo más conectado con la sociedad, porque es mucho más fácil leer un portal que leer un libro. Es mucho más rápido, lo hacés desde el teléfono mientras haces caca o viajás en el subte. Y leer un libro es ir, comprarlo, no ensartarte con ninguno.

—Pero la experiencia no es la misma.

—Sí, no es la misma. Pero así como hay que dejar de caretear con que el escritor es un chabón que no labura, hay que dejar de pensar que la literatura está hecha por almas sensibles para almas sensibles. Está bueno acercar el libro a la mayor cantidad de gente posible, y no ser un careta. Todos queremos publicar en Random, ninguno te lo va a decir, pero todos queremos ser los mejores vendedores y estar en todas las librerías y sacarte una selfie con tu libro, pero creo que con esto de la tecnología, de los centennials y su lenguaje inclusivo, con esta nueva forma de pensar lo que producimos, está bueno que la literatura se adapte a eso, porque sino es como un monolito de hojas que no deja de ser una nube de pedos.

—Hay una idea que circula mucho, la que dice que todo el mundo puede hacer literatura. ¿Estás de acuerdo?

—La idea que todos podemos hacer literatura es un discurso muy manijeado por las redes sociales. Yo entro a Facebook y veo lo que pone mi ex profesora de Lengua y literatura del secundario o lo que pone mi tía Isabel o lo que pone mi ex compañera de trabajo que se quedó sin laburo y está enojada con los del sindicato… claro, se mandan unos textos de dos mil caracteres. ¿Es literatura? Posiblemente. Creo que en la literatura hay un trabajo atrás, en la escritura, y hay un objetivo. No es una cuestión de sentarse y escribir algo largo y ver cuántos likes me ligo, a ver cuán empática es la gente conmigo, a ver cuánto le agrado, a ver cuánto sufre la gente por mí. Me parece que en la escritura hay otro tipo de laburo y está bueno que la valoremos pero también que sea algo accesible y terrenal, y dejemos de pensar que la gente que escribe no tiene problemas, no es machista, no es amarreta, no es garca.

 

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