(Foto: Adrián Escandar)
(Foto: Adrián Escandar)

Ver entrar el cuerpo robusto de Carlos Busqued por la puerta de La Clac no sería algo imponente si uno no hubiera leído Bajo este sol tremendo, una novela que se publicó por Anagrama en 2009 y hasta el día hoy sigue dando que hablar. Pocas cosas tan inquietantes se han leído en la escena literaria argentina de los últimos años como esa historia cruda envuelta en un clima de insoportable oscuridad. Básicamente porque no hay ninguna pretensión estridente: como en las viejas historias, la búsqueda está puesta en sujetar al lector de los hombros y pegarle unos cuantos martillazos en la cara, luego soltarlo y que siga su vida. Funciona así, y sigue funcionando para quien quiera abrir sus páginas hoy. Además, Adrián Caetano la acaba de llevar al cine bajo el título El otro hermano con las actuaciones de Daniel Hendler y Leonardo Sbaraglia.

El restaurante, ubicado en la Avenida de Mayo, a metros de la 9 de julio, acaba de abrir. Está completamente vacío; de hecho el encargado tardará unos cuantos minutos en dar vuelta el cartel que dice "cerrado". Aún así, Busqued se hace presente y saluda con amabilidad. Debajo del saco que se quita ni bien llega, porque afuera el frío del mediodía aún golpea, tiene una remera con la inscripción "Jesús es mi capitán". Nos ubicamos en una mesa redonda bajo una gran lámpara que le da un brillo raro a sus ojos celestes detrás de los anteojos.

– ¿Viste El otro hermano?

– No, no la vi. Siempre hago este chiste: tengo la idea de que la voy a ver en el geriátrico. Mientras la enfermera me cambie la sonda, yo le voy a decir: "Eso lo escribí yo". Y no me va a creer.

– ¿Tenías expectativas? Por lo que te leí declarar, ninguna.

– Claro, por eso mejoró. Fue de menor a mayor. Cuando empezó a circular el tráiler en Youtube me lo pasan por un chat de Facebook y lo abro adentro de la ventanilla del chat, o sea, así chiquitito, y aún así no lo pude ver. Lo escuché mirando para otro lado. Me han dicho que la vaya a ver, todavía está en este cine que quieren cerrar, que la vaya a ver que es una experiencia. Pero no es mi libro porque es un recorte. Aparte las partes que quedan afuera son las más piolas, porque la parte policial, en el libro, es algo que transcurre por atrás, como un telón de fondo. Pero así como te digo esto, te digo lo otro: todas las repercusiones, gente que fue a ver la película y me contó cosas, me dijo que la película es respetuosa del clima del libro, y por otro lado que el recorte funciona en sí mismo. O sea que la película quedó buena, y que logra ese clima del libro de densidad e insoportabilidad. Así que, si bien tuve una relación, no mala, pero como medio distante con la película -me había embolado un poco que no me consultaran, por ejemplo-, ante el resultado incluso se lo escribí al productor, le mandé un mail diciendo: loco, me dijeron que es respetuosa la película, bla, bla, bla. Bueno, como que está bien, agradezco ese respeto. Puede no gustarme pero si está bien hecho… ante la seriedad en el esfuerzo soy respetuoso.

– ¿Y cómo fue el trabajo de tu novela?

– Fueron entre cuatro y cinco años, y la vine pensando mucho antes porque la novela terminó tomando esa forma pero empezó siendo algo distinto. Mi experiencia de escribir es como que tenés un gas del tamaño de este edificio y lo vas comprimiendo hasta que se transforma en algo sólido, pero arrancás diciendo: ¿qué mierda hay acá? Entonces fue ir escribiendo de a pedazos, ir viendo qué pedazos cerraban con otros, ir juntando hasta que encontré la historia. Y una vez que la encontré reescribí todo el libro peinándolo para el lado donde iba la historia. Antes la había mandado a un concurso y no había pasado nada, entonces dije: bueno, la voy a corregir. Pero es muy diferente cuando vos no sabés qué tenés y cuando lo sabés. La había dejado descansar unos meses y cuando la volví a agarrar me di cuenta de la diferencia entre lo que tenía en la cabeza y lo que estaba en el papel. Ese pedazo del trabajo es el que más me gusta porque ya sabés que estás yendo para algún lado, lo otro es muy angustiante. Entonces decidís un punto del narrador, un criterio en la distribución de capítulos, quién es importante y quién no, quién tiene nombre y quién no, ver qué imágenes quedan y equilibrarlas. Una serie de elementos de organización. Esa corrección fue una reescritura. Estuve siete, ocho meses reescribiéndola. Es mucho laburo porque durante mucho tiempo no supe adónde iba. Hay una sensación muy picante que es cuando vas armando eso y te vas deshaciendo de cosas. Estás con una página y decís: ¡puta! ¡esta página y media estuve cuatro meses para hacerla! Y se va a la mierda. Cuando te podés dar el lujo de perderle el respeto a tu trabajo es un momento alucinante. Lo que más me gusta de escribir es haber escrito. Del proceso de escribir -que no me gusta una mierda-, lo mejor es eso: cuando sabés que ya está y que estás arreglándolo para que lo vean bien los otros.

(Foto: Adrián Escandar)
(Foto: Adrián Escandar)

Hasta los 15 años, Busqued vivió en el Chaco, en la ciudad Presidente Roque Sáenz Peña. Luego se mudó a Córdoba, donde terminó el secundario, estudió Ingeniería Mecánica y, una vez recibido, probó estudiar Letras pero no duró más que un par de meses. Entre los años 2006 y 2007 se mudó definitivamente a Buenos Aires. Hoy vive en San Cristóbal, en un monoambiente con altos niveles de precariedad (no tiene cubiertos, por ejemplo), insertado en un palomar de gente: un edificio de alrededor de 600 departamentos. Duerme sobre un colchón y se levanta cerca del mediodía para llegar hasta el microcentro y dar clases en la UTN (Universidad Tecnológica Nacional). Además, dos veces al mes viaja a Córdoba para dar clases también allá. De esa manera, mantiene una relación con esa ciudad que lo formó. Cuando hablamos de eso, comenta: "¿Viste que tiraron de la tribuna a un hincha de Belgrano en el clásico y murió? Bueno, eso es Córdoba".

– Venís de un palo totalmente diferente al de los escritores habituales…

-Para mí es natural porque la aproximación a la literatura que yo tuve es la de un fan, o más que un fan. Para mí leer, y eso se mantiene hasta ahora, es irme, es una herramienta de evasión. Desde chico era una cosa que me sacaba de donde estaba, por eso la quiero mucho. Mi aproximación es como muy sentimental, muy de ejercicio de la lectura. Con el correr del tiempo, se te va poniendo un poco más fino el gusto. Tuve aproximaciones más serias, empecé a comprar en librerías de usados, te estoy hablando de chico: 14, 15 años. Bueno, a Kafka lo leí más de chico. Después se te va afinando el gusto, pero te diría que la primera persona que me dio ganas de escribir fue Arreola. En la biblioteca del secundario había una colección que quedaba de remanentes de la colección la Biblioteca de Borges y estaba un libro de Juan José Arreola, una compilación de cuentitos. Después, no me dio ganas de escribir pero sí sentí una identificación muy grande con Bukowski. Primero leí una nota en la revista Humor, cosas usadas que compraba, sobre la existencia de Bukowski. Lo primero que me compré de él fue Música de cañerías. Durante mucho tiempo lo quise mucho, lo quiero mucho, porque lo que hace que hoy esté medio pasado de moda y antes fue furor es toda esa cosa de las putas, el escabio, las puteadas. Y yo a él lo quiero por esa relación de mierda que tiene con el trabajo, con la vida. Hay un cuento que se llama Bop, bop, bop contra la cortina donde él iba a ver unas putas que se desvestían cuando era chico… ¡y la tristeza de ese cuento! Yo lo quiero por eso. Y bueno, de ahí se fueron abriendo puertas a Carver y a otras cosas. Y sumado a cierto malestar interno creo que era medio inevitable que terminara escribiendo. Pero es cierto, no es la aproximación previsible. Pero no soy un apasionado por la ingeniería, yo estudié por un mandato familiar. De hecho, con algún grado de vergüenza me di permiso para escribir una vez que me recibí. Como que compré mi libertad.

– ¿Sabías, con Bajo este sol tremendo, que estabas escribiendo algo que faltaba en la literatura argentina?

-Lo que sentía de esa novela, y creo que es el mérito que tiene, es que no le hablaba a nadie cercano. Porque hay cierta cosa de la literatura argentina, que no es que me moleste sino que me aleja, y es esa cosa de que muchos libros están hablando con 10 o 15 amigos. Lo distintivo es que con la médula y las tripas de este libro estaba siendo muy sincero y que era una botella al mar, y eso transforma en alucinante la devolución. Sabía que no la estaba escribiendo al pedo, porque sino no hubiera invertido ese tiempo y ese esfuerzo. Creo que parte de la sinceridad de la novela fue posible porque no le estaba escribiendo a nadie específicamente. En general cuando vos le tirás guiños a alguien estás dejando afuera al resto. Entonces esta es una novela sin guiños, sin complicidad, es sólo una historia. Tipos a los que yo les aguanto reflexiones… Graham Greene, que en medio de una novela de espionaje te tira una reflexión sobre Dios. ¡Y bueno, pero es Graham Greene, culiao! Yo no soy Graham Greene.

– ¿De dónde sale todo ese universo oscuro? Imagino que debe haber elementos autobiográficos…

– Ese es el clima del que lamentablemente vengo yo, ¿qué le voy a hacer? Eso es una cuestión de azar. Escribo desde lo que sé. Ese clima que está en la novela es un clima que respiré mucho tiempo. El clima de opresión que significa el pueblo podrido hundiéndose yo lo viví. Sáenz Peña era literalmente eso, la gente de ahí que leyó el libro me dice: "lo único que falta es el Guardaplast de los autos". ¿Viste que menciona que se pudre la chapa de los autos? Había un producto que era una especie de cubierta de plástico debajo del guardabarro para que el agua podrida no te comiera la chapa. Y eso está pasando, por otra razones, en Córdoba. Voy dos veces por mes y en los barrios como Nueva Córdoba, donde construyeron miles de edificios para los hijos de los sojeros que van a estudiar, reventaron las cloacas, que no es lo mismo que la subida de las napas, que es más ominoso todavía. Pero vas por Nueva Córdoba que es uno de los barrios más chetos y hay prácticamente soretes corriendo. Me parece que se lo merecen, me parece que está bien. La realidad irrumpe por donde no querés. Pero bueno, es una especie de autobiografía retorcida la novela. Hay elementos que son míos. Por ejemplo, yo armo aviones. Los ladrillos los fui acomodando para que tuvieran sentido. Porque con la autobiografía no alcanza. Tenés que ser muy interesante.

– Bueno, ahora está lleno de eso…

– Yo tengo la ilusión, todavía no puede ser, de construir una literatura del ello, en vez de la del yo. Ese es el problema de gente como Bukowski, como Fogwill, tipos que lograron ser interesantes, y erróneamente se creyó que lo interesante es la vida de uno, y no. Eso constituye un poco el respeto de esta novela al lector. Aunque debo decir que, por un lado, me parece bien para la gente que lo ejerce. No me parece condenable en absoluto porque creo que hay otro disfrute de la literatura. Tengo problemas incluso con la palabra literatura: a mí no me gusta la literatura, me aburre. Me gustan 40 libros y una atmósfera alrededor de esos libros. Estoy acostumbrado en ingeniería que se dice "la literatura sobre tal tema", entonces la literatura es el conjunto de lo escrito. El 90% de la literatura es un embole a vela, pero por otra parte escribir, para la gente que le toca escribir en serio, escribís así es porque sos un enfermo, porque estás mal y porque no tenés otra. La gente que hace literatura del yo y toda esta cosa autorreferencial está en un circuito de gente que se garchan entre ellos, se juntan a comer, la pasan bien. No está mal, ya quisiera yo hacer eso porque la relación costo-beneficio es infinitamente mejor. Entonces después tenés los otros. Y bueno, los otros sí, nos conocemos entre nosotros. Pero si todos están ahí escabiando, charlando, haciendo sociales, nosotros estamos con una ametralladora en la panza poniendo cara de "estamos acá", pero no somos lo mismo.

– Además aparecen las redes sociales, donde muchas veces hay textos que circulan ahí y está bien, pero luego pasarlos a un libro parece demasiado…

-Es que es otra cosa. El libro se podía dar el lujo de ser un embole cuando no había luz, no había radio, no había tele, era lo que tenías. En otra época lo que había de bueno era pintar bisontes en una caverna, y fue evolucionando. Hay una experiencia que sólo te la puede transmitir el libro, todavía hay un dominio que es sólo del libro, pero ese dominio es en un área muy chica, el resto de la experiencia se distribuye en un montón de canales. Antes vos podías compartir libros boludos, bueno, ahora está Facebook. Pero la experiencia es esa; para justificar un libro -que sea bueno o malo ya depende de la decisión de los otros, que guste o no- hay una mínima que le tenés que poner que es entregar un objeto distinto, que haga un aporte, que sea algo nuevo. No que revolucione nada, que sea un toquecito distinto. Si no, va a parar a la multitud.

– Hay algo aspiracional, también, de escribir para pertenecer, ¿no?

-Está la sinceridad de la aproximación, pero yo escribo para que se me perdone lo que soy. Yo soy una persona muy disfuncional, siempre estoy como pidiendo disculpas por lo que soy, ¡y tengo razón! Entonces son las ganas de provocar un estéreo: "Este es un pelotudo pero mirá, algo tiene". Por ahí para otros es esa cosa de circular, estar ahí, qué sé yo. Pasaron diez años, loco. Yo no publiqué más una mierda. Teóricamente tendría que estar cortándome la garcha, y me sigue hablando gente que leyó el libro. ¡Diez años! Es muy tremendo eso. Eso me parece, si te puedo decir una cosa, te digo esa. Segundo, yo era cliente de Anagrama. No sé cuántos libros de Anagrama conservo, que son muchos, y cuántos me chorearon, que son también bastantes. Pero en este momento mis libros de Anagrama -¡y cliente, eh! porque no me regalan una mierda- es así en mi biblioteca [estira los brazos y separa las manos un metro] más los que me chorearon ponele que sea así [los estira aún más]. Yo estoy en esa lista. Estoy con un montón de boludos también, no digo que son todos buenos. Y tengo casi todos libros amarillos, no tengo libros grises. Pero si hay un orgullo es que puse mi libro entre los de Anagrama.

 
(Foto: Adrián Escandar)
(Foto: Adrián Escandar)

Si Twitter es un parque de diversiones, la cuenta de Carlos Busqued es una suerte de juego en reparación permanente. Las cintas amarillas puestas a su alrededor, para que los niños pasen de largo y sigan hacia la montaña rusa, lo envuelven en un manto de intriga. No es un tuistar pero, ¿quién no se ha asomado a ver qué hay ahí? Sin ningún filtro, construyó un espacio de la incorrección política más bizarra. El nombre es "Un mundo de dolor" y eso ya dice mucho. Putea al Gobierno, sube fotos de aviones y eventos bélicos, se saca selfies con sus alumnos en la UTN, retuitea pornografía, postea artículos periodísticos de asesinatos. Para Busqued, las redes sociales no son tan importantes.

– ¿Cómo te llevás con las redes sociales?

-Estoy en las redes sociales el tiempo que estoy de guardia en la computadora. No uso el teléfono, aparte porque casi siempre lo tengo cortado y no tengo internet. Es de computadora, y siento como que voy transmitiendo. Y esa actividad no se transmite a una vida social. Y qué se yo: recibís cariño. Está bien.

– Y cada tanto bardeás…

-Es que no bardeo, yo siento que transmito. Expreso lo que siento. Cuando arranqué en Twitter, me acuerdo que bardeaba a (Gabriel) Levinas y me bloqueó. Sólo transmito lo que se me viene a la cabeza. Estoy frente a la compu y hay como dos hemisferios, uno que está haciendo "prrrrrrr…" y el otro está como "¡pa! pa¡! ¡pa!" Antes no lo podía hacer, es como transmitir en directo lo que vas pensando, porque también pongo un montón de recagadas, no es como que tiro postas de nada. Ahora estoy haciendo terapia y capaz que estoy un poco menos enojado. Pero siento que mis odios se vuelven cada vez más genéricos. No son odios personales sino que se vuelven, no tanto a la persona, sino a lo que representa. Mucha gente me ha tratado muy bien y no podría bardear a alguien que ha sido bueno conmigo. Respeto el cariño que me hayan tenido, no lo voy a romper, pero sí, hay cosas que me molestan. Es como un automático, como si tuviera un cañito que drena las cosas que pasan adentro de mi cabeza y no hay ningún otro respeto exigible que ése.

– ¿Y tenés miedo de que te tomen como un referente?

-No, no sería serio que nadie me tome de referente de nada porque no funciono en nada. Me va mal en todo. La verdad que estoy muy cansado. Ya terminé un segundo libro y espero terminar una segunda novela. Mi aspiración, una vez terminado eso, es tener una casa, un perro, quiero tener un solo laburo. Quiero no tener que pensar de qué hay que escribir. Quiero llegar a mi casa, escabiar, acariciar al perro, fumar un caño. Aspiro a esa tranquilidad. Puedo ser alguna cosa interesante que está tirando algunas cagadas ahí. Esta manera de ser por ahí la copié de amigos míos que me caían muy bien. Puedo ser un elemento exótico y decorativo, pero nada más.

(Foto: Adrián Escandar)
(Foto: Adrián Escandar)

De repente una mujer entra al lugar y la mirada de Busqued se distrae. Es rubia, alta, delgada y usa tacos que hacen chasquidos en los pasos, cuando golpean contra el suelo. A simple vista tiene más de 40 y, acorde al barrio donde estamos situados, responde al estereotipo de secretaria; también al de veterana o, como se dice ahora, milf. Busqued corta el trance con una risa atropellada y se acuerda de un cuento de Gandolfo, Caminando alrededor, entonces habla de ese relato y cita una frase: "Se fue taconeando fuerte, como para hacer sentir lo que podía pesar su cuerpo en una cama".

Luego de un tiempo prudente -pasaron ocho años de la publicación de Bajo este sol tremendo– ya tiene su segundo libro listo. Saldrá también por Anagrama y se presentará en sociedad a principios de 2018. Estaba escribiendo una segunda novela pero en el medio apareció una historia que lo sedujo y maniató. Se trata del caso de Ricardo Melogno, un hombre que en septiembre de 1982, en Mataderos, mató a cuatro personas en una semana. Los cuatro eran taxistas. En ese entonces tenía 20 años y hoy, a sus 55, tras largas estadías en penales, está internado en un neuropsiquiátrico. Busqued habló con él durante mucho tiempo e hizo un libro que tendrá como título Magnetizado. Una conversación con Ricardo Melogno

– ¿Qué pasó después de Bajo este sol tremendo?

– Estuve uno o dos años sin pensar en escribir. Después, cuando empecé, fue muy difícil sacarme el clima. Me di cuenta que todas las cosas que estaba escribiendo estaban repitiendo el clima. Estuve así bastante, trabajando en lo mismo que, incluso, estoy trabajando ahora; no me gustaba, recién ahora siento que me estoy acercando a algo. Entonces apareció la oportunidad de hacer el libro con Ricardo, que yo pensaba hacerlo después de terminar la novela. Ricardo es el protagonista de la novela, es una persona rara. Lo que yo pensé que iba a ser seis o siete meses de laburo se transforman en dos años y pico. Primero fue grabarlo, medio ir enterándome de la historia, porque no es una historia famosa, sólo hay un mes de recortes periodísticos mientras duró la cosa y después fue sepultada, sin testigos, sin nadie que se acuerde ni lo conozca de esa época. Él es una especie de resto de una historia. Entonces llegué a un bruto que debe tener 600 páginas de grabaciones, después ir filtrando todo eso, darle un orden, de ahí a que no sea aburrido. Al principio iba a ser una cosa tipo crónica, era mi idea, y a medida que fui avanzando lo único que podía hacer era dejar el libro lo más autista que se pudiera. Bueno, y ahora estoy trabajando sobre una segunda novela: estoy llegando a algo y ni siquiera sé bien del todo de qué estoy escribiendo pero ya aparecieron ciertas cosas que son sólidas y se hablan entre sí, por así decirlo… No no, es un odio. El odio es que, cuando vos estás haciendo esto, el resto del mundo está viviendo. Vos estás como un boludo ahí, los otros están culiando, sacando contratos, agarrando curros, y vos estás ahí como un boludo. Eso es como una sensación de que le querés decir a la vida: "¡aguantá! ¡aguantá!" Es horrible.

– ¿Y cómo viene Magnetizado…?

-Iba a salir en noviembre pero lo pasan para comienzos del año que viene. No es una novela, es un libro muy raro, no sé qué onda. La única seguridad que te puedo dar de ese libro es que es un objeto autónomo. No sé cómo va a dialogar la gente con eso que está ahí. Todo el libro es él hablando, las únicas cuatro cosas externas a él son: un resumen de recortes periodísticos de la época, un resumen de 34 años de diagnósticos psiquiátricos encontrados y contradictorios que no lo describen de ninguna manera, entrevistas con el juez que lo arrestó y una psiquiatra que lo trató durante mucho tiempo. Tiene algunos puntos de contacto con Bajo este sol…, y si esta cosa que estoy trabajando sale bien, creo que entre las tres forman un triangulito piola.

– Por último, una pregunta que parece pava pero creo que es importante: ¿creés que la literatura tiene una función en la sociedad?

– Conmigo la tuvo. No sé cuál es la función social. Te hablo desde mi experiencia, que no es la misma que tiene otra gente. A mí en cierto sentido la literatura me salvó, en un sentido muy humilde porque no estoy salvado de nada, pero me sacó de cierto lugar. Ni siquiera te hablo de haber escrito, te hablo de haber leído. Para mí la literatura fue fundamental para dejar de sufrir el tiempo en que estaba leyendo. Si yo le provoqué a alguien el viaje que me provocaron a mí X tipos, estoy hecho. Igual hay gente que sé que no voy a igualar nunca. Elvio Gandolfo me parece un genio, a Gandolfo lo adoro. Una vez lo encontré en la calle, lo saludé y se asustó. Y claro, era una cosa enorme que iba a decirle: "¡Usted es Gandolfo!". Ballard… el cuento Playa terminal siento que lo tengo marcado con un hierro en la cabeza. Tengo todo ese cuento en la cabeza casi entero. Si sé que puedo provocarle a alguien eso, es lo más. Después hay derivadas y sí: quiero cobrar beneficios. Y creo que por más chota que sea la aproximación, la gente busca algo que la rescató ahí. Busca algo que le pareció bien. En ese sentido es muy sano. Por eso te digo que la literatura del yo no es condenable, mejor eso que ser diputado del PRO.

 

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