(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

En un diminuto café moderno sobre la esquina de Córdoba y Paraná, el cuerpo de Hernán Vanoli es inmenso. Como una Torre Juche pero con zapatillas deportivas y bigotes, espera con el ticket en la mano a que los empleados del lugar le sirvan su bebida estimulante. Recibe una gran jarra de metal con café y se sienta en una mesa del fondo. Pone sus codos sobre la mesa y comienza a hablar de Pyongyang, su último libro. Recién publicado por Random House, es un artefacto de casi 200 páginas dividido en cuatro cuentos proporcionalmente similares. Con su prosa entramada e inclusiva con las subordinadas, con su tono seco pero a la vez en permanente tensión, con sus metáforas cínicas y cotidianas, Vanoli narra un mundo que pone de manifiesto el cambio de paradigma que trajo la simbiosis entre capitalismo y nuevas tecnologías. El deseo, el consumo, la paranoia, la conspiración y la volatilidad de las relaciones sociales son, en este libro, charcos que uno necesariamente debe pisar. Es una invitación a mirar nuestra sociedad sin anteojos posmodernos, sin prefiguraciones contemporáneas, como si viniéramos de otros siglos lejanos y nos encontramos, de golpe, con una cultura totalmente transformada.

Para hacer una descripción breve, se podría decir que Ursus americanus kermodei, el primero, es un relato paranoico y surrealista de una chica que viaja en Uber con desconocidos. Que el segundo, Los sintonizadores, habla de las miserias narcisistas que aparecen en el cerebro de una mujer que ansía, por todos los medios y más allá de su alrededor, transformarse en mamá. Que Pyongyang, el que le da el título al libro, es un gema de la ciencia ficción en estado puro: máquinas de gimnasio que, además de enamorarse, buscan arrebatarle la hegemonía del mundo a la raza humana. Y por último, El comando central: nacimiento, esplendor y caída del emprendedurismo de redes sociales. Todos estos relatos forman un corpus concreto que avisa: lo peor está por venir. Pero también son cuentos largos que tranquilamente -así piensa un lector que necesita más- podrían independizarse y ser nouvelles.

– ¿Cómo es la decisión de no transformar cada relato en una novela?

– A mí me pasa que me cuesta escribir breve. Y es verdad que cada relato es bastante largo y lo podía haber seguido, haberle agregado cosas y podría haber sido una novela. Me parece que hay algunos casos en los cuales la historia daba para eso. Y yo creo que hay un momento que se te aparece un final y entonces te das cuenta. Cuando uno escribe tiene que haber una dialéctica entre dejarse llevar y planificar. Si uno se deja llevar todo el tiempo… yo por lo menos me voy al carajo. Y si lo tenés muy planificado es aburrido, soso, desabrido como una hamburguesa de Mc Donald. Entonces me parece que los cuentos que más o menos funcionan o por lo menos que a mí me gustaron para sacar ahora, ese ir y venir te lleva a un momento en que sentís que podés terminar. En estos me pasó. Tienen una duración pareja, más o menos 40 páginas cada uno, y me gustó como quedaba el conjunto.

– ¿Pensás en el lector a la hora de elegir el formato?

– A mí me gusta mucho leer novelas largas. Creo que hay que pensar en el lector, pero es medio inasible: uno nunca puede saber bien en qué está pensando el lector. Me parece que acá en Argentina hay un montón de factores que tienen que ver con los costos de impresión, porque es re caro imprimir un libro largo, hasta esa cosa de que escribir una novela larga parecería que carece de las retribuciones que puede tener en otros lugares con un sistema súper consolidado donde hay una tradición de novelas súper largas. Ahora pasé a los cuentos porque fue un poco lo me salió y me parece que la novela larga te exige mucho en la cabeza y te hace meter como en una forma que después es difícil salir. Hay veces que los cuentos funcionan como una especie de transición. Estoy seguro de que lo próximo que voy hacer va a ser una novela, pero los cuentos sirven para despegarse de un tono, de una voz, de un esquema y funcionan como transición.

(Martín Rosenzveig)
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– Sin embargo Cataratas anduvo muy bien…

– Yo estoy contento. Si bien me trajo algunos detractores, cosa que es lógica cuando uno escribe cosas en las cuales toca un punto que es sensible o está moviendo algo. Si no, uno puede escribir 300 libros intrascendentes y no pasa nada. Así como Cataratas, para mí, dentro de todo funcionó bien, me pareció que fui muy exigente. Primero para mí, pero también para los lectores estaba bueno ir escalonando un poco. A mí me gusta el ensayo, probablemente lo próximo que haga sea un ensayo. Y entonces me parece que cuando uno escribe siempre está la tensión entre lo que es es el arte y esa otra cosa que no sabemos bien qué es pero por lo cual nos interesa la literatura. Ejercitar en diferentes registros está bueno y ayuda en el vínculo con el lector, que te puede leer en otras facetas, y por otro lado el vínculo con la escritura, que es muy importante y es como ir probando diferentes cosas. A mí personalmente me interesan los escritores que se juegan y van probando distintas cosas, me resulta más atractivo y me llama más la atención.

– Además de tus libros, conducís la revista Crisis, conducís la editorial Momofuku… El escritor ya no es más alguien que sólo se dedica a la escritura, cambió esa figura. ¿Cómo lo vivís?

– Es la época que nos toca vivir. Uno se puede quejar y decir "antes era más fácil, uno sólo se tenía que encargar de escribir". Pero para mí siempre los escritores tuvieron dificultades para vivir de la escritura, siempre hubo que hacer otros laburos, muchas veces fue el periodismo. Hoy el periodismo es una disciplina que está complicada, pero el escritor tiene que ser un activista. Me gusta esa palabra: activista. Y ahí hay un límite peligroso cuando uno se transforma en un activista de uno mismo, porque las redes sociales te llevan a ese lugar. Y todos caemos en eso, todos tenemos narcisismo, a todos nos gusta que nos pongan likes y ver lo que hace la gente, pero me parece que está bueno recuperar la figura del escritor como activista porque lo hace más completo y tiene una relación más orgánica e interesante con los tiempos en los que vivimos. Me parece que lo que tiene de interesante la literatura es una especie de ambición por pensar la utopía. Las ciencias sociales muchas veces no lo hacen, en cambio la literatura puede lidiar con la utopía, puede trabajar con los materiales de la imaginación y de la utopía, y esta es una época interesante para discutir toda la cuestión de las utopías. Básicamente, utopías que tengan una relación problemática con el mercado, porque hay muchas utopías de mercado. De hecho, todos los discursos que uno escucha en la televisión, en los grandes medios sobre la economía, sobre el crecimiento, sobre el desarrollo es como un utopismo de mercado. Y me parece que hay otras maneras de formular la utopía que tiene la literatura que son interesantes.

– Justamente estos cuatro cuentos están muy ligados a ese concepto, un poco por el lado del consumo, otro poco por el lado del deseo…

– Eso de utopía y consumo es fundamental. Yo no creo que al consumo haya que demonizarlo, es algo que acontece. Las relaciones sociales se dan a través de otras relaciones de consumo. El consumo en algunos casos puede ser liberador y en otros puede ser alienante. Ese es un nodo de tensiones que a mí me interesa explorar, mucho más que la relación entre la utopía y un orden político. Me parece que durante todo el siglo XIX y gran parte del siglo XX se pensó la utopía desde la política y desde la institución y no tanto desde la práctica y el consumo, y a mí me interesa más pensarlo desde ese lugar. Hay una gran utopía que es la utopía neoliberal, y hay otras utopías que no son las utopías nostálgicas que miran hacia el pasado sino que miran hacia el futuro, con un montón de cosas para discutir.  A mí me interesa la literatura que se encuentra con esos problemas. Y en ese sentido sí, los cuentos tienen un eje que van un poco por ese lado y que a mí me vienen porque yo trabajo en investigación de mercado. Veo cómo operan muchas cosas y me sorprende la gran capacidad ficcionalizadora que tienen las marcas, las empresas. Cómo se transforman en usinas de sentido y con un poder muchísimas veces más fuerte que lo que puede ser el Estado, las instituciones, los partidos políticos, y eso me fascina un poco, me produce rechazo, me enloquece otro poco y estoy acostumbrado a pensar en esas cosas.

 
(Martín Rosenzveig)
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Con 37 años, Hernán Vanoli es eso que los periodistas deportivos llamarían una verdadera promesa. Publicó cuentos, novelas, ensayos y erige la literatura como una forma de interrogar el mundo. Dirige también la editorial Momofuku y la revista Crisis. Fue investigador, salió airoso con título en mano de la carrera de Sociología de la UBA e inspeccionó diversas esferas aspiracionales con el estudio de mercado. Navegó y navega por donde sus obsesiones lo guían tejiendo lentamente, de a poco, lo que se dice una obra. Obra que tiene algunos años, pero aún falta mucho, muchísimo para que su máquina de producir contenidos interesantes y críticos se apague.

"Yo creo que la academia está fuera de época, así como los partidos políticos que no sirven absolutamente para nada. Son formas de organización que no interpelan a nadie. Hay que pensar la interpelación, la militancia y el activismo por otro lado. Pensemos en el caso más importante de los últimos 15 años: Cambiemos. No es un partido político, es otra cosa, es una perfomance de investigación de mercado, es un club de neoliberales. Funciona como un partido político pero es otra cosa", comenta frente a su taza de café vacía sobre una mesa negra y diminuta, casi descartable. La política, sin dudas, se cuela en sus intereses narrativos e intelectuales que están siempre atentos al presente y su novedad. Por eso mismo, la llegada de internet y la consiguiente irrupción de las redes sociales como modos de sociabilidad hizo que el campo literario actual se modifique o, al menos, se muestra de una forma distinta.

– A partir de internet y las redes sociales, ¿cómo cambió la literatura?

– Antes de las redes sociales había una idea mucho más naif y, en algún punto, sacralizadora de la literatura. Eso por un lado estaba bueno: tenerle respeto a la literatura, a los autores y a ciertas cosas del cánon. Había como una magia y las redes sociales lograron mostrar las cosas como son, sacar un poco el aura que tenía todo el universo de los libros. Y por otro lado se da esta cosa de la exposición permanente, el narcisismo, que es un poco peligroso porque lo que se termina generando son sociedades de aplausos mutuos. El que hace un ruido, el que mete un disenso, el que no está de acuerdo con algo, es como que termina desintonizado con lo que piensa la mayoría y muchas veces es terriblemente penalizado. Eso pasa, pero pasa en la literatura y en todas las artes. Hay un libro muy bueno de una crítica alemana que se llama Isabelle Graw, ¿Cuánto vale el arte?, donde ella identifica unas tendencias que están pasando en las artes visuales, y dice que una de las cosas es la farandulización, que vendría a ser como una especie de posesión de los valores del mundo de la farándula aristocrática hacia el mundo del arte. Uno puede pensar a Damien Hirst como un representante de eso. Pero otra cosa que dice es esto de la imposibilidad del disenso y cómo los mundos del arte se cierran cada vez más en sí mismos y cualquiera que no esté colaborando en la expansión de ese microclima es sancionado y penalizado. Y a mí me llama mucho la atención eso que pasa muchas veces más por las redes sociales que por los propios escritores, y se vuelve aterrador.

– En ese sentido, la directora del Museo de Tigre María José Herrera comentó que hay una cuestión en el arte contemporáneo que es la desterritorialización del artista, donde aparecen obras que podrían ser hechas por un chino, un argentino o un belga. No se distinguen las marcas de localía. Se refería a las artes plásticas, pero ¿creés que esto sucede en la literatura? ¿Creés que es un problema para la literatura?

– Cuando se me plantea este problema pienso en El escritor argentino y la tradición, de Borges. Nosotros tenemos cierta licencia para tratar de ser eclécticos y universales y que nuestra cultura es una especie de choreo y de mashup de muchos elementos de la cultura universal. Yo creo que eso es cierto, pero también es verdad eso que vos estás diciendo porque es un problema: hay centros de poder en la literatura y en las artes visuales también. Me parece que, muchas veces, cuando eso se hace muy consciente en los escritores, es un poco contraproducente. Eso me pasa a mí como lector. Cuando yo veo a un escritor que pone cosas muy típicas de Buenos Aires o que explica lo que es este país para alguien que no lo conoce, cuando yo empiezo a detectar esas cosas me hace un ruido. Y después hay otras cosas que no, que son súper locales pero que no pierden universalidad. Esos son los casos que están buenos: poder conjugar las dos cosas. Hacer una escritura neutra, plana para que se pueda entender en todos lados, que se note que es latinoamericana a mí me parece que es muy malo. Después tampoco tiene mucho sentido hacer una cosa hiper local, hiper barroca porque eso pierde algunas cosas con las que uno puede establecer un diálogo que puede ser interesante. Esa es una tensión que atraviesa todas las artes y hay que tratar de resolverla con el menor nivel de cinismo y el mayor nivel de honestidad posible.

– Hay algo que se espera del escritor latinoamericano, ¿no? Que narre ciertas cosas, que hable de cierto mundo y de cierto tipo de relaciones sociales. En este libro no sucede mucho eso, aunque en Cataratas sí…

– Sí, en el caso de Cataratas sí, había todo un ambiente muy local, un clima subtropical del lugar donde pasaban las cosas de la novela, y en éste muchísimo menos, es más universal. Aunque la verdad es que me parece que si te fijás en los recorridos urbanos que hace el libro, para una persona que es de Buenos Aires, son súper identificables. Es un desafío jugar entre esas dos tensiones y atraviesa mucho a los escritores que a mí me interesan. Los que logran resolverlo bien consiguen muy buenos resultados.

(Martín Rosenzveig)
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Los disparos al corazón de la edición independiente, Vanoli también los recibió. Hace dos meses, cuando se realizó la edición número seis de la Feria de Editores, se tejió un debate entre autores y editores sobre las relaciones económicas en el mercado editorial de baja tirada. Una de las preguntas clave que andaban dando vueltas era sobre la desigualdad, no sólo entre las editoriales de distinto calibre, también entre editor y autor, incluso dentro de las editoriales independientes Ante esta cuestión, Vanoli no dudó en devolver los tiros. Ahora, volviendo a hablar del tema y con más agua espesa bajo el puente, comentó: "Cuando pasa una cosa así, uno tiene que decir nombres o no tiene que decir nada. Las editoriales independientes son editoriales de militancia, que hacen lo que pueden. Hay vivos como hay vivos en todos lados. Hay un gran cono de sombras sobre un montón de prácticas que quedan ahí porque no hay una pregunta genuina sobre qué es lo que nos estamos jugando cuando hablamos de publicar y de editar. Lo primero que hay que decir, y que es fundamental, es que la plata que circula es muy poca. Nadie vive de esto. El otro día me preguntaban si vivía de ser escritor. ¡Ni remotamente!"

Por eso, ya dejando Pyongyang cerrado a un costado de la mesa junto a las tazas vacías, las servilletas y el resto de una cookie de chocolate mordisqueada, Hernán Vanoli reflexiona sobre las problemáticas del sector. ¿Qué sucede que, pese a existir libros de una gran calidad y potencia narrativa, ni los escritores ni la gran mayoría de las editoriales pueden vivir de la literatura? ¿Por qué el mercado editorial está zanjado por una diferencia abismal entre los grandes grupos editoriales que tienen capacidad industrial de producción y los sellos más chicos que, si bien el prestigio está en su catálogo, no logra transformar su activismo literario en un negocio redondo?

– ¿Qué rol juega el Estado en este escenario?

– Yo creo que el Estado podría tener, algo que no pasa, una política cultural seria en la cual si consideran que ciertos sectores de la producción cultural argentina son estratégicos o son interesantes, por diferentes motivos, puede darles una ayuda, un estímulo con cosas muy simples y concretas: asumir en lugares estratégicos del mercado un rol mucho más activo. En el caso de la industria editorial te digo dos cosas clave. El precio del papel: el Estado hace concursos, te hace quince bienales pero con el precio del papel en Argentina nunca se quiso meter, nunca se pudo meter, nunca sabe cómo meterse. En Argentina el papel es carísimo, imprimir es carísimo. En Argentina hay un monopolio en la producción del papel y con eso nadie se mete. Encima en un momento le querían agregar IVA, lo cual sería un desatino absoluto. Otra cosa muy simple: dar una mano en la distribución. Ver que los libros que se consideren relevantes o los libros de autores argentinos tengan un lugar estratégico en las librerías tampoco lo hacen. O sea, el Estado se considera, en materia de políticas culturales, impotente para meterse con las cosas que son realmente importantes, entonces lo que hace es show off: te organiza una charla donde van todos y aplauden como si hubiera un pastor evangélico, te organiza un concurso, te hace una bienal, tira limosnas pero no toma ninguna decisión de fondo que ayude a que el sistema de la literatura argentina tenga una difusión mayor. ¿Por qué no lo hace? Porque son burócratas, porque son ignorantes, porque en realidad creen que el mercado es el mecanismo que tienen que solucionar las cosas. Creen que la literatura es una entidad vaporosa y que lo que existe es la industria editorial, lo cual es mentira porque la literatura argentina está totalmente desindustrializada. Hay grandes editoriales que publican literatura argentina porque tienen buena onda o por lástima porque en el negocio no les representa nada. El Estado tiene una idea de gestión, que antes estaba más orientada a la ayuda social, ahora también, pero aparece una cosa más vinculada a esta idea eventista de armar eventos y congresos. Yo no creo que esté mal, está buenísimo. Ahora el Fondo Nacional de las Artes tiene una web que está buena. Genial que se haya hecho eso. Después armaron la bienal, que sean escritores jóvenes, yo conozco chicos que fueron a mi taller y quedaron ahí, y están re contentos. Está buenísimo, pero no deja de ser una gilada. No es una política cultural pensando que la cultura realmente puede construir ciudadanos con mayores derechos a los bienes culturales, con una mayor capacidad crítica para posicionarse en contra de los atropellos que puede cometer el mercado. No, es una fantochada para zafar. Hacen lo que pueden, tampoco es que los funcionarios tengan mala voluntad pero bueno, es el contexto en el que están. Si me preguntás si está bueno lo que hace el Estado, no, no está bueno. ¿Y lo que hacía el kirchnerismo? No, tampoco estaba bueno.

– ¿Cómo estaría el mercado literario si no existiesen las editoriales independientes?

– Hay tanta producción que las editoriales independientes tienen un rol muy importante, un rol de militancia y son las que mueven un poco el avispero. Y después el término independiente es un poco engañoso porque dentro de ese término tenés editoriales que son el playground de millonarios y también editoriales de tres tipos que se juntaron y hacen todo a pulmón. Me parece que los que tienen más dinero y más recursos se aprovechan muy consciente y voluntariamente en autodenominarse editoriales independientes para lucrar un poco con la simpatía social que despierta la edición independiente. Pero creo que en términos generales, en las editoriales que uno pudo ver en la última Feria de Editores hay una diversidad y una calidad de materiales que están buenísimos y que no podrían existir en los términos de la industria tradicional.

(Martín Rosenzveig)
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– También trabajás en Crisis, una revista que tiene muchos de los elementos que posee una editorial independiente. ¿Hay una analogía entre el mercado editorial de libros con el de revistas?

– Yo creo que hay una analogía desde el punto de vista de que somos un grupo de locos que se ponen a hacer algo con una mentalidad absolutamente antieconómica. Crisis es una revista muy cara de hacer, es una asociación civil sin fines de lucro, está hace ya como 5 o 6 años en esta etapa nueva y viene funcionando así: siempre con la soga al cuello. Hay una cuestión muy fuerte de compromiso y de militancia de los que participamos en la revista, de todos, desde la gente de fotografía o ilustración o edición, de periodistas que se copan y siempre tratan de dar un poquito más cuando escriben para la revista, nosotros como editores también tratando de ser autocríticos cuando hay algo que no nos gusta, tratando de hablar con todos los sectores para no sectorizarnos en lo que es la cultura de izquierda.  Hace mucho tiempo tuvimos una especie de oferta para profesionalizarla más y hacerla más regular para que salga una vez por mes. En ese momento no quisimos porque nos parecía que iba a perder un poco esa cosa medio de acontecimiento que tiene cuando sale cada número. Y me parece que las editoriales tienen un poco eso. Cada libro que publican puede ser el último. Eso también hace que sea maravilloso y que le pongan un montón de pilas. Crisis está en un contexto muy adverso, tiene muy pocos apoyos. Ahora nos salió un mecenazgo, pero también tiene ese funcionamiento un poco perverso de que cada uno que lo tiene debe salir individualmente a pedir apoyo a las empresas. Y no voy a descubrir yo lo que es el empresariado argentino, así que se hace complicado salir y explicarles. Y es algo que no les cuesta nada: una deducción de ingresos brutos. En muchos casos, cuando ven que la revista no es muy celebratoria con el capitalismo o con el modelo de negocios no les gusta tanto. Es siempre estar corriendo la coneja. Sea por el mecenazgo, sea por imprimir la revista, sea por la circulación. Es una situación muy precaria pero al mismo tiempo, creativamente, tiene su atractivo.

– Por último, ¿creés que la literatura tiene una función? ¿Qué rol tiene que ocupar en una sociedad como la nuestra?

– Yo creo que sí, tiene una función. A mucha gente le gusta decir que la gracia de la literatura es que no tiene función y se coloca en un lugar incómodo en el mundo justamente por eso, porque no sirve para nada. Es cierto en un punto, pero también la literatura tiene una función y tiene que pensarse a sí misma con ambición. La gran libertad que tiene la literatura, en el sentido de que es bastante irrelevante en términos de mercado, en el sentido de que tiene una mirada amplia y puede vampirizar diferentes discursos y diferentes registros, y permite hacer preguntas que muchas veces son fundamentales y son importantes. También tiene una responsabilidad importante en pensar el sinsentido y las contradicciones de nuestro modo de vida. ¿Cómo hacer eso de una manera interesante? ¿Cómo hacer eso de una manera humana? ¿Cómo hacer eso de una manera que realmente constituya una experiencia? Bueno, es muy difícil. Cada escritor va trabajando sobre sus materiales y tratando de llegar a ese lugar. Pero me parece que sí, la literatura tiene que aspirar a eso. No tiene que ser solamente una cuestión conceptual que dialogue con la historia de la disciplina ni tiene que ser solamente una forma de entretenimiento snob como mucha gente cree. Yo creo que la literatura tiene que tener un rol ambicioso de interpelación a la sociedad y a la imaginación. Si no tiene eso, si no funciona como una máquina de pensar que esté en tensión con el actuar, a mí me parece que es muy poco interesante y algo bastante banal.

 

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