"Los legados están muy atravesados por fantasmas", dice María Moreno, pero no lo dice al aire, durante la nota; lo dice antes y no vuelve a repetirlo aunque esa idea espesa sobrevuela la charla con la misma intensidad con que domina Oración, su nuevo libro, cuya bajada reza -para seguir en línea con la liturgia del título- "Carta a Vicky y otras elegías políticas" y cuya ilustración es una foto en blanco y negro de Rodolfo Walsh, figura emblemática del intelectual revolucionario argentino y sucesor, no sin polémica, de Mariano Moreno en la patria periodista.

María Moreno es periodista y escritora o escritora y periodista. O periodista. O escritora. María Moreno es, en realidad, ella misma un género literario argentino. Su libro anterior, Black out, unas extraordinarias y apabullantes memorias del alcohol y la amistad, recibió las mejores críticas en Argentina y también fuera del país. Cultora de la crónica y los perfiles; amasadora de historias y ensayos críticos, aunque también, en alguna oportunidad, novelista y poeta, María fue pionera del periodismo de género en tiempos en que el feminismo no era una bandera popular sino una militancia escasa y un ninguneado tópico de investigaciones académicas.

Autora de varios libros –El affair SkeffingtonEl petiso orejudoA tontas y a locasVida de vivos-, habitó redacciones diversas a lo largo de décadas y en los últimos años ocupa un espacio tan singular en el mapa de la literatura argentina que se hace imposible ligar su nombre y su obra a alguna serie habitada por otros. Lo suyo es, literalmente, fuera de serie.

Lo que sigue es la transcripción de la charla que mantuvimos días atrás en el estudio de Infobae TV, en donde a propósito de la salida de su nuevo libro publicado por Random House hablamos de los Walsh, de las frases marcadas a fuego, de los 70, de los padres e hijas revolucionarios, de la sangre derramada, del lugar de "bajo presupuesto" de las esposas de los desaparecidos y del presente de las mujeres como pura potencia, un presente de expresiones inéditas que a "la coalición masculina" -como la llama filosamente, fiel a su estilo- le cuesta entender e identificar.

— Acaba de salir tu nuevo libro, Oración. Carta a Vicky y otras elegías políticas. La pregunta es: ¿por qué Oración?

— Porque lo pensé como un ritual, realmente. Incluso pensé en lectores que me acompañaran a hacer ese tipo de ritual, de duelo y también una lectura que vaya para adelante. Es decir, en el libro aparecen, como verás, los trabajos de los hijos de los artistas, de los hijos con puntitos (H.I.J.O.S), de las hijas con puntitos, fundamentalmente, y me parece que eso es poner en juego una liberación del testimonio. O sea, sacarlo de los tribunales, de donde no puede faltar, pero también liberarlo a los elementos de la ficción. Y a las estéticas de las hijas artistas que yo elijo ahí, en función de aquellos textos u obras de teatro, o películas, que hayan despegado del realismo, que no hayan renunciado a elementos experimentales, inventores. Ese fue el criterio de selección.

— Vicky Walsh no fue una hija artista; fue una hija periodista, una hija militante activamente que termina quitándose la vida, pero que aparece casi como un personaje literario, protagonista de esas últimas cartas de su padre que tantos leímos exhaustivamente y que contienen frases que muchos, incluso, memorizamos.

— Yo diría que quién sabe, porque viste que depende de cómo te lean y qué seleccionen o con qué criterio te ubiquen. Hay un diario íntimo de Vicky, que nunca fue publicado, y yo diría que, de acuerdo con determinadas lecturas, si se publicara ese diario ella podría ser vista como una escritora. Y además, no diferenciemos tanto entre periodista y escritora; me parece que esa diferenciación estricta entre periodista y escritora ya cayó, a través de muchos ejemplos.

María Moreno
María Moreno

— Asociarías eso con lo de hijas artistas entonces, entraría dentro de ese mismo rango.

— Digo artistas para hacer una ampliación. Me parece que, sobre todo ahora, no hay una elección monolítica de una carrera o de hacer algo en el sentido de un producto, que generalmente oscila entre lo escrito, lo actuado o la música, por ejemplo. Es decir, me parece que ya no está esa idea, por lo menos de mi generación, de que si eras escritor, eras solo eso, incluso con un elemento dramático y de peso también. Un poco casi diría con un peso titánico. Hasta el punto de que por ahí, si hacías otra cosa, no se atendía. En general pasaba eso, el gordo Porcel cantaba boleros pero nunca se lo permitieron. Era de una elegancia extrema, un gran cantante, pero jamás se le podía reconocer eso. Bueno, tenemos ejemplos en la literatura: Nabokov…

— Que era entomólogo.

— Era entomólogo y parece que tenía el mismo nivel como entomólogo que como escritor.

— Como traductor, con el dominio de las lenguas, seguro.

— Seguro. Pero viste que ahora me parece que todo el mundo puede hacer de todo sin que se acuse a una zona de diletante ¿no?

— En tu caso eso se ve particularmente. Vos tenés como diversas actividades que definitivamente tienen que ver con la escritura, como periodismo más clásico, periodismo más documental o ensayístico, también ficción, poesía. Un registro bastante amplio.

— Pero no salgo de la escritura. Yo hubiera querido ser cancionista (risas), pero bueno, no se dio. No se dio y aparte hubiera sido con la voz finita que era más apropiada para los años 30. Pero bueno, ahí hay un fracaso. (más risas)

— Volviendo a las cartas de Walsh, y en especial a la escena final de Vicky Walsh -una escena que ejerce una gran fascinación-, hay una frase que ponés en cuestión. En realidad, lo que hacés es darla vuelta como un guante porque es una frase que su padre le adjudica a Vicky, pero que en realidad Patricia, su hermana, dice que no fue dicha por ella. Es esa frase célebre que dice: "Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir."

— Lo que yo planteo es que hay que pensar en qué contexto Walsh escribe esa carta. Hay dos cartas, "Carta a Vicky" y "Carta a mis amigos". Yo creo que ese "amigos" implica compañeros de militancia. No es una carta destinada al público, como podía ser una carta política, como puede ser la "Carta a las Juntas". Entonces me parece que hay que pensar eso como en un registro; yo diría que es más bien una elegía política. Y que está en un género que es "últimas palabras", un género que es un poco complejo, que no podés pensarlo en términos de verdad o mentira. Es un género mítico. Ayer justo leía un texto de Sylvia Molloy, en el que ella cuenta que va a visitar la casa de Trotsky. Entonces la guía cuenta que Trotsky antes de morir dijo: "Ésta vez lo han logrado, Natalia, pero nuestra causa no morirá nunca". Todo con el último aliento, después de la acción de (Ramón) Mercader. Eso se puede considerar un mito. Molloy dice que hay otra versión que le gusta más y le parece más verosímil. Y diría que es tan comprobable en cuanto a los hechos como la otra, o sea: difícil. Y que es "Por favor, que no me desvistan ellos, desvestime vos en el hospital". Sabemos las palabras que se adjudican a los héroes, sobre todo. Lo que yo planteo es que ese texto de Walsh no tiene un modelo judicial. Es decir, no está diciendo algo para incriminar, para ejercer otro tipo de justicia, como hace a través de sus obras en general, sus obras dedicadas a la denuncia.

— Pero en esa misma carta hay cierta búsqueda de exactitud en relación a cómo se desarrollaron los hechos, hay como una investigación.

— Sí, y eso es muy interesante porque es algo que comprobé a partir de la lectura de lo que publicó La Opinión. Ellos publicaron la nota sobre el operativo del 29 de septiembre en la calle Corro el día 2 de octubre, y directamente Walsh utiliza ese informe. Es interesante, eso lo dicen sus compañeros de la agencia Ancla, que justamente él leía entre líneas la línea oficial que no utilizaba tanto la información clandestina. Eso me parece una gran inteligencia.

— ¿Como criptógrafo lo hacía?

— No, leía la superficie de un medio oficial, incluso absolutamente manipulado por la dictadura. Él combinaba por ejemplo la lectura de avisos fúnebres, noticias gremiales, una asistencia a una fiesta y de eso sacaba deducciones que podían hacerle evaluar un posible acto político. Entonces eso me parece bastante interesante. Creo que ahí hace eso. Incluso ahí está el tema de por qué no se puede considerar una falsificación, ya sea la atribución de las frases o la existencia del soldado. Porque él no está en ese momento diciendo algo para dar una versión que contradice la oficial. Él aclara muy bien que por esta vez los hechos fueron más o menos como salieron en los diarios. Entonces hay que leerlo de esa manera, no pensarlo como pruebas, como evidencia, que es lo que utiliza a menudo en Operación Masacre, Quién mató a Rosendo, o en el resto de sus obras. También planteo ahí que la frase no la dijo ella, la dijo el compañero. Ahora, a partir de los testimonios que yo recogí, testimonios de la familia Mainer, que estaba en la casa de la calle Corro, es difícil determinar quién era ese compañero que sube a la terraza con ella. Esa es una característica del testimonio, es interesante porque Walsh mismo dice en Operación masacre lo que le costó cuando entrevistó a los sobrevivientes de la masacre de José León Suárez y resulta que no se pudieron poner de acuerdo sobre quién había bajado primero del camión en la zona. Entonces me parece que no podés pedir un rigor fáctico al testimonio. No sabés quién subió, a su vez no podemos pensar en la autoría de la frase cuando ella pertenece a un grupo político en el que justamente el nombre propio se pierde y se adopta el nombre de guerra y en donde se piensa como un cuerpo común. Me parece que eso problematiza el tema de quién dijo o no una frase.

— Sí, pero vos señalás en tu libro que si la frase efectivamente la dijo quien era su jefe dentro de la organización, tiene un peso que no es el mismo que si fue ella quien la dijo…

— Pero por eso digo que me parece que, en general, el testimonio, como podría también ser considerada la "Carta a Vicky" y la "Carta a mis amigos", siempre se hace desde un lugar ideológico, desde un objetivo. Es decir no es nunca inocente, en el mejor sentido. Me parece que es valioso que Walsh le ponga la palabra a la hija porque si no, hubiera sido una orden, probablemente. Si lo decía el compañero -él supone que es el jefe, Molina-, entonces no es lo mismo que si esas palabras las deja de manera soberana en la voz de ella. También es interesante cómo él señala que ella lleva la pastilla de cianuro y que, sin embargo, elige el arma. Eso es interesante porque la hace soberana respecto de la propia orga también. Y cada frase es impresionante; lo que uno puede pensar que son textos emotivos de alguien que hace un esfuerzo por sobreponerse al dolor, en realidad cada frase tiene una intención. Por ejemplo, atenuar el efecto de violencia de esa chica en camisón que dispara desde lo alto. Esa chica que, según los Mainer, en realidad no estaba en camisón y estaba en jean, lo cual es bastante coherente. También es interesante, como te comentaba antes, el tema de cómo toma Walsh los textos oficiales. Yo creo que la mujer en camisón aparece en un testimonio de la revista Gente sobre el operativo, donde una mujer, una vecina, dice que vio desde la terraza que una mujer en camisón disparaba. Y Walsh utiliza esa imagen porque me parece que también sospecha que no es un testimonio manipulado ni apócrifo.

María Moreno analiza los recursos literarios de Walsh en sus famosas últimas cartas
María Moreno analiza los recursos literarios de Walsh en sus famosas últimas cartas

— La ve como desideologizada de algún modo a la mujer, aunque respetuosa de los militares…

— Digamos que en todo caso los militares dejan ese texto porque el eje del testimonio de ella está en el buen trato de los militares, en el cuidado.

— Exacto.

— Entonces, digamos, esa imagen de la mujer en camisón puede no ser censurada.

— Ahora, en el libro también contás tus diálogos con Patricia Walsh, la hija menor de Rodolfo Walsh, y cómo ella habló con su padre acerca de la versión de esa frase y cómo ella le insistía con que esa frase no había sido dicha por su hermana. 

— Claro, es un testimonio, es un testimonio de los sobrevivientes en este caso.

— Sí. Y Patricia dice que durante muchos años ella mencionaba este hecho y como estaba construida toda la historia, a todos les parecía un detalle secundario.

— Es cierto. Es decir, Patricia no es escuchada porque se prefiere la versión oficial. Pero a mí lo que me parece interesante de lo que Patricia dice es que hace una lectura casi como de crítica literaria sobre los procedimientos del padre. Entonces le cuestiona la construcción de una heroína cuando no suele hacerlo.  Y también me interesa que ella basa el testimonio en lo que sería una cadena de chismes. Habla de personajes ligados a su familia, la cuñada, la Chicha, la madre de la prima. Bueno, digamos que si pensamos en términos judiciales, eso es tan evanescente como que Walsh diga: "Me ha acercado el testimonio un soldado", un soldado que, por otra parte, le menciona precisamente Patricia. Y sí, estoy de acuerdo con Piglia cuando dice que el soldado no existe, que es un procedimiento de la ficción para decir una verdad, una verdad que no es de tipo fáctico, que está más allá de eso. Y yo diría que aunque haya existido el colimba, digamos que la ley del texto me parece que relaciona a ese soldado con el soldado que aparece, te acordás, en el comienzo de Operación masacre, el que putea detrás de un ventanal y que un poco parece que es el momento de epifanía donde Walsh decide investigar.

— Medio teatral también eso en un punto, la figura que aparece ahí. Tiene algo de teatro.

— Claro. Pero pienso eso, que no lo podés pensar nunca en términos como pensás las pruebas en un juicio. Y lo que te decía antes que me parece fundamental, ¿importa quién dijo esas palabras si no se sabe quién es el otro? Y, además, en una concepción política que implica que uno pierde un poco la individualidad en un cuerpo común que es la organización.

— Cuando empieza el libro, lo primero que el lector lee es que en el año 2002 ganaste una beca para escribir un texto sobre la moral sexual de las organizaciones revolucionarias de los 70, un texto que finalmente no escribiste y que en cambio escribiste este texto, donde también aparece el lugar de las mujeres muy fuertemente.

— Sí. Yo diría que es mi famosa procastinación. No tiene mucho misterio eso, pero pienso que quedó condensado todo ese tema dentro de este texto. Quería buscar una ética de exposición donde no apareciera la mediación de la edición, que sabés que es clave. Bueno, Walsh tiene el modelo utópico de un género que él asocia a situaciones revolucionarias y que superaría a la novela en valor, que sería el testimonio, donde solo se podría operar literariamente con elegir, compaginar y montar. Es decir, esa es una utopía que me parece interesante. Pero por eso hago una edición de los testimonios en escenas construidas para dar un efecto coral entre los sobrevivientes de la calle Corro y Patricia y después expongo la totalidad, para que sea vea o se pueda discutir la operación de selección, también.

— Lo que aparece también a partir de esos testimonios es una suerte de gesto de generosidad suprema con otra mujer, a la que Vicky no le permite tomar un arma, a pesar de que ella le pide un arma en el momento del enfrentamiento.

— Sí. En eso diría que están de acuerdo. Es decir, viste que el testimonio, que es la prueba de verdad, es contradictorio, discontinuo. Yo diría que los testimonios donde se coincide son probablemente los manipulados y también diría que hay un mito, que es que el testimonio que renuncia a la riqueza de la lengua, que es deliberadamente pobre en la lengua, es el verdadero. Eso es un efecto. En cuanto a esa escena, en algún momento Maricel Mainer me cuenta que quiere tomar un arma, que los ve pasar cuando suben a la terraza. Están todos en la casa imaginate en qué situación ¿no? Dos helicópteros sobrevolando, un tanque en el garaje, balas que se cruzan y bueno, en algún momento Vicky sube a la terraza con ese compañero y Maricel le pide un arma y ella no se la da. La pregunta ahí es: ¿no se la da porque no pertenece a la organización? O sea, ¿no se la da de alguna manera por reglamento de modelo militar que utilizaba Montoneros? ¿o no se la da porque se reconoce en esa joven y, bueno, la preserva? Sabiendo que no es seguro, pero que si dispara está más involucrada en la posibilidad de desaparición.

— De todos modos, ella dice: "Me salvó la vida."

— Sí, sí. Y eso es algo que me cuenta Patricia, después, porque se entera mucho más tarde, en el juicio a Von Wernich, en La Plata.

— María, hay algo que tiene que ver con tu lugar, con ese "yo" que aparece en este libro y que aparece también en tu libro anterior, Black out. Este "yo" que observa, un "yo" cronista desde el primer momento. Incluso en algún momento tratás de explicar cómo fue que estando ahí viendo todo, no terminaste involucrada directamente en los movimientos armados. Como si hubieras estado ahí para tomar nota de todo eso.

— Bueno, es una buena interpretación tuya. Sí, sería bueno decir que me preservé para dar testimonio, pero eso se cuenta de otra manera desde los sobrevivientes. Es decir, sobreviví y tengo la obligación de dar testimonio.

— Claro.

— No, yo creo que yo estaba en otra posición, diría que era la de ser una especie de resistencia contracultural. Estaba en otro espacio de la política, no diría que no era la política, solamente que, como pregunto ahí -que es una pregunta aparte que tienen muchos militantes sobrevivientes-, es decir, ¿no será que disentí con el modelo cada vez más militar en detrimento de la política de los grupos armados para sobrevivir? Queda la pregunta. Se la hizo una vez muy valientemente, en una entrevista lo escuché, Horacio González. La pregunta es si esa disidencia, que además no era seguro, pero también te excluía un poco del riesgo de muerte.

— Mencionás también que en algún momento le comentaste a alguien muy cercano algo así como "quedan dos años para el exterminio".

— Sí, pero eso, bueno, eso no te lo puedo probar pero me pareció casi como el burro que toca la flauta. Pero sí, entiendo que para quien no estaba en toda esa bola de radicalización, se podía ver, ¿no? Desde un afuera que podía ser muy ingenuo: sería una doña Rosa de otra índole, una doña Rosa pop. Doña Rosa pop puede ver eso porque simplemente no está en la mecánica de la radicalización.

— Vos señalás también que era como si sobrevolaras todo, es más, mencionás una nota que por esos días fuiste a hacer desde el aire…

— Sí, habría algo ahí también. Está bueno eso que me decís, es lindo. Es decir, hay una metáfora ahí. Estaba en el aire y entonces podría haber visto las casas ya sitiadas y las casas guardadas y los movimientos de destrucción, de aniquilación de los militares.

El tema de la sangre es capital. Las esposas de los desaparecidos no tuvieron el lugar de sus madres ni el de sus hijos
El tema de la sangre es capital. Las esposas de los desaparecidos no tuvieron el lugar de sus madres ni el de sus hijos

Aparece como uno de los ejes de tus dos últimos libros el tema de la sangre. Desde lo más personal hasta lo más político, la sangre derramada de todo tipo.

— Es cierto. En el primero se trata de algo personal que es una enfermedad, la endometrosis, que recorre el libro siguiendo la metáfora del alambique, es decir alguien que ingiere alcohol y sale sangre. Como si el cuerpo fuera un alambique y transformara sustancias. Es un homenaje a mi madre que era química. Eso es en Black Out. Alan Pauls dijo algo muy divertido: "Es la loca que se cree la sangre derramada". Entonces eso me hizo pensar: yo tuve esa enfermedad que comenzó en el 76 y terminó en el 83.

— Increíble.

— Pero no me di cuenta, no me di cuenta. Y en este libro está, bueno, la sangre, es decir la manera en que aparecen los derechos humanos ligados a los vínculos de sangre. Las madres, por supuesto, los hijos. Y ahí también hablo de un grupo considerado como si fuese de derechos humanos de bajo presupuesto que es el de las esposas de desaparecidos. Yo un poco pienso ahí que ellas no están angelizadas por el tabú del incesto como en el caso de las madres. Y que, además evocan -y ahí pienso que se concentra alrededor un moralismo de izquierda- la sexualidad del desaparecido y los deseos carnales, si se quiere. Cuando en realidad me parece que la tortura proyecta un cuerpo crístico, donde si hubo deseo, está sublimado. Esto aparte de las respuestas tremendas que recibían las esposas de los desaparecidos, como el psicólogo que le decía a una de ellas: "Claro, su pérdida es reparable", una respuesta atroz. Pero también es interesante porque ellas mismas eran militantes políticas muy a menudo, entonces si te acordás la estrategia de las Madres primero fue hablar de la inocencia de sus hijos. Fue interesante en ese sentido el libro de Anguita y Caparrós, que hablaba de la trayectoria militante de los desaparecidos, exiliados, presos políticos y sobrevivientes.

— Claro, las mujeres que eran compañeras de militancia no podían señalar eso de la "inocencia".

— Claro. Muchas estaban, justamente, en desacuerdo, eran militantes ellas mismas. Y eso explica también que quedaran un poco de lado. Hay un libro de Noemí Ciollaro, Pájaros sin luz, que es excelente, y también diría que tuvo menos difusión que los otros libros ligados a los derechos humanos y a los testimonios.

— Estamos hablando de mujeres y en estas semanas el tema está presente en todos lados, en todos los discursos, en las casas, en los medios en general. Vos venís trabajando cuestiones de género y cuestiones que tienen que ver con la mujer desde hace tanto tiempo, por eso me gustaría preguntarte cómo estás viendo este momento. ¿Sentís que hay una revolución de las mujeres?

— Sí, absolutamente. Una revolución sin pasado y sin fracaso. Es decir, está todo por delante. Pero me parece que es la fuerza más interesante, sino la única, en este momento en la política del mundo. Bueno, hay que ver cómo sigue, cómo se bifurca, cómo se polariza, pero yo creo que es irreversible. Y digo que no tiene pasado porque la coalición masculina no sabe cómo leerla Si no puede referir al 17 de octubre o al 2001. Es decir, me parece que lo que sucedió con el paro de mujeres no sucedió antes. Es posible, algún historiador me puede discutir esto, pero me parece que sobre todo privilegiar la alianza entre mujeres a aliarse con el hombre, es inédito. El feminismo de la segunda ola de los años 60 planteaba el tema, es decir el arquetipo del ama de casa aislada con sus electrodomésticos, educada desde el nacimiento para competir por el mejor proveedor con la otra mujer. Y esto, por supuesto, como trabajadora, como estudiante, se pueden vincular otras mujeres y de hecho ha habido y hay organizaciones de mujeres. Pero yo creo que esto que pasó el otro día, anteponer la lealtad a la otra mujer a la de los hombres o a la coalición masculina o al sistema, etcétera, me parece que es inédito. No sé qué va a pasar con eso.

— ¿Y cómo ves lo que en este momento es la catarata de denuncias también retroactivas en relación con lo que está pasando?

— Bueno, la denuncia es retroactiva porque -ahí me vas a acusar de tirarme más al psicoanálisis, seguramente los psicoanalistas me van a criticar- el trauma tiene dos tiempos. Es decir, no aparece un suceso pensado como sufrimiento en la primera instancia cuando hay algún suceso inquietante, sino que tiene un sentido retroactivo. Entonces me parece que eso explica por qué siempre es más tarde y no en el momento. Tiene que adquirir un sentido a partir de la repetición o de poder leerlo con algo que sucede, por ejemplo el resto de las denuncias .Vos lees ahí a partir de esas denuncias tu propia vida, por identificación. Me parece que, bueno, va a haber de todo, va a haber denuncias genuinas, oportunistas, hombres dispuestos… Igual contemos un poco que la réplica masculina ha sido de un grado de tontería extrema, ¿no? Es decir, oportunismo para parecer políticamente incorrectos que dan reaccionarios, directamente. Paternalismos diversos. Clases, clases sumamente elementales. Gente que de pronto saca a relucir a Sor Juana, Rosa Luxemburgo, cualquier cosa cuestión de mantener el lugar de la cátedra. Yo creo que no se puede pensar nada por ahora pero me parece que es de un vigor… y que en eso inédito no se puede leer improvisación sino te diría pura potencia hacia adelante.

— Y construcción en capas.

— Y construcción, claro.

— Porque de pronto lo que aparece también es un "pero Fulanita dice defender los derechos de las mujeres y dice esto, aunque Menganita también dice defender los derechos de las mujeres y piensa todo lo contrario". Y una se pregunta cuál es el problema.

— Pero el eje de la marcha fue antimacrista… Y otra cosa nueva: los feminismos han sido a veces medio solipsistas, es decir medio endogámicos, en cambio acá los reclamos aparecían sumergidos en los reclamos que se hacen en la política de oposición. Eso también fue nuevo.

— Ahora, se pudo ver la cuestión antimacrista pero de hecho en la calle el 8 de marzo había montones de mujeres que no necesariamente son macristas pero no tenían la perspectiva antimacrista y sí estaban, por ejemplo, con la campaña de despenalización del aborto en esa misma marcha.

— Sí, también había grupos católicos. Mi amigo Roberto Jacoby decía que había hablado con algunas, y tampoco había, que también es eso, nuevo, la heterogeneidad al interior de lugares partidarios. Por ejemplo él dice que había dentro de ese grupo mujeres a favor de la legalización del aborto y otras que no. También hay que aclarar, bueno, habría que leer los postulados de Católicas por el Derecho a Elegir.

— Sí claro.

— Porque son muy precisos. Es decir, durante años la Iglesia Católica no castigó el aborto, lo consideró un pecado más en algunos casos o bueno, los maestros de la Iglesia directamente dicen que hasta los 45 días el feto no podría albergar a Dios. Entonces, casi te diría que Santo Tomás estaría a favor. Tampoco es magisterio de la Iglesia, es material legislativo. Eso todo dicho por las Católicas por el Derecho a Elegir. Coincide la prohibición unánime del aborto con el papado fuerte. Esas son cosas que hay que estudiar, te diría, para que los católicos no piensen que hay algo absolutamente unívoco en lo que plantea la Iglesia.

— Recién mencionabas la cantidad de hombres que aparecen dando cátedra y cambiando de opinión y demás. Hay políticos que están cambiando y políticas que también están cambiando de opinión con respecto al aborto. Si uno pudiera adelantarse e imaginar que llega el momento de votar la despenalización en el Congreso, ¿cómo te imaginás el voto de la ex presidenta Cristina Kirchner?

— No me puedo imaginar. Y no me parece tampoco crucial. Es como decir bueno, Evita no era feminista, era antifeminista. Obviamente era antifeminista y consideraba que el feminismo era burgués. Ahora, cuando otorga el voto femenino, hace una operación absolutamente feminista. En cambio, el feminismo entonces se equivoca porque rechaza el voto porque piensa que viene de un gobierno de facto. Y eso es realmente un error. Porque bueno, no hace falta que se declaren feministas. Creo que Sarlo lo decía el otro día, ¿quién es feminista, quién se reconoce feminista o quien hace un acto que favorece a los derechos de las mujeres?

— Claro.

— Es algo a pensar. Aunque la autoadscripción es un voto, un compromiso 

— Te lo preguntaba justamente porque más allá de que se sabe que Cristina estaba en contra de la despenalización, en este momento y ante este nivel de clamor de tanta gente…

— No, no, yo creo que Cristina atiende a eso. Y aparte yo diría que más allá del número de votos, lo que sucedió el otro día en la marcha tiene que alertar a favor. Me parece. Es decir, no es cuestión de medir tratando las cosas a nivel legislativo solamente.

— Te hago la última pregunta. Antes hablábamos de lo que tiene que ver con tu versatilidad en relación a la escritura pero te quería preguntar si estás escribiendo ficción o poesía o…

— No, no, no.

— ¿Nada de eso?

— No, no, nunca, nunca. Aunque lo pongo dentro de los textos. No me parece que tenga que hacer… Pero no me imagino escribiendo una novela.

— Otro El affair Skeffington no.

— No. Pero lo que pasa es que es complicado, El affair Skeffington es mi autobiografía, yo lo considero mi autobiografía basada más en un yo ideal y una invención. Me parece que me representa más que, bueno, que Black Out en un punto. Que Black out, tomado como una autobiografía, es mi libro más artificial y donde hay una construcción más ligada a la crónica. Donde hay un yo, una mirada, pero está muy posada sobre esos cuatro retratos de escritores que hago. Es decir, hablar en primera persona a menudo es estratégico. También ocultarlo. Pero me parece que no hay que tomar muy en cuenta, la palabra "yo" te lleva allá a un tipo de lectura demasiado dirigida y realmente puede ser algo utilizado, casi diría como una coartada, simplemente.

— Poesía tampoco.

— No, poesía no. Bueno, son heterónimos, en El affair Skeffington en algún momento me pongo, me imagino esa poetisa y puedo escribir poemas. Que encima, yo no sé inglés, son traducciones supuestamente de alguien, bueno, no figura en el libro la traducción. Pero jamás se me volvió a ocurrir un poema. Es decir, es como si hubiera tenido algún tipo de estado alterado ¿no?

— De intuición, o de iluminación.

— Claro. Pero digo, no volví, no escribí y no escribiría imaginándome un yo. A pesar de que María Moreno tampoco soy yo, pero bueno.

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