
En La editora, de Franco Vaccarini (Lincoln, 1963), el lector tiene acceso a la mente de un aspirante a escritor que trabaja como auxiliar contable en una mega editorial, pero su vocación es secreta, hasta que la directora editorial lo empieza a cobijar y él, inesperadamente, tiene un contrato y un proyecto de novela.
La construcción de esa novela es parte de la trama, muestra el proceso de trabajo y el pacto fáustico, siniestro, entre la editora y el escritor, que, además, tienen una relación sentimental. A él le atraen las mujeres mayores, dicho sea de paso.
Franco Vaccarini publicó más de treinta novelas para público juvenil, entre las que se destacan Algo que domina al mundo, Nunca estuve en la guerra, Fiebre amarilla y La isla de las mil vidas. En 2006 ganó el premio Barco de Vapor.

– ¿Cómo fue el proceso de escritura de La editora, tu flamante novela, publicada en Galerna?
– Con un poco de humor negro, me permití contar ese período anónimo y frustrante en que un escritor inédito muere por ver su primera obra publicada. En el caso de mi personaje, que se llama Lucas Canterini, y que ya no es tan joven, le agrego una desesperación creciente. Está al borde de la angustia paralizante. Siente que ya no le importa el precio a pagar con tal de que el resultado final sea publicar "un libro bueno", una obsesión para él.
– En la contratapa, Guillermo Martínez menciona el pedido de la editora a Lucas: crueldad. ¿A vos te pasó que te pidieran más crueldad en tus historias?
– El tema de la crueldad se apoya en un comentario que me hizo un amigo: me dijo que yo tenía que ser más cruel, si quería escribir para adultos. De algún modo, transformé ese comentario en parte de la trama, ya que la editora le exige crueldad a Lucas y él termina escribiendo una novela exacerbada, violenta. Esa crueldad se traslada luego a la vida, Lucas se va transfigurando en una persona más oscura, con una profunda amoralidad.
– ¿Cómo describirías la diferencia entre tus novelas para chicos y jóvenes y las que escribiste para lectores adultos?
– Mi imaginación fue nutrida por los géneros como el fantástico, la novela negra, la ciencia ficción. Los pude trasladar a mi escritura una vez que tuve un conocimiento mínimo de mí mismo; y el resultado fueron mis historias juveniles. En mis dos novelas para lectores adultos, lo principal es el personaje, que está jugando a nada, que se siente una marioneta del sistema. A partir de eso, se construye el resto.

– ¿La diferencia entonces estaría dada por el tratamiento de los personajes?
– En la novela juvenil la angustia y los conflictos son representados por un lenguaje más directo, también más inocente. Aunque los personajes sean adultos, piensan de un modo juvenil, por así decir. Así como un adolescente puede tener una idea romántica del dolor, lo negro, la tristeza. Eso no quita el sufrimiento, pero el sentimiento de fracaso de un adulto es muy diferente y no tiene nada de romántico, no es buscado ni un caparazón creado por la timidez, sino por la humillación. La sensación de estar desperdiciando tu vida, de perder un amor que creíste para siempre, de que no te aumenten el sueldo, no es inocente para un adulto. Allí está en juego la existencia y el sentido de la vida. Es algo que te obliga a dar una vuelta más, a profundizar o quedarte en el camino. En la adolescencia me marcaron dos títulos. Crónicas marcianas, de Ray Bradbury y El extranjero, de Albert Camus. La aventura y la exploración, la poesía, por un lado; y el vacío existencial, por el otro. Bradbury juega, se divierte con el lenguaje, se zambulle, literalmente en el espacio. Camus es seco, austero y subterráneo. Uno vuela, el otro cava.
– ¿Qué consejos le darías a un joven aspirante a escritor?
– Que escriba a diario, lo que sea; que lea a diario, lo que le guste. Escribir el fragmento de un cuento, impresiones. Si no tiene ideas, puede contar lo que le pasó en el día. El cuerpo se tiene que acostumbrar a esa quietud, al silencio, a la reflexión. Leer una página o una novela entera, poemas, cuentos. En la lectura encontrás tu escuela. Es lindo entrar a una escuela donde podés encontrarte con Borges, Kafka, Tolstoi, Silvina Ocampo. Hay una enorme biblioteca que nos espera, como un jardín de maravillas. Hay que buscar los afines, amigos que también escriban, los talleres literarios pueden ser muy útiles, aunque por un tiempo determinado. Máximo, para mí, dos años. Hay que correr el riesgo, desampararse de la voz del maestro, porque siempre será la voz del maestro y no la tuya ¿Cuántos maestros son capaces de acallar su voz ante el alumno? Por lógica, siempre debería haber un punto en que maestro y alumno se resulten insoportables el uno al otro. Después, con el tiempo, tal vez puedan ser amigos o no verse nunca más.
Fuente: Télam
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