Basta con caminar por la Avenida Corrientes o la feria permanente del boulevard de Plaza Italia para comprobar que aquí, en Buenos Aires, los libros representaban algo más que conocimiento acumulado entre dos tapas.

No, no es un mito. Buenos Aires es la ciudad con más librerías por habitante del mundo. En 2015, un estudio del Foro Mundial de Ciudades Culturales lo dejó claro. El número promedio de la capital argentina es de 25 librerías por cada cien mil personas. La siguen Hong Kong con 22, Madrid con 16 y Shanghai con 15. En cuanto a la cantidad de librerías, sin tener en cuenta la población, Buenos Aires quedó en el sexto lugar: cuenta con 734, mientras que Tokio, la que más tiene, 1675, tiene más del doble. Seguramente haya que actualizar los datos, sin embargo este predominio literario se respira en el ambiente.

El lunes concluye la Feria del Libro, que es, además, una de las más importantes del mundo. Este año, durante los 19 días que dura esta maratón literaria, se realizaron más de mil actos culturales. Pero también la ciudad cuenta con la Feria de Editores y con el Festival Basado en Hechos Reales, como para nombrar sólo dos episodios importantes y expandir el mapeo hacia un panorama más abierto y heterogéneo que sobrevive —más allá de los eventos anuales— gracias al entramado de librerías: los pilares de una cultura que aún cree en su intelectualidad.

Pero, ¿qué significa una librería para una sociedad como la nuestra? ¿Qué rol cumplen los libreros de esta ciudad? ¿Se puede hablar de un lector barrial, de un lector porteño, de un lector argentino?

El Ateneo Grand Splendid – Av. Santa Fe 1860
Librero: Juan Pablo Marciani

Desde la Avenida Santa Fe, El Ateneo Grand Splendid es un edificio llamativo. Una gran vidriera con libros, un cartel con su nombre, los pliegues de una arquitectura de principio de siglo XX. Sin embargo, al entrar, todo se vuelve inmenso. Al fondo, a lo lejos, el telón rojo abierto, a los lados los palcos y en el techo, pasando los libros de la entrada, una cúpula pintada al óleo. Las luces cálidas y los ornamentos completan el paisaje de un museo vivo hecho librería.

El Ateneo Gran Splendid
El Ateneo Gran Splendid

"No es sólo una librería, porque ya forma parte de la identidad de Buenos Aires, de la identidad nacional", dice Juan Pablo Marciani, quien lleva muchos años trabajando en El Ateneo, y muchos más en el gremio. Es un librero que, casi como un vidente, interpreta cuál es el libro perfecto para cada visitante. "¿Ser librero? Para mí es un galardón. Uno nunca termina de perfeccionarse. Creo que la mejor definición es la de ser el enlace entre el lector y el autor", reflexiona.

Pero antes de estar colmada de libros, El Ateneo fue el Teatro Nacional Norte hasta que, en 1917, se tiró abajo y se construyó un sueño de la modernidad argentina: el Grand Splendid, un inmenso cine-teatro de vanguardia. Seis años después, se instaló ahí mismo la Radio Splendid, otro hito porteño. Y durante todo el siglo se mantuvo así, como un gran epicentro cultural, hasta que en el cambio de milenio nació la librería. Propiedad del Grupo Ilhsa y asociada a la firma Yenny, es el eslabón madre de una cadena que hoy posee más de 34 locales en todo el país.

El Ateneo Gran Splendid
El Ateneo Gran Splendid

"El lector de Buenos Aires —le dice Marciani a Infobae Cultura compra de todo, elige de todo y le gusta tener mucha variedad, porque una vez que se encariñó con un tipo de literatura quiere ir lo más fondo que pueda con ello. Yo creo que es un excelente lector porque no prejuzga en su narrativa. Se encuentra con algo, llega diciendo 'tengo esta duda, quiero saber' y no es que va solamente a Google a investigar. No, se compra sus libros, los lee, y sobre el tema se especializa, llámese un libro de manualidades, de arte o una novela, porque quieren toda la obra del autor. Al menos para decir si es buena o es mala, pero lo quieren saber. Y esa curiosidad se manifiesta propiamente dentro de las librerías".

La sorpresa es también del turista. Una fascinación, dice Marciani, "porque hay lugares donde ni siquiera hay tiendas de libros. De hecho hay países donde no existe esto de sentarse a leer sin ningún tipo de compromiso, o que no se pueden abrir libros. Acá uno puede sentarse, leer, preguntar".

Arte nacional en El Ateneo
Arte nacional en El Ateneo

Hace poco, este librero de camisa y corbata fue a trabajar un domingo, como cualquier otro domingo de su vida. Llovía a cántaros y el pronóstico no prometía mejoras. A las doce del mediodía, cuando abrieron, ingresó un mar de gente. "Más de doscientas personas", contó él y, entre todas ellas, alguien le tocó el hombro: "Era Vargas Llosa, que quería conocer la tienda —confiesa con una enorme sonrisa—, y me dijo: 'me asombra la cantidad de gente joven que visita la librería'. Y quedarte tomando un café con él, disfrutándolo, realmente fue fascinante".

"Esa magia sucede en este lugar", concluye. Desde luego, no es cualquier lugar: en 2008, el periódico británico The Guardian eligió a El Ateneo como la segunda librería más bella del mundo.

Norte – Av. Las Heras 2225
Librera: Débora Yanover

"Norte empezó en el año 61, en Pueyrredón y Santa Fe. Tenía un tamaño de 5×5". La que habla es Débora Yánover, librera de una de las más emblemáticas librerías de Buenos Aires, frente a la cámara de Infobae Cultura. Está en el centro del local, rodeada de libros que se amontonan en estantes, en mesas, de a pilas, casi como columnas que sostienen el peso del mundo. Sus ojos —increíblemente claros— tienen todo bajo control.

"Yo no sé qué es lo que Norte representa para Buenos Aires, sé que es una librería con una tradición poética. Vienen muchos poetas. Tenemos una sección de poesía que cuidamos mucho especialmente, pero además literaria, filosófica… Tenemos muchos años de oficio o profesión", comenta. La fundó su padre, Héctor Yánover, un destacado poeta que, además, escribió un libro trascendental para este oficio: Memorias de un librero, publicado en 1994 y que llegó a ser director de la Biblioteca Nacional, entre 1994 y 1997. Norte duró apenas seis primaveras en esa esquina originaria; en el 67 se mudó a donde actualmente se encuentra —pasaron más de 50 años ya—, en Avenida Las Heras.

Librería Norte
Librería Norte

"El rol del librero —continúa en este diálogo con Infobae Cultura— es mostrarte esos libros que vos solo tal vez no descubras nunca. Vos venís preguntándome por un libro, o a lo mejor no: venís porque te gustó algo en la vidriera y yo te muestro diez libros que me parecen sensacionales que tenés que leer, que te van a encantar, que te van a abrir puertas a otro lado… ese es el rol del librero. O también, por ejemplo, es preguntarle: '¿no leíste nunca poesía?' Empezá por acá y después volvé dentro de diez días y contame qué te pasó y te voy a dar otros dos, otros tres o no sé qué. O 'tengo que hacer un trabajo de historia', y que yo te diga: 'Mirá, tengo unas cosas… tengo éste, éste y éste. Porque para Edad Media es este autor, este autor y este autor'. Tenés que saber un poco de todo: de sociología, de historia, de filosofía, de literatura… de todo".

La fauna lectora que concurre a la librería Norte es variada. Están los habituales del barrio, desde luego, pero también poetas del interior, estudiantes e investigadores de la UBA, padres que compran los libros para los chicos y fanáticos de las novelas románticas. "Esta librería es para todos", dice Yánover, orgullosa, y destaca: "La filosofía creció mucho. El feminismo también, es una sección que rebasa todo el espacio. Algo similar ocurrió con la literatura infantil; ¡qué suerte que los chicos empiecen a leer!"

Libros, libros y más libros en Norte
Libros, libros y más libros en Norte

Si hay algo que la caracteriza es su compromiso con la lectura. Mientras, afuera, la lluvia se agolpa contra el capó de los autos, ella habla de sus últimas fascinaciones. Menciona a Silvina Giaganti, a Carlos Busqued, a Elsa Osorio. Va y viene por el local, trae libros, busca otros, los muestra, recomienda, pregunta, escucha. Es una mujer abierta a la literatura, y su librería, el encuentro con eso que nadie podrá derribar jamás: la curiosidad literaria como deseo infinito.

Eterna Cadencia – Honduras 5574
Librero: Ramiro Maxes

Hace casi diez años, Pablo Braun fundó una librería en el corazón de Palermo Hollywood, un lugar donde los canales de televisión y los bares de moda parecían cercenar la posibilidad de un ámbito para husmear libros nuevos y de vanguardia. Eterna Cadencia es hoy un nombre ineludible a la hora de pensar el mapa de la literatura local. "El fuerte o el eje principal de la librería es la selección y el catálogo de narrativa", dice Ramiro Maxes, su librero más joven.

Eterna Cadencia
Eterna Cadencia

"Todavía me cuesta ponerme la camiseta porque estoy hace cuatro o cincos años en el rubro —se excusa, y continúa—, pero ha ido mutando el rol del librero. Creo que en una época previa a internet era algo absolutamente distinto. En ese sentido, el librero tenía un rol más chamánico, en el sentido de iniciático. Era como el medio entre los libros desconocidos, entre una cierta información que sólo él concentraba y que iniciaba al lector en algunas lecturas, en algunos autores, en algunos libros. Eso, obviamente con Internet, se ha ido modificando desde el punto de vista de que los lectores están mucho más informados".

Entrar a Eterna Cadencia es atravesar una puerta antigua, de esas altas y delgadas, caminar sobre el parquet, sentirse envuelto por el exotismo de sus lámparas y adornos. Hay un restaurante en el patio, un sala al fondo con sillones, una terraza vidriada. "La idea es combinar, no sólo el espacio de la librería como comercio de libros, como expendio de libros, sino también con un ámbito de socialización como es el café, y también la idea de que la librería puede albergar actividades relacionadas al libro y a la lectura. Acá se hacen presentaciones y talleres, por ejemplo", cuenta el librero.

Eterna Cadencia
Eterna Cadencia

Y si bien las novedades literarias se imponen en esta librería, el desconcierto no desaparece: la cantidad de autores y de títulos requieren un guía, una especie de asesor, y ese es el librero. Pero para Maxes, hay una pérdida en "el aura y la mística" de esta profesión. "Hoy en día pasa mucho que viene el lector o el comprador con el celular y te dice '¿tenés este libro?' Entonces el librero pasa, cada vez más, del chamán al empleado de comercio, es decir, aquel que atiende un comercio como cualquier otro y te facilita la mercancía simplemente", dice y continúa: "Si todo se mecaniza, podría pensarse en la desaparición del librero. Obviamente depende de la librería. Influye muchísimo el rol que la librería le da al librero dentro de ella".

Pero, al fin de cuentas, ¿qué significa ser librero en Buenos Aires? ¿Qué significa la inquietante presencia de una librería en esta metrópoli ansiosa? "Acá se palpa que hay una cultura de librerías —concluye Ramiro Maxes—. En momentos de recesión económica se están abriendo librerías y surgen proyectos editoriales. El mundo del libro en Argentina es bastante activo, y en Buenos Aires ni hablar. Obviamente, eso tiene un correlato con la gente: si no hubiera un público lector que se hace cargo de eso sería imposible que prosperaran las librerías como tales y como factor de identidad cultural".

*VIDEO. Cámara: Mauro Franceschetti. Edición: Sofía Boutigue y  Lihueel Althabe

 

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