
Si la ópera contemporánea es siempre un desafío, abrir la temporada del Teatro Colón con una obra compuesta en 1998 sobre un libreto basado en las Tres hermanas del autor ruso Antón Chejov, cuya trama dramática es minimalista, lo es más aún. Es un género todavía muy apreciado por una gran parte del público habitué fiel a un repertorio que conoció un enorme éxito en el siglo XIX y cuya renovación siempre es un reto.
En este contexto, esta apertura atípica tiene el mérito de sacudir las costumbres y convocar la sensibilidad desde una escucha distinta, sin chocar ni provocar la incomprensión.
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La pieza, situada en el giro del siglo XIX al siglo XX en una insípida campiña de la Rusia del zar Nicolás II, muestra el ocaso de una familia acomodada: tres hermanas, dos de las cuales, Irina y Olga, están aún solteras, y Masha, casada con un docente por el cual no siente ni admiración ni amor, un pálido hermano Andreï y su autoritaria y egoísta esposa Natasha.
Muertos los padres, los jóvenes adultos se encuentran frente a la vacuidad de sus propias vidas. La atmósfera es pesada, las esperanzas raras y se desvanecen rápidamente. Sin proyectos, la familia se deja absorber por la tristeza. La única distracción es la visita regular de los oficiales de un regimiento de paso por la región, pero sus pretensiones amorosas hacia Irina y Masha se convierten en presiones y desilusiones. El regimiento está a punto de levantar campamento, dejando de nuevo solas a las hermanas.
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No hay actos en este libreto de Claus Henneberg y Peter Eötvös, quienes adaptaron el argumento original sin seguir el orden cronológico. La ópera está dividida en un prólogo y tres partes que narran los hechos desde tres puntos de vista diferentes: el de Irina, la menor, el de Masha y luego el de Andreï. Esta construcción ofrece al oyente la posibilidad de seguir los distintos tratamientos musicales atribuidos por el compositor a cada uno de los caracteres.
Tres hermanas de Péter Eötvös, dirigida por Rubén Szuchmacher, invita a una escucha distinta sin romper drásticamente con los códigos tradicionales del género, ni del lado de la puesta en escena, ni del de la música, que es exigente para cualquier público por la riqueza y opulencia de sus materiales y al mismo tiempo aparece trabajada por el compositor en delicada relación con los elementos del tradicional diálogo operístico entre texto y música.
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Los juegos de correspondencias entre sonido y sentido, a veces invertidos con respecto a lo convencional, pero no menos perceptibles, están presentes desde la apertura: las tres voces puras de las hermanas entonan una curiosa oda a la felicidad de tonos grisáceos, invadida de disonancias y distorsiones que rozan con lo siniestro. La elegante extrañeza de esta contradicción interna y del universo sonoro instalado de entrada da el tono vacilante, el pulso íntimo de sujetos inciertos en un marco social de conformismo y uniformidad.
La profusión de los materiales desplegados por la orquesta durante la primera secuencia exige del oyente que encuentre su propio camino a través de planos sonoros todavía compactos.
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La escenografía de Jorge Ferrari es clásica y privilegia lo bello, equilibrado y armonioso. La monocromía de grises de la mansión adhiere a los estados de ánimo de una hastiada burguesía provincial.
Poco a poco, el paisaje sonoro pintado por la orquesta se descomprime, a medida también que el oído va domesticándose ante la música de Eötvös. Fórmulas, trazos y colores se perciben diferenciadamente en el fértil trabajo orquestal a medida que la personalidad de los protagonistas se revela. Los retratos psicológicos se afinan y las fisuras interiores de las tres hermanas, extrañamente cautivas de la monotonía de sus existencias, afloran.
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En un universo de ociosidad y aburrimiento, las emociones y contradicciones internas de los personajes son el nodo del drama. Szuchmacher conserva siempre el marco estético de gran mesura en la expresividad de los actores que marca su sello. En este grado de sutileza de la representación psicológica, la línea entre la valorización del texto y una austeridad alejada del sentimentalismo es tenue, y un espectador ávido de demostraciones de emoción podría frustrarse en esta puesta en escena que mantiene los sentimientos bajo control. Sin embargo, la belleza y extrema calidad del espectáculo en todos sus aspectos se imponen. La homogeneidad del conjunto de cantantes, la calidez y excelencia de las voces femeninas, el equilibrio que brindan las voces masculinas de igual calidad, alzan la representación musical al primer nivel.

La intensidad intimista mantenida a distancia en escena se encuentra en el denso y complejo tejido musical. El compromiso de sobriedad teatral exige un espectador activo. Nos deja el rol de buscar, percibir y leer en qué este texto puede – o no- tocar una cuerda sensible en nosotros y encontrar un eco en nuestras propias vidas. No es cosa fácil, más de un siglo después y en un sociedad que atravesó una historia radicalmente distinta de la que vivió el público de Chejov en su época. Lo propio de este « eco » interior, cuando sucede, no consiste forzosamente en un placer instantáneo. Puede resonar más tarde, a veces profunda o confusamente en nosotros. Hay que dejar a algunas obras un cierto tiempo de latencia antes de saber cual fue realmente su valor en nuestra experiencia vital.
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El desafío de la ópera Tres hermanas superado por el conjunto de artistas convocados por el Teatro Colón también es éste: proponerle al espectador-oyente tomarse el tiempo de interesarse en un universo sonoro intenso, penetrante y complejo, aunque no inaccesible, y en una ópera de la intimidad… De algún modo, invita a tomarse el tiempo de convocar e interrogar hondamente nuestras propias sensibilidades.
* Tres hermanas, ópera de Peter Eötvös. Funciones: domingo 18 a las 17.00 y martes 20 a las 20:00. Con la dirección musical de Christian Schumann, la régie de Rubén Szuchmacher, escenografía y vestuario a cargo de Jorge Ferrari y diseño de iluminación de Gonzalo Córdova. Jovita Vaskeviciute, Anna Lapkovskaja y Elvira Hasanagic cantan los roles principales. Teatro Colón, Cerrito 628, (CABA).
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