Puede ocurrir que un desliz en la programación de un gran teatro se transforme, por azar, en celebración de una efeméride. Proyectada para la accidentada temporada 2017, Tres hermanas de Peter Eötvös pasó a encabezar el ciclo de ópera de este año. Razones de peso, sumadas al poder de la casualidad, lograron un efecto imprevisto: el estreno argentino se pospuso lo suficiente como para coincidir con el día de su estreno mundial, un 13 de marzo en Lyon, hace exactamente veinte años. ¿Debemos sumarnos al festejo? ¿Por qué deberíamos ir a escuchar esta ópera cantada en ruso, de un compositor húngaro cuyo mero apellido nos cuesta pronunciar? Hay sobrados motivos. Comencemos por los estrictamente musicales.

País complejo sobre el que ignoramos casi todo, Hungría engendró un decisivo linaje de compositores que, después de Béla Bártok y Zoltán Kodály, marcaron el paisaje musical de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Es el caso de György Ligeti y de György Kurtág, una línea que se continúa con Péter Eötvös, que además de compositor, es un extraordinario director de orquesta.
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Ya a los 11 años, Eötvös compuso una cantata que sometió a consideración de Ligeti, de quien se volvería amigo y colega. Fue alumno de Kodály, pero mucho después asistió a los míticos cursos de verano de Darmstadt. Pasó a estudiar en Colonia. Luego conoció a Stockhausen, de cuyo ensamble fue miembro; también dirigió sus obras e incluso estuvo a cargo de algunos estrenos. En la década del 70, incursionó en la electrónica. Condujo el concierto de apertura del IRCAM en 1978 y, por decisión del propio Pierre Boulez, fue director del Ensemble InterContemporain desde 1979 hasta 1991. De allí en más, su carrera continuó en expansión.

Son tan notables sus obras del rubro "música pura" –empezando por su segundo Concierto para violín (2011), dedicado a Midori– como las de índole paisajístico, entre las cuales figura El vuelo del águila por los cielos (2012). El mismo interés generan sus composiciones cosmológicas, como la muy reciente Multiversum (2017), para órgano, órgano Hammond y orquesta, o la muy temprana Cosmos (1961), que se inspira en la experiencia del astronauta Yuri Gagarin y que todavía acusa la influencia de Bártok.
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La búsqueda de sonoridades inusitadas llevó a Eötvös a explorar la amplificación electrónica de los instrumentos y los efectos estereofónicos. El compositor húngaro, por lo demás, siempre concedió un rol prominente a la dimensión teatral y al modo en que los sonidos se desplazan por el espacio. Con frecuencia cuestionó la distinción convencional entre escenario y auditorio, planteando una disposición sonora y espacial alternativa. En Atlantis (1995), por ejemplo, los diez percusionistas se sitúan tanto alrededor de la audiencia como de la orquesta, en busca de una sonoridad "utópica", soñadoramente ajena al espacio y el tiempo.

Muchas de las obras de Eötvös son formas oblicuas de dramaturgia musical. Ópera China (1986), por ejemplo, es una obra orquestal, que se estructura en torno a la acumulación y el desplazamiento de masas sonoras, pero a su vez demanda que los ejecutantes articulen un texto mediante sus instrumentos. Correspondencia (1993), por su parte, se plantea como una serie de escenas para cuarteto de cuerda. Es un tipo de "teatro musical" puramente instrumental, donde las frases remiten a pasajes del intercambio epistolar entre Mozart y su padre, durante el tenso año de 1778.
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En Plegaria (2002), la escritura coral se abre camino a través de translúcidas texturas orquestales y timbres cambiantes. Aunque se basa en obras de dos poetas, vuelve a narrar el mito de la creación en un lenguaje inventado, rara mezcla del polinesio con el latín. A veces, la expresión gestual, o formas del canto hablado, se asocian a la interpretación de un sonido: como ocurre con los percusionistas en el Salmo 151, en memoria de Frank Zappa (1993), o en la fabulosa Speaking Drums (2013).

También son numerosas las incursiones de Eötvös en el teatro musical en sentido estricto. Asombran por lo ecléctico sus fuentes literarias. Adaptó en plan operístico El balcón de Genet y Del amor y otros demonios de García Márquez, y antes había propuesto una relectura de la Aída de Verdi en su ópera de cámara Radamès. Alternativamente pudo musicalizar una novela de Alessandro Baricco y el drama sobre el HIV –Angels in America– de Tony Kushner.
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Pero entre todas sus óperas, Tres hermanas conquistó un lugar de excepción. Se estrenó en 1998, en la Ópera Nacional de Lyon, bajo la dirección de Kent Nagano y con una fascinante puesta de Ushio Amagatsu que incorporaba elementos del teatro kabuki. En esa ocasión, los roles de las tres hermanas, así como los de Natasha y de Anfisa, fueron cantados por hombres. Enseguida se transformó en una de las óperas más interpretadas de la música contemporánea: al día de la fecha, ya se ha representado en casi 30 ciudades.

Tres hermanas se destaca, además, por la calidad del texto literario que se atreve a reelaborar y deconstruir. Esta obra tardía de Chéjov se estrenó en 1901, bajo la dirección de Konstantín Stanislavsky, nada menos, quien además interpretó el rol del coronel Vershinin. A pesar de su título, narra la historia de cuatro hermanos, tres mujeres y un varón: Olga, Irina, Masha y Andréi. Estos hijos del general Prózorov languidecen en una capital de provincia; muy lejos de su oriunda Moscú, experimentan cómo sus vidas se malogran con el paso del tiempo.
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Es una fábula sobre las esperanzas rotas y los anhelos incumplidos. Las circunstancias de la vida provinciana conspiran para que, tontamente, todos confundan la atrofia de su voluntad con una fatalidad del destino. Hay cortejos inconducentes y amoríos adúlteros, un incendio de madrugada, un duelo que se perfila inofensivo pero que acaba con resultados nefastos. En el último acto, incluso el destacamento militar –lo único que aporta algo de vitalidad a la ciudad– acaba abandonando la región.

Eötvös adaptó el drama junto al libretista Claus Henneberg. Originalmente, el libreto estaba escrito en alemán, pero ambos optaron muy pronto por recuperar la magia de la lengua rusa: en esta versión podremos escucharlo en Buenos Aires. Los cuatro actos de Chéjov se transformaron en un prólogo y tres "secuencias", dedicadas a Irina, Andréi y Masha. Esto arroja luz sobre sus decisiones desde puntos de vista diversos: un mismo evento puede reaparecer en más de una ocasión, cada vez bajo una perspectiva levemente modificada. En lugar de acentuar la progresión dramática, esto le confiere a la pieza la atmósfera de un "tiempo suspendido".
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Cada personaje tiene una idiosincrasia instrumental. Las flautas se asocian con Olga; los clarinetes a Masha y su marido; el oboe y el corno inglés a Irina; y así sucesivamente. Esos instrumentos pertenecen a un ensamble de 18 músicos, donde el acordeón ocupa, ya desde el principio de la ópera, un lugar fundamental. Por otra parte, hay una gran orquesta de 50 intérpretes que se ubica detrás de la escena. A estas sutilezas de la instrumentación se suma la nitidez de la escritura vocal del autor, en la que a menudo se percibe un dejo de expresión posromántica.

Aunque no faltan los momentos de humor, es un drama cuya melancolía crece acto tras acto (o secuencia tras secuencia). Asombra constatar que el propio Chéjov estaba convencido de haber escrito una comedia, incluso un vodevil. Eso, al menos, es lo que cuenta Stanislavski en sus Memorias, al recordar las circunstancias de los ensayos y el estreno. Ya sea que contemplemos la obra teatral o escuchemos la ópera basada en ella, es difícil no reencontrar en el hogar de los Prózorov algún aspecto de nuestra propia familia. Felices o desgraciados, tontos o perspicaces, todos compartimos la inquietud que expresa el teniente coronel Vershinin: "¿Qué pasaría si se pudiera comenzar a vivir de nuevo, y de modo consciente? ¿Si una vida, la que ya se vivió, fuera, como se dice, un borrador, y la otra, pasada en limpio?" La vanidad de nuestras aspiraciones y la persistencia de las familias disfuncionales le garantizan a Chéjov, mal que nos pese, una interminable vigencia.
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* Tres hermanas, ópera de Peter Eötvös, se estrena el próximo martes 13 a las 20:00, en el Teatro Colón. Las siguientes funciones tendrán lugar el viernes 18 y martes 20 a las 20:00, y el domingo 18 a las 17:00. Con la dirección musical de Christian Schumann, la régie de Rubén Szuchmacher, escenografía y vestuario a cargo de Jorge Ferrari y diseño de iluminación de Gonzalo Córdova. Jovita Vaskeviciute, Anna Lapkovskaja y Elvira Hasanagic cantan los roles principales.
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