
De repente abrís los ojos y un ángel dorado está gritando y cantando y no hay forma de salir, ni a los costados, ni arriba, ni abajo; estás dentro de una dimensión extraña —no es un sueño ni una alucinación, tampoco un viaje psicoactivo— y la música que oís no tiene nada que ver con lo que suena en los boliches o en las radios habitualmente. Lo que ves es hermoso pero también es insólito, completamente atípico y esa extrañeza contiene agazapada una pizca de terror que no estalla porque la experiencia es definitivamente grata. Entonces te relajás, te distendés, te dejás llevar. Björk Digital es el nombre de la exhibición que se expande por cinco salas de la Usina del Arte y propone sumergirse en los albores de eso que hace algunos años el arte contemporáneo abrazó con entusiasmo: la realidad virtual, una efectiva posibilidad de construir contenido estético y sensible gracias a las máquinas y sus sistemas digitales. Pero, ¿se puede seguir hablando de arte? ¿Cómo utilizar las etiquetas, cómo encasillar lo indefinido, lo inclasificable?
Esa otra dimensión
El martes al mediodía todo era gris: el cielo, el clima frío, la lluvia inminente. En La Boca, la desolada Autopista Buenos Aires-La Plata parecía un paisaje soviético. Debajo, el espacio llamado (justamente) Bajo Autopista, sobre la avenida Pedro de Mendoza, a metros del ingreso principal a la Usina del Arte, un lugar que parecía estar ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. Un cápsula discreta. Algunos guardias de seguridad y una recepcionista que pide dejar el bolso en un locker son apenas el inicio del recorrido. Como en el teatro: un despojo y dejarse llevar.

Tras la primera cortina negra, la primera sala: una tablet y auriculares en un juego lúdico mediado por la aplicación que creó Björk para su disco Biophilia en 2012. Una serie de constelaciones se mueven a partir del tacto y la música empieza a ser materia manipulable. Ya en la segunda sala aparecen los cascos de realidad virtual: el espectador —que más que espectador es usuario— se sienta sobre una de las banquetas que giran en 360 grados y, con el casco y los auriculares puestos, se sumerge en una caverna oscura de Islandia donde Björk canta "Black Lake" (de su último disco, Vulnicura, que lo presentó en 2015 con una retrospectiva en el MoMa), una canción triste como las rupturas definitivas. La tercera sala es igual sólo que la caverna es una playa y Björk canta, sonríe, y te rodea triplicada con una música ("Stonemilker") que tiene el optimismo de las carreteras.
¿Cómo sigue el viaje? La cuarta sala es un ingreso formal a la garganta de la cantante, su lengua, el paladar, los dientes; la canción que suena es "Mouthmantra" y ese dolor devenido optimismo se torna más psicodélico y atronador. Pero la gran vedette, el gran final, la sala quinta es lo que da lugar a la interacción. Dividida en dos partes —en la primera, la canción es "Notget"; en la segunda, "Family"— un ángel dorado lanza hilos de luz, hay estrellas, también una vulva estelar y la dimensión desconocida está ahí, o al revés: es el espectador-usuario el que está dentro de esa dimensión.


El experimento eterno
La música, la estética, el nombre, todo en Björk es raro y parece salido de otro mundo, de otra época, de otro plano. Nacida en ese fragmento desprendido de Europa llamado Islandia, hija de una madre ecologista, de un padre un electricista y de un padrastro músico —Svævar Árnason, conocido como el Eric Clapton islandés—, su identidad se construyó a partir de la excentricidad. Tenía apenas diez años cuando grabó su primer disco. Le puso Björk, como su nombre —tan exótico y poderoso que decidió omitir su apellido: Guðmundsdóttir—, y contó con temas originales, algunos covers y una canción instrumental donde se lucía con la flauta. Si una mente tan joven podía crear un disco así, ¿cómo sería el futuro? Navegó por algunas bandas de punk hasta que decidió instalarse en Londres y retomar lo que de niña: una carrera solista. En 1993 lanzó Debut y la historia siguió como una interminable línea ascendente. Es difícil describir su música; para muchos, la mejor etiqueta es la de experimental. Pero, ¿qué significa eso realmente? Quizás lo mejor sea no poner ninguna etiqueta —pero la no etiqueta ya sería una etiqueta—, como cuando uno envía un mail y no sabe qué poner en el asunto. Si lo manda vacío, al otro le llega: "(sin asunto)". En ese sentido, Björk es una ironía, un continuo experimento huidizo.
Escuchar hablar a Björk es tan hipnótico como oir sus canciones. En Islandia se habla islandés, una de las lenguas con menos evolución lingüística. La hablan apenas 320 mil personas, prácticamente toda su población, y su alfabeto está lleno de signos diacríticos. Cuando Björk habla, al igual que cuando canta, pronuncia mucho la letra R, por ejemplo. La deja sonando como un mantra e inmediatamente se apaga, pero al rato, en la siguiente oración, vuelve. Hay algo de tecnológico en ese sonido. Un sonido que, acompañado por las exóticas imágenes virtuales de esta muestra, adquiere más fuerza dejando en claro su esencia: Björk es un eterno experimento, una continua máquina de transgredir lo esperable.

En estos días, ingresar al espacio Bajo Autopista de la Usina del Arte es meterse en los sueños de Björk. Coloridos, brillantes, audaces, pero con cierta tristeza inevitable que genera el universo digital y su desapego definitivo de "lo natural". En ese sentido, se parecen también a las expectativas de los personajes de la serie británica Black Mirror, o a la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, incluso a Los cuerpos del verano del argentino Martín Felipe Castagnet. Las máquinas nos sirven, pero también nos asustan. Sin embargo, entre tanto artificio, entre tanta realidad virtual, hay una historia de esperanza, la que narra ella misma con sus canciones a lo largo de la muestra con los diferentes estadíos representados en las salas: tras separarse de Matthew Barney, su búsqueda interior y las ganas de seguir haciendo música y arte. Del dolor a la emancipación; siempre hacia adelante, hacia lo que está por venir. Esa esperanza de Björk Digital es, además, un manifiesto: el arte como un puente hacia lo desconocido, lo inexplorado, lo indefinido y lo inclasificable. Lo mejor, lo que está por venir.
Björk Digital
Espacio Bajo Autopista, sobre la avenida Pedro de Mendoza, a metros de la Usina del Arte: Agustín R. Caffarena 1 – CABA
Martes a jueves de 14 a 19 horas – Viernes de 12 a 21 horas – Sábados, domingos y feriados de 10 a 21 horas
La entrada es libre y gratuita
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