
En una plazoleta del centro de Rosario y frente a la Estación Fluvial, donde en verano la gente hace fila para subir a las lanchas que cruzan a las playas del otro lado del Paraná, hay una estatua de hierro de un joven soldado argentino.
Este soldado anónimo (ya no tiene la placa que lo identificaba) -que en realidad no lo es- constituye uno de los pocos símbolos que persisten de la Guerra del Paraguay, el conflicto que hace mucho tiempo hizo sangrar a cuatro países y que hoy casi no se recuerda, aunque está ahí.
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Está en la figura de hierro del abanderado Mariano Grandoli, el adolescente rosarino que se hizo fusilar por el fuego de las trincheras paraguayas en un acto tan épico como absurdo durante la batalla de Curupaytí, el fallido asalto del ejército aliado de Argentina, Brasil y Uruguay que atrasó pero no impidió el desenlace de la guerra.

Está también en los museos de historia, visitados por chicos de escuela obligados. Está en monumentos y mojones en las provincias de Entre Ríos y Corrientes. Está en el barrio de Palermo, en Buenos Aires, donde generales de la guerra como Paunero, Gelly y Obes y Chenaut, recibieron nombres de calle como galardones. Está ahí, estancada en símbolos que ya no parecen invocar nada.
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Es difícil definir con precisión por qué esta guerra, que tuvo un rol tan marcado en la construcción del país, pasa desapercibida. Quizás por su impopularidad y las revueltas internas que generó; o el aniquilamiento del pueblo paraguayo que tuvo como desenlace; o el hecho de que el conflicto fue encarado por un país anterior, que estaba a punto de cambiar su identidad por la llegada masiva de los inmigrantes.
El desinterés por esta Guerra Grande, como se la conoce en el Paraguay, es casi tan grande como su épica, su sinsentido y el catálogo de imágenes tan aterradoras como bellas que puede engendrar. Frente a ese potencial expresivo empecé a pensar hace años que todo esto podía ser ejecutado con mucha más fuerza en una novela.
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Una novela que fuera también una crónica imaginada, que intentara mostrar en el detalle y el enfoque acotado las condiciones de los soldados aliados en la mugre del día a día mientras se hacen paso entre los esteros del Paraguay y malviven en los campamentos.
Con ese objetivo intenté narrar desde los ojos de un soldado argentino que pudiera ser cualquier soldado, que tuviera un apellido que lo vinculara a su tiempo y su tierra, pero no un nombre. Que buscara sobrevivir por sobre todo, pero sin dejar de cumplir lo que los otros, en tiempos excepcionales, esperaban de él.
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Traté también de hablar sobre el río, un desafío para los que que crecimos en su costa y lo vimos siempre en movimiento, porque el río, primero el Paraná y después el Paraguay, fue el que llevó la destrucción en ambos sentidos de su curso. De la invasión de Corrientes, al asedio de Humaitá y la marcha sobre Asunción.

En 2016 la gente de la editorial Olmo confió en este relato y decidió publicarlo. Lo titulé Retrato de Marte porque me propuse hacer una descripción, porque el libro habla sobre la violencia y la identidad, y porque las comparaciones con esa otra Gran Guerra de 1914, y el registro de ésta que hizo el pintor alemán Otto Dix (como en el Paraguay lo hizo Cándido López) titulado Autorretrato de Marte -en la mitología romana, Marte es el dios de la guerra-, me resultaron siempre inevitables.
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* Retrato de Marte. Una historia de soldados en la Guerra del Paraguay
de Germán Padinger
Olmo ediciones, 2016
100 páginas
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