
"Talán, talán, talán… / Pasa el tranvía por Tucumán / Prensa,
Nación y Argentina / Gritan los pibes de esquina a esquina", reza este tango de 1924 con música de Enrique Delfino y letra de Alberto Vaccarezza, el rey del sainete…
Pero allá en los sesenta y pico, y a nuestros veintipico, el tranvía no pasaba por Tucumán ni por calle porteña alguna…
Una torpeza o un negociado desterró esas moles amarillas, ruidosas y queribles "y en la punta del trole una estrellita", según el poema de Baldomero Fernández Moreno.
Sin su chirriar y su luz, la calle Tucumán quedó desangelada…
Angosta y oscura, apenas iluminada por los anémicos faroles municipales, no había razón para caminar por ella, salvo visita a pariente o trámite burocrático. Sin embargo, nosotros, los cinco o seis de siempre, y siempre de noche, como sombras, acaso urdidos con la materia de los sueños (Shakeaspeare…), llegábamos, sigilosos, ante una puerta impersonal al 600 y pico. Los años le dictan errores a la memoria.
Porque en ese mínimo punto de la ciudad, del mundo, del sistema planetario solar, un hombre y otros hombres –seis en total– desplegaban el milagro de una música nueva…
Más que una música, un hechizo…
Al frente de los otros cinco estaba Astor Piazzolla y su bandoneón, o su bandoneón con Astor Piazzolla…
Tal era entre ambos la historia, el romance, la lucha, la pasión, la revolución que enfrentó al tango-tango y a sus fanáticos…
Tan fanáticos y tan ciegos y tan sordos, que le declararon la guerra al grito gutural, gangoso, cerril de… ¡No es tango!
De haber podido, los más virulentos habrían declarado al demonio Piazzolla… ¡traidor a la patria!
Pero el genio aguantó a pie firme.
Aguantar, en su caso, fue tocar en palcos de barrio, en sótanos nocturnos, en escenarios cuya modestia hacía más grande a ese hombre que, contra el uso y la costumbre, no empuñaba el bandoneón sentadito en una silla y con un pañito cubriéndole las piernas…
No. Lo amaba y lo dominaba y le arrancaba maravillas parado sobre una pierna, y con la otra sobre un practicable…
A veces parecía el perfecto modelo para una estatua. Para el mármol o el bronce…

Y así seguimos, hasta que lo conocí.
Fue en un reportaje para, creo, una revista popular y ya desaparecida…
Sanguíneo. Fogoso. Apasionado en cada palabra, cada letra, cada silencio. Inteligente o más: luminoso.
Escribir sobre él era muy fácil… o era imposible, como le dijo George Bernard Shaw a un preguntón:
–¿Es muy difícil escribir una obra de teatro, maestro?
–No… Es muy fácil, o es imposible.
Pero entre la fascinación, la idolatría, y el oficio que aun me da de comer, urdí un texto satisfactorio, como definió Borges en una entrevista también mía:
–¿La ceguera le ha hecho olvidar la figura del tigre, uno de sus íconos de belleza?
–No del todo… Con esfuerzo, logro urdir un tigre satisfactorio…
Y de Borges hablando… pecado venial o mortal, según quien juzgue.
Porque era inmune a la música. Por lo menos, a la gran música.
Le gustaban las milongas, y algunos tangos "cochinos" (así los llamaban con Bioy Casares) de la edad de piedra.
Cuando en estas playas no había recalado el bandoneón…
La cosa era piano, flauta, violín o guitarra.
Por eso, para él, Piazzolla era anatema…
Pero (y perdón, Jorge Luis) no tenía razón ni derecho a llamarlo "Pianola".
Uno de sus excesos verbales nacidos del arte de injuriar que había aprendido de ciertos escritores ingleses…
Mucho después de la aventura de la calle Tucumán estuvo en una ignota y penumbrosa confitería del barrio de Belgrano, caserón de tejas…
Se llamaba Sí.
Sí: Sí…
Estaba en la calle Mendoza.
Fui con una novia de ascendencia escandinava.
Muuuy linda.
Me aparté cinco minutos para buscar un whisky en la barra.
Volví.
Astor la miraba con codicia.
Lo miré.
Me miró.
Y volvió al escenario.
Si yo hubiera sido ella… creo que me iba con él…
Un par de veranos después le hice una nota en Mar del Plata.
Complicada.
Le interesaba más cazar tiburones y jugar a la pelota…
En su caso, un juego peligroso.
Consistía en tirarle con fuerza una pelota dura, como de béisbol.
Podía ser gol o podía atajarla…
Pero, parado como un arquero profesional contra la parte trasera de una carpa, cada vez que la pelota llegaba a una de sus manos, temí que le quebrara un dedo… o dos.
Para un bandoneonista, un serio problema.
Se lo advertí.
Se encogió de hombros.
Y siguió jugando.
Una noche de los 70, Aníbal Troilo debutaba en el teatro San Martín.
Sala llena.
"Hasta el marco", como dicen los empresarios del ramo.
En la platea, segunda o tercera fila, Astor, con el impermeable puesto: mucho llovió, y seguía lloviendo sobre la calle Corrientes.
Pichuco tiró dos temas, y entre el mar de manos que lo aplaudía… lo vió.
Y lo llamó.
Y Astor subió.
Había un bandoneón sobre el escenario. En ese momento, sin dueño.
Pichuco, con un leve movimiento de cabeza, le pidió que lo agarrara.
Astor obedeció… con el impermeable puesto.
Y el ídolo gordo se limitó a dos palabras:
–Gatillá, Gato…
Y fue la noche de epifanía.
Los dos monstruos sagrados improvisando, haciendo llorar, gemir, reír a ese prodigioso gusano que llamamos fueye, traído al Plata por un alemán…
La ovación casi desploma el techo…

Y una tarde triste, solitaria y final (¿les suenan Chandler y Soriano?), en un piso alto de Libertador, con una lluvia que borraba todo, última entrevista.
Poco importa de qué hablamos.
Él, sentado al piano; yo cerca, en un pequeño sillón.
Me atreví:
–Astor, por favor, tocá "Años de soledad".
Y así fue.
Y tratando de evitar las lágrimas, lo grabé en un Sony vulgar y silvestre.
El que todavía uso, a pesar de la explosión digital.
La cinta duerme como una reliquia en mi biblioteca…
No mucho después, en París, lo abatió un derrame cerebral.
Nunca se recuperó.
Murió en invierno.
Apenas había pasado los setenta años.
Hoy, su música está en los grandes atriles del mundo. Y él, en el Parnaso de los clásicos.
Como Aaron Copland. O más…
Como George Gershwin. O más…
Y esta noche, entre nosotros.
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