"Un día ella habló de una película que se llamaba El sexo de las psicóticas. Y a partir de ahí entendió que todas las historias de amor se parecen pero cada ruptura es caótica a su manera. Lo dijo y empezó a reírse". Así comienza La disolución, la segunda novela de Diego Erlan que Tusquets distribuye en estas semanas. En esas primeras líneas están las pistas de lo que el escritor va a proponer: una mujer intensa que luego del sexo baila, una historia de amor rota que deja a un hombre, Simón, obsesionado por ella, el consumo cultural (de cine, libros y música) y también el caos. A eso se suma un tercero, Ramón Ávila, un viejo bohemio en el que Erlan condensó muchos de los personajes que deambulan por los circuitos culturales porteños de las últimas décadas y sobre el que Simón encara una búsqueda guiada por los celos.

Con una atmósfera que recuerda a Fogwill, Erlan construye una novela en la que despliega su habilidad narrativa con un ritmo frenético que es interrumpido con pausas en las que el lector respira para volver a retomar esa suerte de gran rock and roll que es La disolución. En esta entrevista con Infobae, el autor dice que la estructura que eligió está hecha de retazos y que el origen hay que encontrarlo en su primer libro, El amor nos destrozará, donde hizo su aparición la protagonista de esta novela, Monserrat.

Algunos de esos fragmentos son los emails que ella le escribió a Simón y en donde se filtran —como cuenta Erlan— citas literarias. Monserrat es también una seguidora de Charly García a cuyas letras acude una y otra vez para desarmar a Simón: "Seamos literales, border, no metafóricos: todo el mundo quiere éxtasis. Esa es la verdad. Un misterio de amor, una forma de ser feliz".

—Le propongo comenzar esta charla hablando del título que eligió, porque una disolución uno puede pensarla como algo que se va terminando con tiempo y no en un corte abrupto como parece haberse dado en esta historia de amor.

—Me gustaba "La disolución" en dos aspectos: si bien es el corte de esa relación, que aunque es abrupto como todo corte de relación, a veces son procesos largos, pero hay un momento en que se cortan y deja de ser una relación de pareja, y también por la disolución del recuerdo de esa persona. Me parece que las relaciones de pareja muchas veces son la relación de uno con otro y uno, mientras está con esa pareja, la relación es normal pero después, en el recuerdo, en cómo uno recuerda, la memoria va disolviendo esa imagen que se hace un poco más difusa y uno trata de agarrarse de algunos elementos que van construyendo el personaje. Creo que esta es una novela de construcción de personaje, es el personaje que él se construye a partir de la memoria de esos rasgos de ella, de esas frases de ella, de esos detalles mínimos, quizás intrascendentes para otro, que no son los detalles que lo convierten en algo real. Además, me parecía que "La disolución" era más una cita de una frase que había leído de Julia Kristeva, de Historias de amor: ella decía que en el amor yo es otro, disolverse en el otro es lo que constituye el amor. De algún modo, Simón, el personaje que trata de recordar a Monserrat, entiende que esa pérdida de subjetividad era como volverse ella un poco. Ese fue el intento de esta novela.

—Ella le dice: "El amor, como la poesía, se construye de hermosos detalles". Uno podría decir que eso también vale para la narrativa y lo digo por su trabajo formal en esta novela, que es muy original.

—La construcción y la estructura de la novela fue algo que me dejé llevar también, porque la estaba construyendo a través de retazos. Cuando terminé El amor nos destrozará, me fasciné con el personaje de Monserrat, que aparece sobre el final y dije: "¿Quién era este personaje? ¿Quién era esta chica?". Ahí intenté empezar a construir a ese personaje y lo empecé con anotaciones, con cuadernos; empezaba a escribir cómo podría ser ese personaje para utilizar después esas anotaciones y poder construir una novela común o como la que había construido antes. Ahí me di cuenta de que me gustaba mucho ese ritmo y ese vértigo que tenía la narración hecha con restos y anotaciones al pasar y páginas de un diario. Me gustó construirla de ese modo. También es una pregunta que se plantea en la novela: ¿Cómo se construye un personaje? ¿Cómo se construye una vida?

—Pero hay que decir que el diálogo de esta con su primera novela no está limitado sólo a la presencia de ese personaje, sino también con otros caminos temáticos que trabaja. ¿Está de acuerdo?

—Sí, es algo que no puedo dejar de lado. Ahí hay una frase de [Bob] Dylan que ella cita y es que una canción tiene que atravesarte y me parece que las novelas y todo lo que yo escriba voy a tratar de que me atraviese, me interpele de algún modo y me moleste o me incomode, o me haga reír, llorar… o que me excite. Quiero que la novela provoque algo en mí, no estoy pensando en el otro.

—El texto tiene un ritmo frenético que, puede ser paradójico, se lo dan las pausas que hay con los puntos y aparte, los paréntesis y los párrafos separados. Algo así como muchos solos de instrumentos que generan un gran rock and roll. ¿Ese efecto buscó?

—Mi incapacidad para tocar cualquier instrumento y mi ansiedad para no poder aprender a tocar me hicieron ser escritor. Despliego ahí todo lo que quería y es que una novela sea como una canción, que sea un disco, eso es lo que busco. En las dos novelas busqué lo mismo. La anterior tenía una búsqueda bastante obsesiva de capturar la emoción y la oscuridad de Joy Division, que era la banda que le dio título a la novela. En esta había un soundtrack mucho más amplio quizás, pero quería encontrarle el vértigo un poco roquero, un poco punk, que reflejaba el espíritu de ella. En ese punto, es un poco romántico: ella es excesiva, casi es una mujer de otra época, que tiene un idealismo con las cosas que me parece en algún punto infantil, pero, a la vez, es bastante encantador.

—Es de esas mujeres que te marcan la vida.

—Seguro, y ahí puse mucho de mí también.

Hace cinco años que trabajo en una biografía sobre Fogwill

—Hay un personaje, Ávila, que es fascinante. ¿Estaba pensando en alguien o lo armó con pedazos de esos personajes de Buenos Aires que caminaban Corrientes en los ochenta y que venían de los sesenta?

—Surge de todo eso. Hubo dos biografías que quise escribir en su momento: una es la de Enrique Symns, que está muy presente en Ávila y Fogwill. A Fogwill lo estoy escribiendo, con Enrique Symns me pelee antes de empezar a escribir la biografía. Es esa fascinación por esos personajes que a mí me gustan mucho; me gusta mucho el tiempo de sentarme a conversar en un bar con un tipo de ochenta años que me pueda dar o trasladar la memoria que él tenga de los sesenta y setenta. También por eso es el homenaje que le hago a Jorge Aulicino, que, más allá del epígrafe, aparece en la novela, porque es uno de esos personajes, de esos poetas, que me resultan muy fascinantes. Toda esa época me encanta y me interesa investigar sobre esa época; me hubiese gustado vivir en esa época, pero vivo en esta y lo que hago es esta historia.

—En el encuentro de los tres protagonistas, ¿se propuso plantear un cruce generacional?

—Hay un diálogo intergeneracional. A veces Ávila es mucho más moderno o mucho más salvaje que ellos, y a veces es al revés. Me gustaba que fuese ese encuentro y ese personaje, Ávila, que se escurre de la historia entre ellos dos, me gustaba que fuera un rastreo de Simón tratando de entender cómo había sido la relación entre Monserrat y Ávila, cosa que le resulta un poco misteriosa y un poco fascinante. Además, es el juego entre los celos que él tiene de esa relación entre el viejo y la chica, y también cierta perversión, porque en algún punto Simón se excita con ella estando con otro. Las generaciones van dialogando en las referencias y también en cómo atraviesa ese espíritu, el rock.

—Creo que no sólo el rock. Usted narra una cartografía de los artefactos culturales de Buenos Aires en las últimas décadas.

—Sí, ahí está todo. Mis intereses traté de ponerlos ahí. La manera como ella habla o como escribe está muy atravesada por las cartas de [Néstor] Perlongher, ese modo de trabajar las palabras y las referencias, ahí hay muchas citas metidas entre líneas. Me gustaba que Ávila tuviera algo salvaje a lo Keith Richard, pero a la vez algo totalmente dandy y elegante como el cinismo y la brutalidad de Oscar Wilde. Quería encontrar ese equilibrio. También traté de construir todo un universo real con personajes reales que aparecen, como Fernando Noy o [Rafael] Cippolini, porque eso daba una idea de que esto es posible. Ramón Ávila seguramente existe, quizás no lo conocemos o no sabemos dónde está.

—Percibí una atmósfera de la literatura de Fogwill.

—Estoy trabajando una biografía sobre él hace ya cinco años y esta novela surgió ni bien terminada la anterior. Aparecía como pedazos, pero nunca la escribía. Empecé con el proyecto de Fogwill, empecé a investigar, a escribir un diario de investigación, conseguí bajar el texto y abandoné esta novela. Pero justamente en el diario de investigación de Fogwill, como no sólo escribo sobre él, sino que escribo sobre las cosas que me pasan o lo que estoy leyendo, porque eso quizás en algún momento me va a servir para pensar a Fogwill. Es todo un laboratorio con la idea que dice Darío Canton, que es un poeta, que todo lo que te pasa en la vida te puede funcionar en un texto; apareció esta novela de vuelta y empezaron a aparecer insistentemente ciertas ideas y rasgos, y me puse a pensar que el problema era el mismo: ¿De qué manera se escribe una vida? Y en algún momento escribí un primer párrafo de esta novela que no es el que quedó, pero está más adelante y ahí dije: "Esta novela me está llamando y tengo que escribirla", así que la escribí de una porque ya sabía lo que quería.

—¿Como Fogwill escribió Los Pichiciegos?

—(Se ríe) Sin consumir tantas cosas y en un poco más de tiempo, pero la escribí bastante rápido, y después hice cambios en la estructura porque me parecía que no funcionaba algún capítulo.

—¿En su novela está el homenaje a Charly García que la literatura argentina le debía?

—Es un placer eso, porque Charly es un artista del carajo que me parece fascinante y me encanta. En algún punto, quería que fuera un homenaje, aparece mucho y con muchas citas.

—Aparece su poética.

—Eso era lo que quería, porque también, y esto es algo que pienso siempre, cómo la música, la poesía, la literatura nos constituyen y nos formatean la cabeza para poder entender el mundo y poder enfrentarnos al mundo de algún modo. Enfrentarlo desde un lugar. En ese punto, la distorsión que genera Charly García es muy interesante y nos hace bien escucharlo siempre que podamos.