
El 33,6% de la población colombiana, es decir, cerca de 17,3 millones de personas, enfrenta cada mes dificultades estructurales para gestionar de manera digna y saludable su menstruación. Más allá del dato demográfico, la experiencia menstrual en Colombia se encuentra marcada por desigualdades económicas, sanitarias y sociales profundas, con consecuencias directas sobre la salud, la educación y la autonomía de las personas menstruantes. Así lo muestran los datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) y los testimonios recogidos por Infobae Colombia en una entrevista con Lina Corredor, directora de La Aliada: Agencia pedagógica por los Derechos Sexuales y Reproductivos.
El dato que no se discute: la menstruación como hecho social y de derechos
Para Lina Corredor, el problema central no se limita a la capacidad de comprar una toalla higiénica. “Los obstáculos son múltiples y se sobreponen. El primero es económico: según el Dane, el 11,4% de las niñas, adolescentes y mujeres entre 10 y 55 años reportaron haber tenido dificultades económicas para adquirir productos de gestión menstrual. Pero el problema va mucho más allá de si puedes o no comprar una toalla higiénica”, explicó la directora de La Aliada.
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El informe del Dane confirmó que el 15,1% de las mujeres que tuvieron su periodo menstrual entre mayo de 2021 y mayo de 2022 enfrentaron barreras económicas para comprar los insumos básicos. El 3,3% de las mujeres sin ingresos utilizó telas, trapos, ropa vieja, calcetines, papel higiénico o servilletas para atender su periodo menstrual. El uso de estos elementos alternativos incrementa el riesgo de infecciones y afecta la dignidad. “Cuando no hay acceso a productos adecuados, las personas recurren a alternativas inseguras. Eso tiene consecuencias directas sobre la salud física, pero también sobre la dignidad y la autoestima”, señaló Corredor.
Brechas de acceso y la dimensión sanitaria
La radiografía estadística del Dane dejó en evidencia que el acceso a baños limpios y privados es otra barrera estructural. El 7,9% de las mujeres manifestó haber tenido dificultades para acceder a un baño adecuado durante su periodo. En ciudades como Cali, Tunja, Ibagué y Bogotá, más del 13% de las mujeres reportaron estas dificultades. “3,2 millones de personas en Colombia no tienen acceso adecuado a agua limpia y segura, y el 7,9% de las mujeres encuestadas reportaron obstáculos para usar un baño cercano, privado y aseado durante su periodo”, enfatizó la polítologa.
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A esto se suman los desafíos en zonas rurales, donde la falta de instalaciones sanitarias se traduce en una mayor tasa de ausentismo escolar. Una investigación de Unicef reveló que el 62% de las niñas encuestadas había faltado al menos un día al colegio por factores asociados a la menstruación. “En escuelas rurales del Pacífico colombiano la situación es aún más crítica: una de cada cuatro niñas falta a clases por falta de instalaciones con agua y jabón y por no tener productos de gestión menstrual disponibles. Eso no es un problema menor: es una brecha educativa que se acumula mes a mes”, advirtió la activista.
Pobreza y empobrecimiento menstrual
El concepto de “pobreza menstrual” suele quedar corto para describir la magnitud del problema. “Preferimos hablar de ‘empobrecimiento’ y no de ‘pobreza’ menstrual precisamente porque el término empobrecimiento señala responsables: instituciones, actores políticos y sistemas que no han garantizado estos derechos. Esto es una deuda histórica”, sostuvo Lina Corredor. La falta de acceso a insumos, educación y condiciones de higiene no responde solo a carencias individuales, sino a fallas estructurales del sistema.
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El 21,7% de las mujeres pobres y el 23,7% de las mujeres sin ingresos reportaron dificultades económicas para atender su menstruación. Entre las adolescentes de 10 a 17 años, la cifra asciende al 31%. Además, el 8% de las mujeres ha debido suspender sus actividades diarias debido al periodo, principalmente por dolor físico, pero un 3,3% lo hizo por no tener dinero para adquirir productos de higiene.
Mitos, tabúes y silencios: el peso cultural
Uno de los factores más insidiosos sigue siendo la persistencia de mitos y tabúes que rodean la menstruación. “Los tabúes menstruales son el conjunto de creencias, mitos y silencios sociales que construyen la menstruación como algo sucio, vergonzoso o impuro. Se reproducen en el lenguaje cotidiano con eufemismos como ‘está ventiochuda’, ‘Andrés el que llega cada mes’, ‘está enfermita’ o ‘en esos días están todas histéricas’. Esas expresiones parecen inofensivas pero tienen un peso cultural enorme porque normalizan el ocultamiento y la connotación negativa”, denunció Corredor.
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El estigma no solo afecta la autoestima y la salud mental, sino que contribuye a la desinformación. Mitos como “el dolor menstrual es normal y hay que aguantarlo” retrasan diagnósticos de condiciones como la endometriosis. Otro mito dañino es que “solo las mujeres menstrúan”, lo que invisibiliza la experiencia de personas trans y no binarias.
Políticas públicas: avances y deudas pendientes
En el plano legislativo, Colombia ha dado pasos importantes en los últimos años. En 2018, la Corte Constitucional eximió a las toallas higiénicas y tampones del IVA, y en 2021 extendió esta exención a las copas menstruales. “Eliminar impuestos es un paso necesario pero insuficiente. Si el 94% de las mujeres de bajos ingresos no pueden comprar toallas higiénicas, el problema no se resuelve solo con quitar el IVA”, apuntó la creadora de contenido.
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La directora de La Aliada insistió en la necesidad de políticas públicas integrales: “Se necesitan políticas públicas más amplias: distribución de productos en entornos escolares y de salud. Hace poco estuvimos en una formación a profesionales de salud de una Secretaría de Salud, estaban personas de varias EPS, hospitales, centros de salud y nos dijeron ‘si alguien, por ejemplo, en urgencias necesitara una toalla higiénica, no tenemos’”.
El Dane destacó iniciativas como el subsidio menstrual de Comfama, pionero en el país, que desde 2021 ha entregado más de 11.900 subsidios en más de 30 municipios de Antioquia. También resalta proyectos como Valiente de Profamilia, que ha formado a más de 6.200 niños y adolescentes en salud menstrual y entregado kits reutilizables. Estas experiencias muestran que el trabajo articulado entre Estado, sociedad civil y sector privado puede generar impactos concretos.
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Educación y salud menstrual: una tarea pendiente
“La salud menstrual no puede garantizarse si el sistema no actualiza sus protocolos y no forma a sus profesionales con una mirada de derechos y género”, advirtió Corredor. Solo el 17% de las instituciones educativas en Colombia crea espacios de Educación Integral en Sexualidad (EIS), y la formación de profesionales de la salud sigue siendo deficiente en el abordaje de padecimientos menstruales.
La endometriosis se ha visibilizado gracias al trabajo de organizaciones como Asocoen, pero otras afecciones siguen sin diagnóstico o se detectan tarde. La normalización del dolor menstrual perpetúa el sufrimiento y refuerza la invisibilidad del problema. “Cuando una persona llega a consulta diciendo que tiene dolor incapacitante durante su periodo, la respuesta frecuente sigue siendo ‘eso es normal, tómate un analgésico’. Eso no es atención con enfoque de derechos, es perpetuar el sufrimiento”, denuncia la activista.
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Experiencias comunitarias y redes de apoyo
Más allá de las cifras, la transformación real se produce cuando la gestión menstrual se aborda de manera integral. “El aprendizaje más consistente es que las transformaciones reales ocurren cuando se trabaja simultáneamente en tres niveles: el individual, el comunitario y el político. A nivel individual, la educación que parte del propio cuerpo y de la experiencia que tiene la vivencia menstrual, abre conversaciones sobre la autonomía corporal, sexual y reproductiva. A nivel comunitario, cuando se tejen redes entre organizaciones y entre personas con vivencias menstruales, el estigma se rompe más fácilmente porque dejar de menstruar en silencio y solitario es ya un acto político”, resumió Corredor.
El Dane y las organizaciones consultadas coinciden en que hablar abiertamente de menstruación, promover el acceso a información y productos seguros, y garantizar infraestructura sanitaria adecuada son pasos imprescindibles para cerrar la brecha de la desigualdad menstrual.
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Un desafío de derechos y salud pública
La evidencia es contundente, la gestión digna de la menstruación es un asunto de salud pública y de derechos humanos. Las cifras y testimonios revelan que el acceso desigual a productos, educación e infraestructura limita la autonomía, afecta la salud física y mental y perpetúa la exclusión de millones de personas en Colombia.
“Esto es una deuda histórica. Las organizaciones sociales no podemos ser responsables de una tarea del Estado”, concluyó Lina Corredor. La radiografía de la menstruación en Colombia muestra avances, pero también desafíos que exigen un compromiso sostenido de todos los actores para garantizar el derecho a menstruar con dignidad.
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