
En los últimos días, la marca española La Ciénaga se ha convertido en el epicentro de una controversia en redes sociales que involucra a la tradición, la moda y el debate sobre la apropiación cultural. El motivo: la revalorización de los cestos campesinos colombianos, convertidos en piezas codiciadas y de alta gama en Europa.
La polémica estalló tras la publicación de un reportaje en El País de España, donde la antropóloga y gestora cultural Silvana Bonfante relató el origen de su proyecto. Según sus palabras: “Hace 16 años, en el mercado de Villa de Leyva, un municipio colonial y muy turístico cercano a Bogotá, una campesina sostenía un canasto. A pesar de sus colores y su diseño, no era un objeto concebido para atraer miradas, sino para cumplir una función concreta: llevar la compra de vuelta a casa”.
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Desde ese encuentro fortuito, Bonfante visualizó una oportunidad: “Me los llevo todos”, recuerda sobre aquel primer impulso, aunque finalmente solo eligió uno. “Son irrompibles”, precisó.
De ese momento surgió el germen de una marca que hoy busca “promocionar la cestería del altiplano colombiano, reivindicando en cada pieza historias de identidad, memoria y sostenibilidad”.
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Una propuesta de diseño y memoria

La Ciénaga, establecida en Madrid, se define como una marca de cestos elaborados con fleje de PVC, material de desecho proveniente de cajas de frutas y verduras. El proceso es completamente manual, sin maquinaria, y cada pieza, tejida a más de 2.600 metros de altitud, requiere semanas de trabajo.
La directora insiste en que “los cestos de La Ciénaga permanecen intactos. No he hecho ninguna intervención en la forma ni en el agarre. Son tal cual. Me molesta mucho cuando se habla de ‘poner en valor’: yo solo muestro el valor que creo que ya tienen”. Cada cesto está numerado y registrado, “como si fueran piezas de arte”.
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La primera colección de la marca incluye 200 ejemplares divididos en tres líneas: una clásica, Equinoccio (blanco y negro) y una edición Black con detalles de cerámica y oro de 24 quilates. Todas estas versiones responden, según Bonfante, a una visión “criollo chic”.

“Criollo es una forma de etiquetar un producto que viene de la tradición, de lo hecho a mano, del upcycling, y situarlo fuera de su entorno natural para que sea apreciado por un público que puede reconocer y pagar su valor”, aclara.
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Uno de los propósitos de La Ciénaga es romper la estacionalidad de uso de los cestos, que suelen asociarse al verano. La propuesta apunta a que puedan utilizarse en cualquier contexto. “Estos objetos se producen a tres mil metros de altitud, en clima de páramo, a 10 grados. No tienen nada que ver con la playa”, enfatiza Bonfante. El eslogan de la marca resume esta idea: “no gender, no season, no age”.
Un modelo que busca transformación social
Bonfante afirma que su objetivo no es solo promocionar los cestos, sino “construir un modelo de negocio que ayudara a los artesanos”. Durante más de un año trabajó junto a una cooperativa en Bogotá, en el mercado de Paloquemao, donde el oficio ha atraído a muchos hombres jóvenes.
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“Vienen de contextos humildes, pero trabajan con orgullo y ambición. Se han despojado del machismo para dedicarse a tejer”, explica, destacando cómo la cestería también contribuye a modificar patrones culturales.

La propia Bonfante desafió códigos durante su paso por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Colombia. “Todas llevaban bolsos de lujo, sus Louis Vuitton, y yo iba con mi canasto. Llamaba mucho la atención”. Ese gesto, casi intuitivo, prefiguraba el concepto de desplazar el objeto tradicional de su contexto habitual.
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Actualmente, La Ciénaga opera desde Madrid, ciudad que, en palabras de Bonfante, “se ha consolidado como un punto de encuentro para proyectos que desdibujan las fronteras entre moda, artesanía y cultura”. La marca trabaja en colaboración con Artesanías de Colombia y se inspira en otras iniciativas internacionales.
La controversia en redes sociales y el debate sobre precios
Pese a la narrativa de sostenibilidad y reivindicación, las críticas en redes sociales no se han hecho esperar. Usuarios han acusado a La Ciénaga de “gentrificar” las cestas de zuncho y de practicar “apropiación y extractivismo cultural”.
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Algunos comentarios reflejan el malestar: “Primero el bocadillo y ahora esto, no puede ser... a cobrar regalías por nuestras cositas”, “Imagino que ahora que cruzó el Atlántico el mismo bolso que llevaba mi abuela a la plaza del pueblo, mi madre a la plaza y yo al supermercado, ahora ya no es artesanía, si no arte de 200 € la pieza”.
El centro de la crítica radica en los precios. En la web de La Ciénaga, los cestos pueden alcanzar los 900.000 pesos colombianos. Muchos se preguntan en redes sociales: “¿Realmente cuánto reciben los artesanos que trabajan con la marca?“.
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Mientras tanto La Ciénaga defiende su modelo como una plataforma para rescatar y dignificar oficios tradicionales en un mercado global.
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