La periodista Jineth Bedoya contó cómo su historia de abuso y tortura que experimentó lo transformó en un propósito de vida - crédito Menopáusicas y qué/Instagram
Aunque para muchos, Jineth Bedoya es recordada como la periodista víctima de abuso y tortura en una cárcel de Bogotá a manos de paramilitares, en complicidad con funcionarios penitenciarios, detrás de esa historia de violencia existe una trayectoria marcada por su vocación y el compromiso con el periodismo riguroso.
La escritora y activista contra la violencia de género ha construido su vida y carrera profesional en un entorno marcado por la violencia y el desplazamiento que vivieron sus padres en la Colombia de los años 50 y 60.
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Nació y creció en el centro de Bogotá, en el barrio San Carlos, donde su familia se instaló tras huir de la violencia bipartidista. “Mi mamá sale de la casa teniendo hasta ahora los 14 años cumplidos… y mi papá 17”, relató Bedoya en el videopódcast Menopáusicas ¿y qué?. Estos orígenes, junto a experiencias tempranas de violencia en su entorno, forjaron su carácter y vocación periodística.
Desde su infancia, inclinada por la escritura y la crónica
Desde la infancia, Bedoya tuvo una inclinación por la escritura y la crónica. Su entorno estuvo atravesado por hechos de violencia, como la toma del Palacio de Justicia, y situaciones cotidianas que luego plasmaría en sus textos durante sus estudios de periodismo en la Universidad Central. La cercanía con la realidad dura de Bogotá, sumada a la influencia de maestros como Jorge Cardona, consolidaron su camino profesional.
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La carrera de Jineth Bedoya en el periodismo comenzó en 1996 en la Radio Nacional de Colombia y, poco después, en RCN Radio, donde fue asignada a cubrir una revuelta en la cárcel La Modelo. Su acceso a fuentes internas le permitió descubrir redes de corrupción y tráfico de armas, así como el funcionamiento de la cárcel como centro de operaciones criminales. “La cárcel modelo era la oficina de los criminales en Colombia”, explicó Bedoya, que también lideró iniciativas sociales como la alfabetización de internos y la creación del periódico Libres.
Investigación carcelaria y el detonante del secuestro
Su trabajo la llevó a desentrañar una estructura criminal que involucraba policías, paramilitares y guerrilla. “Descubro que hay una organización que se llama Los Calvos, integrada por policías activos y retirados”, narró en la entrevista.
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Debido a estas revelaciones, Bedoya recibió advertencias sobre el peligro de sus investigaciones; sin embargo, su pasión la llevó a persistir.
El punto de quiebre fue la masacre del 27 de abril de 2000 en La Modelo, donde 42 internos fueron asesinados. Sus publicaciones, que denunciaban la protección a los paramilitares y la impunidad en el penal, motivaron amenazas directas: “Me empiezan a llamar al teléfono, me dicen… le quedan cuatro días, aproveche”.
El 25 de mayo de 2000, tras recibir un mensaje para una supuesta entrevista en el mencionado centro penitenciario, Bedoya fue secuestrada, drogada y llevada a una bodega, y posteriormente a una finca vinculada a paramilitares, donde fue sometida a tortura y violencia sexual. “Me amarraron, me subieron a un carro y salimos”, recordó Bedoya, quien era buscada en ese momento por el fotógrafo que la acompañaría a graficar el testimonio de alias El Panadero, que finalmente fue el señuelo para que visitara el penal.
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Su identificación, pegada al cuerpo, fue una señal de que planeaban desaparecerla. Afortunadamente esto no ocurrió y horas después fue abandonada en una carretera y posteriormente rescatada por un taxi que la llevó a un puesto policial.
Revictimización y manejo judicial del caso
La reacción institucional tras el secuestro incluyó intentos de usar su caso como espectáculo mediático. “Llegaron dos periodistas… y lo primero que me dijeron es, ‘necesitamos grabarle un full para mandarlo a Bogotá’. Yo estaba sin ropa, con el cuerpo quebrado, con la vida quebrada”, relató Bedoya aquel momento denigrante.
Su madre, al reencontrarse con ella, mostró entereza y le transmitió apoyo. “Vamos a estar bien, no se preocupe que vamos a estar bien”, recordó Bedoya.
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Durante años, la justicia colombiana mostró lentitud y negligencia que llevó a que el caso fuera asumido por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH).

Bedoya denunció la revictimización institucional y la falta de garantías: “El estado colombiano me negó la posibilidad de adoptar… me dijeron, ‘usted nunca va a poder ser mamá ni biológicamente ni por adopción, porque a usted en cualquier momento la van a matar’”.
Su caso solo avanzó tras la intervención de las instancias internacionales y la presión de organizaciones de derechos humanos, lo que permitió que los presuntos responsables fueran llamados a indagatoria más de dos décadas después.
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Bedoya enfrentó cara a cara a uno de los señalados, el general retirado Leonardo Gallego, y le expresó: “Yo no lo perdono, me perdono a mí misma. Que la justicia lo juzgue a usted o que la historia lo juzgue”. Tras años de lucha judicial y personal, decidió renunciar a su papel de víctima en la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP): “Renuncio irrevocablemente a mi papel de víctima dentro de la JEP y renuncio al macrocaso 11”.
Vida después del secuestro y activismo
El episodio de violencia marcó un antes y un después en su vida. “A mí me mataron ese día. Me mataron”, aseveró.
Durante años, Bedoya sufrió insomnio, culpa y pensamientos suicidas. “Tenía dos opciones, irme al exilio o suicidarme”, confesó. Su caso fue tan severo que hasta ahora sufre las consecuencias psicológicas y hormonales.
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“Me quitaron todo que hasta eso me lo quitaron. En medio de las crisis de estrés, yo desarrollé síndrome de Hashimoto. Eso es que a ti se te daña completamente la tiroide. Yo tengo hipotiroidismo y hace unos años tuve una crisis muy fregada que me mandó a la clínica y eso me dañó el termostato del cuerpo. Así que tal vez no voy a poder saber qué es sentir la menopausia, porque creo que la tengo desde hace como 15 años”, declaró Bedoya en la entrevista.
Pese a lo experimentado, Bedoya encontró en el periodismo y el activismo contra la violencia de género una forma de transformar su dolor. “El periodismo me salvó la vida. Cuando yo era consciente de que solamente tenía dos opciones… el periodismo estuvo ahí”.
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Bedoya se convirtió en referente nacional e internacional como defensora de los derechos de las mujeres víctimas de violencia sexual. Su testimonio público en 2009, durante la presentación de un informe de Oxfam en Madrid, marcó el inicio de su activismo. “Si usted no habla, seguramente ninguna mujer se va a atrever a hablar”, le argumentaron. Así nació la campaña “No es hora de callar”.
Las secuelas físicas y emocionales han persistido, afectando su salud y sus relaciones personales. “Una violación no se supera. Se aprende a transformar el dolor”, afirmó en el pódcast. Pese a todo, Bedoya continúa trabajando en proyectos periodísticos y documentales, e impulsando leyes y políticas para proteger a mujeres periodistas y víctimas de violencia. “Mi alegría sigue siendo el periodismo… poder visibilizar las historias de una cantidad de gente que es anónima, pero que hace cosas tan hermosas por este país”.
En sus palabras finales, Bedoya envió un mensaje a otras víctimas: “El silencio es una opción, pero en mi caso el hablar fue la opción y por eso digo, no es hora de callar… siempre hay que encontrar qué es lo que nos tiene conectados a la tierra para no hacernos arrodillar”.
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