
La expansión del consumo de tusi entre jóvenes en Bogotá tiene en alerta a las autoridades sanitarias, pues, pese a que la mayoría de sus usuarios reconoce los riesgos asociados a esta sustancia, su uso no solo persiste, sino que se incrementa con el pasar del tiempo.
Un estudio realizado por el médico psiquiatra Luis Fernando Concha Cabrera, magíster en Toxicología de la Universidad Nacional de Colombia (Unal), reveló que el 67% de los consumidores entrevistados presenta una adicción severa al tusi, a pesar de que el 40% es consciente del alto riesgo en su consumo.
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Cabe mencionar que el tusi, también conocido como 2C-B o cocaína rosada, es una mezcla de sustancias como ketamina, éxtasis, cafeína, medicamentos, colorantes e incluso leche en polvo. El estudio advirtió que ninguno de los participantes sabe con certeza qué está inhalando, lo que el consumo del producto agrava los riesgos físicos y mentales.
Entre los compuestos detectados en diferentes muestras figuran lidocaína, tramadol, oxicodona, sertralina, carbamazepina y otros aditivos. Esta combinación potencia tanto el efecto adictivo como la peligrosidad del consumo.

Desde que se popularizó en Medellín en 2007, el tusi se ha vinculado con ambientes de fiesta y alto perfil social. Aunque su precio inicial superaba los $200.000 por gramo, actualmente puede adquirirse desde $20.000, por lo que se popularizó rápidamente en ciudades como Bogotá y Pereira.
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De acuerdo con el estudio, la droga mantiene una imagen de exclusividad y bajo riesgo, reforzada por su color rosado y su presentación llamativa. Sin embargo, la realidad es que su composición variable y tóxica puede desencadenar desde crisis psicóticas y convulsiones hasta hipertensión, fiebre alta, agitación, sudoración y temblores.
Preocupantes resultados en consumidores de tusi
El estudio analizó a 15 consumidores en proceso de rehabilitación, 13 hombres y 2 mujeres con una media de 25 años, y demostró que el 100% de los participantes consumía otras drogas además del tusi, principalmente marihuana, alcohol, cocaína y alucinógenos.
En cuanto a los patrones de uso, el 66,7% afirmó consumir tusi en discotecas, el 33,3% en casa mediante pedidos a domicilio y el 26,7% en entornos educativos. Las motivaciones principales incluyeron el aburrimiento (53,3%), la búsqueda de mejor estado de ánimo (40%), la socialización (40%) y el deseo de olvidar problemas (40%).
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Un dato relevante es que el 67% de los entrevistados reconoció haber incurrido en conductas de alto riesgo bajo los efectos del tusi, como conducir, mantener relaciones sexuales sin protección, sufrir afectaciones físicas o mentales e incluso participar en actos delictivos. La cantidad inhalada por sesión varió entre menos de 1 gramo y más de 10, aunque el rango más común fue de 1 a 2 gramos. El tiempo de uso osciló entre 3 meses y 7 años, y el 13,3 % declaró haber consumido varias veces al día durante el último mes.

Aunque el tusi se comercializa como 2C-B, una sustancia psicodélica con efectos estimulantes, alucinógenos y entactógenos, la mayoría de las muestras analizadas en Colombia no contiene este compuesto.
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Según el Observatorio de Drogas del Ministerio de Justicia y del Derecho, en estas mezclas se han identificado hasta 30 componentes diferentes. El médico toxicólogo Concha aseguró que “estamos ante una sustancia que no tiene una identidad fija, por lo que es imposible anticipar sus efectos en el cuerpo, lo que dificulta tanto el diagnóstico como el tratamiento en casos de urgencia médica”.
La alta variabilidad química del tusi impide la existencia de pruebas rápidas para su detección en servicios de urgencias, lo que complica la atención médica. Las manifestaciones clínicas pueden abarcar desde taquicardias y disociación hasta convulsiones. Además, el estudio destaca que más del 60% de los consumidores tiene una percepción distorsionada del peligro de aumentar su consumo.
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Un hallazgo significativo es que, a diferencia de otras sustancias, aquellos que identifican mayores riesgos asociados al tusi suelen ser los que presentan un consumo más avanzado. Según explicó Concha, citado por la Agencia de Noticias Unal, esto se debe a que “ya han vivido en carne propia las consecuencias del uso problemático, y es en el proceso de rehabilitación donde desarrollan esa conciencia del daño”.

Frente a este escenario, el investigador propone una estrategia de intervención que combine la detección temprana del consumo, la sensibilización sobre los riesgos reales y el acompañamiento terapéutico con enfoque psicológico y familiar.
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“No existe una pastilla que elimine la adicción. Lo que hay son modelos psicoterapéuticos que buscan entender la motivación del paciente y trabajar desde ahí”, afirmó Concha. Además, insiste en que las campañas de prevención deben desmitificar el tusi como “droga de clase alta” y poner el foco en su verdadera composición.
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