
Hace cuatro años falleció el escritor Andrea Camilleri, una de las plumas más destacadas de la literatura italiana en el último tiempo con más de 50 títulos publicados.
Su carrera inició en 1978, con la publicación de “El curso de las cosas”. A partir de ahí, Camilleri escribió hasta donde le alcanzó la vida. Suya es una de las sagas más longevas y apreciadas por los lectores del género policiaco. Nadie olvidará a su icónico personaje, el comisario Salvo Montalvano, que apareció por primera vez en 1994, en la novela “La forma del agua”. Desde entonces, protagonizó alrededor de 40 títulos.
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De sus obras son varias las que se pueden destacar, y es motivo de celebración que muchas las escribiera en su primera etapa. Es el caso de “El precio del honor”, publicada originalmente en 1993. Una obra que cuestiona la corrupción de la sociedad siciliana de la época, donde jueces y políticos, ladrones y mafiosos, pecadores y sacerdotes negociaban entre ellos y contra ellos para ver quién podía ser el más beneficiado. En esta Sicilia de Camilleri se podía negociar hasta con Dios.
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En estas páginas, recientemente reeditadas en español por el grupo Planeta, aparece un Camilleri veinteañero que debe presentarse en la ciudad de Palermo para llevar a cabo un examen. Un amigo de su familia accede a llevarlo a la capital siciliana en su camioneta. En el camino, ambos son sorprendidos por tres hombres armados que se arrojan sobre el vehículo y les exigen un pago a cambio de darles vía libre. Lo que piden deja desconcertado al joven aspirante a escritor: dos cajas de salmonetes, dos de lenguado y dos de pulpo.
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La primera experiencia de Camilleri con la mafia no es como el cine se lo había mostrado. Más allá de la adrenalina que siente al ser detenido por estas personas, en realidad, está viviendo un momento de lo más absurdo. Quizá en la violencia, pareciera querer decir, es en donde reside el sinsentido más severo.
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Con su prosa inimitable y el ingenio de su escritura, Andrea Camilleri conduce a los lectores al interior de una historia inteligente e hilarante que se adentra en los orígenes de una cultura que ha forjado el carácter de toda una época y supo ser el fuerte de una sociedad como la italiana durante muchos años.
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Sobre el autor: Andrea Camilleri

- Nació en septiembre de 1925.
- Fue director teatral, guionista y profesor en el Centro Experimental de Cinematografía.
- Publicó ensayos sobre el espectáculo, crónicas sobre hechos históricos y varias novelas ambientadas en la ciudad imaginaria de Vigàta, en la Sicilia de principios del siglo XX.
- Con la creación del comisario Montalbano, Andrea Camilleri se convirtió en un referente del género negro, reconocido por la crítica y los lectores de todo el mundo.
- Murió en Roma, en julio de 2019.
Así empieza “El precio del honor”
Travagliari —o, mejor, travagghiari— en siciliano significa sencillamente «trabajar», sin diferenciar entre trabajo pesado, romperriñones, y trabajo ligero, solo mental y hasta placentero. En italiano, en cambio, las cosas cambian radicalmente: siempre y en cualquier caso, trabajar implica una grave fatiga, esfuerzo y dolor; en efecto, se usa para hablar de los trabajos del parto, o, en discursos excelsos, nos complacemos de los trabajos del alma.
Durante más de treinta años he trabajado, primero en dialecto, luego cada vez más en italiano, en la radiotelevisión estatal, en calidad de director y productor de espectáculos. Y, así, un día de hace demasiado tiempo me invitaron a ocuparme de la dirección de una investigación televisiva titulada Retrato de familia, de seis episodios, que habría debido de proporcionar una instantánea de la Italia de aquel momento, analizando la vida de algunas familias tipo, desde la de un desocupado hasta la de un importante ejecutivo. Mi primera reacción fue negarme, podía cómodamente aducir el pretexto de que por contrato yo debía ejercer como director de espectáculos (de «ficción», se diría hoy) y que esa investigación ciertamente no era un espectáculo. Pretexto, he dicho: porque la verdadera razón de mi impulso de rechazarla era otra, y entonces no fácil de explicar.
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Ahora, en cambio, me explico. Habiéndome dedicado toda la vida a engañar a la gente a través de l’illusion comique, no tenía ningunas ganas de empezar a engañarla —y esta vez mucho más sutilmente— a través de l’illusion sociologique. En efecto, no hacía falta mucho ingenio ni una profunda agudeza para entender adónde habría ido a parar todo aquel asunto: en la prevista discusión tras cada episodio, hordas de políticos sociólogos curas expertos estadísticos técnicos psicólogos y así sucesivamente se habrían apresurado en explicar a la ciudad y al mundo que, con la excepción de algún pequeño lunar debido a distracción, mejor de como estábamos en nuestro pequeño pueblo no habríamos podido estar.
Lo que me hizo cambiar de opinión fue saber el nombre de quien había ideado y también habría conducido el programa: Giorgio Vecchietti. Nunca lo había visto en persona, pero conocía, en cambio, muy bien a su hermano, hombre de teatro, que firmaba sus comedias con el nombre de Massimo Dursi. Los rumores sobre él referían que se trataba de un caballero y de un buen periodista, alguien, en resumen, con quien se podía razonar. Y esto garantizaba un discreto equilibrio de la investigación. Además, decían siempre los mismos rumores, era un boloñés atento a no desmentir su naturaleza y, por tanto, dispuesto a disfrutar de la buena mesa y la agradable compañía. Pero mi interés por él nacía, ante todo, de que, jovencísimo, había sido codirector de la revista Primato, al lado de Giuseppe Bottai, especie más única que rara de jerarca dotado de inteligencia y cultura.
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Precisamente en las páginas de aquella revista, que afortunadamente llegaba al único quiosco de mi perdido pueblo siciliano, yo me había en cierto modo formado, gastando vista y noches en leer ensayos, cuentos y poesías. Recuerdo que la recensión que Giaime Pintor dedicó a un libro de Ernst Jünger, Sobre los acantilados de mármol, me hizo dar vueltas atontado por las calles del pueblo bajo un bombardeo aéreo mientras la gente me daba voces de que corriera a refugiarme, y recuerdo también que el debate sobre el existencialismo, en el que participaban Abbagnano, Paci, Della Volpe y otros, me provocó una ligera fiebre acompañada por erupciones cutáneas.
Cuando conocí a Vecchietti empecé, en las pausas del trabajo, a hacerle preguntas acerca de personas y acontecimientos del periodo pasado en Primato, y mi insistente curiosidad quizá hizo que también él empezara a sentir curiosidad por mí. El hecho es que comenzamos a salir juntos y a hablarnos el uno del otro, no ciertamente en confianza (corrían demasiados años entre nosotros), pero sin duda en tranquila amistad. Una tarde, mientras estábamos comiendo, me contó algo que le había sucedido un tiempo antes y que transcribo literalmente.
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