
Las emisiones de gases contaminantes son la “espada de Damocles” de los autos con motores de combustión interna. Con argumentos más políticos que técnicos, los países más desarrollados del mundo se embarcaron en el camino de la electromovilidad a mediados de la década pasada, impulsándola como el único camino para poder llegar a la neutralidad de carbono para 2050 como se planteó en el Acuerdo de París de 2015. Fue un error y las consecuencias ya se están pagando con una crisis de proporciones inimaginables apenas cinco años atrás.
Los autos eléctricos son muy costosos, y el sostén que tuvieron hasta ahora por parte de los gobiernos a través de subsidios a los usuarios ya se está agotando porque el déficit es insostenible para las cuentas públicas. Esto ha llevado a una abrupta caída de la demanda y una desaceleración de ventas de autos eléctricos, lo que puso en aprietos financieros a los fabricantes.
En la mayoría de los casos, el único camino rápido para recuperar el equilibrio es el de volver a vender autos con motores a gasolina, más baratos de producir y más accesibles para los consumidores. De hecho, para algunos ya es tarde. Esta semana Volkswagen Group anunció que reducirá 35.000 puestos de trabajo entre 2025 y 2030 en sus fábricas de Alemania como una medida necesaria para salvar la compañía.
Pero vender autos convencionales no es tan simple porque existe el “corset político” del límite de emisiones contaminantes por marca que se debe respetar bajo pena de pagar multas multimillonarias. Por eso regresaron masivamente los motores turbo de baja cilindrada, “porque son más eficientes que un motor híbrido”, aseguraron en muchas oportunidades los ejecutivos de las marcas que están recorriendo ese camino.

“El turbo es un sistema por el cual se aumenta la potencia del motor inyectando aire comprimido hacia el interior de la cámara de combustión”, explicó Fernando Pendola, de Turbo Group, en el interesante blog para usuarios del sitio axionenergy.com.
Lo que se inyecta son los propios gases de escape de la combustión, lo que deriva en que en los cilindros se queme más combustible, generando así más potencia y menos emisiones, y evita la necesidad de aumentar el tamaño del motor. Las necesidades de mayor eficiencia hicieron que una tecnología que siempre se encontraba en los motores diésel, hoy sea cada vez más frecuente en pequeños motores nafteros.
Sin embargo, el turbo requiere cuidados vitales para que funcione correctamente, logre su cometido y no se rompa debido a la alta exigencia mecánica a la que funciona el sistema.
Los especialistas del blog dicen que un turbo debería funcionar adecuadamente hasta llegar a un rango de uso de entre los 100.000 y 150.000 kilómetros, aunque existen casos en los que se extiende por algunos kilómetros más. La durabilidad depende de varios factores, como el tipo de uso del vehículo, el mantenimiento y la calidad del aceite.

Por qué se puede dañar o romper un turbo
- Falta de lubricación: El turbo depende del aceite del motor para su funcionamiento. Si es escaso o está contaminado, puede causar daños.
- Calentamiento excesivo: Si el motor se apaga inmediatamente después de un uso intensivo, el turbo puede seguir girando sin lubricación y así dañarse.
- Contaminación del aire: Partículas de suciedad o algún objeto extraño puede entrar en el sistema y dañar las partes internas del turbo.
- Exceso de carbonización: provocado por una mala combustión o por fallas de algún material interno del turbo.
Hay distintas formas de saber si un turbo está funcionando mal y puede romperse. Las más comunes son una notoria pérdida de potencia, un silbido o chillido cuando se acelera o una emisión excesiva de humo negro o azul. También una luz en el tablero de instrumentos, pero esa indicación implica que el grado de deterioro es más avanzado.
Pero los especialistas explicaron que el turbo “no es una pieza que requiera de mantenimiento, sino que se debe cuidar el motor en general”. Sin embargo, sí hay modos de uso que pueden prolongar la vida útil de un turbo.

Al encender el vehículo se debe dejar el motor en ralentí (regulando a bajas revoluciones) durante al menos un minuto. De ese modo, el circuito de lubricación se completa y el turbo no sufrirá tener que funcionar sin la correcta lubricación.
Algo similar ocurre cuando se apaga el motor. Antes de cortar el contacto se debe esperar que baje de revoluciones hasta quedar regulando por alguno segundos, ya que el turbo gira aproximadamente a 200.000 RPM y puede verse afectado por el corte brusco del circuito de lubricación que genere daños irreversibles.
Una tercera precaución es esperar a que el motor alcance la temperatura normal de funcionamiento antes de acelerarlo a elevadas revoluciones. Del mismo modo, si se le dio un uso intenso en el que se exigió al turbo a funcionar al 100%, por ejemplo en un viaje en ruta, es importante que al menos quede funcionando a muy bajo régimen de vueltas durante algunos minutos para que así el turbo se enfríe y se lubrique adecuadamente.
También se contribuye a un mejor desempeño y durabilidad del turbo si se utiliza aceite de motor específico para motores turbocomprimidos o los que recomiende el manual del usuario de cada vehículo, hacer los cambios de aceite de acuerdo al programa recomendado y utilizar combustibles de buena calidad.
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