
El presidente Joe Biden, lo había anticipado a pocas horas de jurar el cargo. Entre 17 decretos presidenciales firmados como primeros actos de gobierno, había dos que cambiarían el curso del compromiso de Estados Unidos con la contaminación ambiental. Uno era devolver al país al Acuerdo de París y el otro, electrificar el país. Biden anunció el 27 de enero pasado, que reemplazará al completo la flota del gobierno federal con coches eléctricos “made in America”, lo que también generaría miles de puestos de trabajo.
La flota oficial de EE.UU. consta de más de 645.000 vehículos, según el último Informe Federal de Flotas recogido por Electrek. Esto incluye 245.000 vehículos civiles, 173.000 vehículos militares y 225.000 vehículos de reparto la oficina de correos. La decisión no pudo tomar por sorpresa a nadie, puesto que en la misma campaña electoral, Biden había prometido invertir 1.300 millones de dólares en la expansión de la industria del auto eléctrico, con la instalación de 500.000 puntos de recarga para 2030.
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Muchos analistas políticos venían sosteniendo que EE.UU. se estaba quedando atrás sobre la electrificación de la movilidad, mientras China por un lado y de Europa por otro, especialmente luego del anuncio de la Comisión Europea de fines de julio en Bruselas, avanzaban a mayor velocidad para impulsar la transformación.
De hecho, actualmente en Estados Unidos hay unos 1,8 millones de coches con batería, pero solo unos 100.000 puestos de recarga en 41.000 estaciones de uso público. Un estudio realizado por los investigadores de la Universidad de California en Davis, Scott Hardman y Gil Tal, recientemente publicado en la revista Nature Energy, en base a una encuesta hecha a usuarios californianos que compraron un vehículo eléctrico entre 2012 y 2018, dice que uno de cada cinco propietarios de vehículos eléctricos enchufables (PEV), volvió a tener automóviles de combustión interna, porque conseguir cargar las baterías de sus vehículos era un dolor de cabeza.
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Probablemente sea como consecuencia de esta situación, y de una queja pública de Ray Curry, Presidente de la UAW (United Auto Workers), el sindicato de la industria automotriz, al decir que “necesitamos hacer inversiones aquí en EE.UU. Nos estamos quedando atrás de China y Europa”, que Biden invitó este jueves a la Casa Blanca a los conocidos como los “tres grandes de Detroit”, es decir Ford, General Motors y Stellantis (grupo en el que está Chrysler a través de FCA), para anunciar un plan conjunto que persigue como objetivo que el 50% de los automóviles que se vendan en EE.UU. para 2030, sean eléctricos o cero emisiones a través de otros combustibles como el hidrógeno.

De esa reunión quedaron afuera los demás fabricantes que tienen plantas y fuertes inversiones en el país, como Toyota o Nissan, pero llamó la atención especialmente que no fuera invitado Elon Musk, el fundador de Tesla, la compañía pionera en automóviles eléctricos con bases y raíces en Estados Unidos.
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El propio Musk lo reconoció. “Sí, resulta extraño que Tesla no haya sido invitado”, dijo, aunque detrás de esa declaración, solo hay una respuesta que esquiva otra realidad, y es que Tesla se está instalando en China, con la fábrica más grande de ese país, y está logrando que lo consideren un fabricante local, lo cual exime de aranceles a sus autos en el gigante mercado asiático.

Incluso Tesla ha ido más allá en su expansión en Asia, ya que hace pocas semanas anunció que electrificaría completamente los 5.000 kilómetros de la ruta de la seda, que une Zhoushan con Horgos, de oriente a occidente de China.
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Quizás el cambio de administración de Donald Trump a Joe Biden haya dejado fuera de posición de juego a Elon Musk, y ahora tenga que reinventar una estrategia que lo deje bien posicionado con ambos mercados. Difícil, aunque para este sudafricano nacido en Pretoria, nada parece ser imposible.
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