* Copyright: 2019 The New York Times News Service

Ya somos mexicanos: jugamos como nunca, perdimos como siempre. O, en realidad: tampoco jugamos como nunca; solo metimos un par de tiros en los palos.
O no. Vamos de nuevo, de más lejos, como si fuera un periodista: Brasil fue mejor que Argentina porque fue sólido donde debía y, por eso, ganó como suele. No deslumbra, no le sobra nada, pero en este campeonato todavía no le metieron goles y, cuando se los facilitan, va y los hace.
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La Argentina entró con esperanza, como corresponde. Lleva un cuarto de siglo sin ganar un torneo internacional, décadas sin ganarles partidos oficiales a los equipos de primera línea (y menos a Brasil). Pero el fútbol es otra de esas situaciones en que uno espera que las mismas causas produzcan efectos distintos: que la causalidad se rompa, que la lógica parezca un rezongo de amargado. Lo genial es que a veces sucede. Poco, pero lo suficiente como para seguir creyendo.
El partido empezó muy trabado. Los dos equipos, razonablemente asustados, correteaban, toqueteaban, coqueteaban con la idea de jugar al fútbol pero no lo hacían, pura histeria. Se limitaban a circular por la mitad del campo, y lo que hacían sin mengua era marcar con entusiasmo: la famosa presión alta que, últimamente, es el credo del fútbol.
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Hasta que, en el minuto 18, los brasileños apretaron: un caño de Coutinho, un sombrero de Alves, un centro de Firmino y la defensa argentina que decidió no interferir en la belleza y dejó que Gabriel Jesús rematara solo desde el área chica: 1 a 0.
Brasil probaba su eficacia, la Argentina no. Intentaba atacar siempre por el medio y terminaba en el embudo de la defensa brasileña. Messi no la tocaba mucho pero, para ese entonces, los que dicen que la Argentina no sabe cómo usarlo ya tenían ejemplos claros: ese primer corner, por ejemplo, en que De Paul se la tocó para que él se la devolviera y fuera De Paul, no Messi, el que tirara el centro. Pero los argentinos tenían ganas, insistían: era un avance. Paredes desde el medio manejaba, De Paul corría y llevaba, Martínez apretaba. Y en el minuto 30 el fútbol mostró una vez más cómo es el fútbol: Messi de tiro libre echó un buen centro, Agüero cabeceó y todo habría sido tan distinto –este artículo, incluso, seguramente sería tan distinto– si la pelota hubiera pegado cinco centímetros más abajo del mismo travesaño. No sucedió: la realidad es tozuda, un poco boba. Después Brasil descubrió que alcanzaba con dejar jugar –inocuo, inútil– a la Argentina, y así se fue ese primer tiempo.
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Ya en el segundo, la Argentina entró fuerte, decidida. Durante veinte minutos estuvo cerca del arco brasilero, sin saber cómo llegar al gol: alguna arremetida, todo por el medio. Messi, lejos, seguía perdiendo más y más pelotas. En este torneo perdió una media de veinte por partido –y él, que tiene casi un gol de promedio en su carrera, metió, en cinco partidos, solo uno de penal. No fue solamente que jugaba en un equipo desarmado; en esta Copa América algo más le pasaba, y no fue solo el pasto desparejo, los árbitros.
Brasil esperaba atrás, sin apuro. Dani Alves insiste en ser extraordinario, Arthur controla, Firmino y Gabriel Jesús intentan todas; Coutinho, en cambio, le sigue haciendo perder plata al Barcelona: con cada partido, su cotización baja dos o tres millones. Y la Argentina insistía pero, en síntesis, lo perdió en las dos áreas: en la propia tiene una defensa débil, pura agua, jugadores sin categoría y ningún funcionamiento de conjunto; en la ajena no tiene claridad, jugadores que se amontonan y arremeten y un nueve cuesta abajo lento, duro, que las veía pasar o las perdía. Messi, en una, arremetió. Y otro tiro en el palo. La Argentina, además, no tenía suerte.
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Brasil solía ser elegante y dominador; ahora aguanta y muerde y corre y le va bien. A los 26, en un contraataque, Gabriel Jesús trabó y guapeó contra los dos centrales argentinos y le dio la pelota a Firmino para que la empujara. Brasil no es nada extraordinario pero sabe lo que es, hace lo que debe. La Argentina es lo contrario. Se diría que el equipo tiene el mismo problema que el país: se cree lo que no es, no es lo que se cree. Es difícil. Paraguay, por ejemplo, no recibió ningún gol brasileño jugando con su inferioridad y defendiendo a muerte; la Argentina, en cambio, jugó como si fuera tanto más y así se llevó dos –y no marcó ninguno.
Así que ahora algunos argentinos practicarán su deporte favorito: lamentar una derrota que dirán injusta, proclamar que nunca tenemos lo que nos merecemos. Y jugar, este sábado, por el tercer puesto. Brasil, este domingo, tiene todo para ganar la copa. La realidad, una vez más, es necia y despiadada.
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