El avance del brote de ébola en la República Democrática del Congo y Uganda ya supera 1.400 casos y 400 muertes a comienzos de julio, en una epidemia que TIME sitúa como la segunda mayor registrada. La rapidez del aumento y una respuesta internacional más débil han encendido las alertas entre responsables sanitarios y expertos.
El brote preocupa por su velocidad de expansión, porque corresponde a la cepa Bundibugyo, para la que no hay vacunas ni tratamientos ya disponibles como los desarrollados para la cepa Zaire, y porque avanza en una zona con vigilancia débil, desinformación, movilidad transfronteriza y sistemas de salud precarios. Según TIME, especialistas y autoridades sanitarias sostienen que los recortes, la menor coordinación internacional y la pérdida de capacidad técnica han dificultado contenerlo a tiempo.
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El primer paciente del que se informó de forma oficial fue una enfermera que llegó el 24 de abril a un hospital de Bunia con fiebre, vómitos y hemorragias. Los laboratorios locales no tenían el equipo necesario para analizar su muestra y el envío a Kinshasa tardó varios días.
Mientras tanto, ella y otras personas con ébola permanecieron en la comunidad y algunas cruzaron hacia Uganda. El texto de TIME señala que el virus probablemente circuló durante semanas, y quizá meses, antes de que se detectara.
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La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el brote en mayo. Aproximadamente una semana después, al recibir reportes de más casos, lo declaró una emergencia de salud pública de importancia internacional.
La inquietud no se limita al tamaño del brote, sino también a su ritmo. “Nunca habíamos visto una epidemia crecer tan rápido como esta”, dijo a TIME el doctor Alan Gonzalez director adjunto de operaciones de Médicos Sin Fronteras.
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“Esto es enorme”, añadió Gonzalez al semanario. El doctor Tom Frieden, exdirector de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) durante la crisis de 2014, describió a TIME la epidemia actual como una prueba que el mundo no está superando.

Aquel brote en África occidental dejó más de 11.000 muertos e impulsó vacunas, pruebas y tratamientos para la cepa Zaire. Pero la cepa Bundibugyo que circula ahora no queda cubierta por esas herramientas y varios de los avances logrados desde entonces se han debilitado, según especialistas citados por el medio.
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Obstáculos locales para contener el virus
En Mongbwalu una ciudad minera remota de la provincia de Ituri, la detección temprana tropezó con síntomas que podían confundirse con malaria, tuberculosis o con efectos de la exposición ligada a la búsqueda de minerales. Fiebre, dolor de cabeza y dolor corporal no apuntaban de inmediato al ébola para muchos habitantes.
La doctora Marie Roseline Belizaire, directora de emergencias para África de la OMS, relató a TIME una historia que escuchó al llegar a la zona. Tras la muerte de una mujer que había viajado de Mongbwalu a Uganda, el ataúd se rompió durante el traslado del cuerpo de regreso. Quienes participaron en el cambio de féretro enfermaron y murieron 10 días después. “Decían que era brujería”, contó Belizaire a TIME.
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La médica agregó que algunos vecinos le dijeron que habían visto volar el ataúd y que este volvió para llevarse a quienes lo quemaron. En ese contexto, explicó al semanario, el ébola era lo último que se les ocurría.
La forma de propagación del virus agrava el problema. El ébola se transmite por contacto directo con fluidos corporales y los cuerpos de personas recién fallecidas concentran altos niveles del virus. Pero en Congo los funerales incluyen el contacto y la manipulación del cadáver. Ese choque entre el control sanitario y la costumbre social ha derivado en hostilidad contra el personal médico.
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Durante este brote, clínicas fueron atacadas e incendiadas, lo que ha ampliado las dificultades para cortar la cadena de contagios. Según TIME, la pérdida de líderes comunitarios formados en crisis anteriores también debilitó la respuesta local.
En el brote de 2018, Mercy Corps trabajó con gobiernos locales para formar a líderes comunitarios y supervivientes de ébola con el fin de explicar los riesgos del virus y la utilidad de colaborar con el personal sanitario. Pero la inestabilidad en la zona y la reducción de fondos deshicieron esa red.
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Onesphore Bangenza, jefe del equipo de respuesta al ébola de Mercy Corps, dijo a TIME que las autoridades locales ahora tienen que empezar desde cero. “Debían estar aquí; tienen la confianza de la comunidad”, afirmó sobre esas personas capacitadas.
La confusión también alcanza a la propia cepa Bundibugyo. Belizaire explicó a TIME por qué personas vacunadas en brotes anteriores no están protegidas ahora: “El ébola tiene seis hijos e hijas. Y para el primero, tenemos una vacuna. Pero para los otros, no”.
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Cómo pesan los recortes y cambios de política
La respuesta internacional ante emergencias sanitarias se ha debilitado tras el retiro de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo que derivó en miles de recortes de empleo y en la reducción de funciones clave, como la vigilancia y respuesta ante enfermedades.
Expertos citados por TIME advierten que esta salida, sumada a recortes presupuestarios y de personal, ha dejado a Estados Unidos y a la comunidad global con menos capacidad para detectar y responder de manera temprana a brotes epidémicos. Programas de monitoreo en regiones críticas, como el este del Congo, fueron cerrados abruptamente, lo que dificultó la identificación de nuevas amenazas.
La política actual privilegia acuerdos bilaterales y condiciona la ayuda exterior a la alineación con intereses estratégicos, lo que representa un giro respecto al enfoque colaborativo previo. Funcionarios del Departamento de Estado sostienen que los fondos para amenazas como el ébola están en fase de reprogramación, pero organizaciones como Partners in Health advierten que el sistema está experimentando un reinicio no consensuado.
Estados Unidos sigue realizando aportes financieros, aunque en menor escala y bajo un esquema diferente al de crisis anteriores: destinó 270 millones de dólares directamente para combatir el brote actual, junto a sumas adicionales para otros países y para tratamientos y vacunas.
Sin embargo, la comparación con la epidemia de 2014, cuando se movilizaron casi 2.000 millones de dólares solo para la respuesta inmediata, evidencia una reducción significativa. Según responsables de la OMS, la principal pérdida no es solo monetaria, sino la falta de colaboración con los CDC estadounidenses, considerados socios técnicos fundamentales para la respuesta global.
La carrera por vacunas y tratamientos para Bundibugyo
La respuesta médica también avanza con límites claros. Estados Unidos donó dosis de un tratamiento experimental con anticuerpos para la cepa Bundibugyo y los primeros pacientes de un ensayo lo recibieron a comienzos de julio.
Aun así, el control del brote exige una vacuna específica. Teresa Lambe, responsable de inmunología de vacunas de la Universidad de Oxford, dijo a TIME que ya existe una candidata que parece funcionar en animales y que el gran freno nunca fue científico, sino económico.
Semanas después de la alerta de la OMS, la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI) anunció a finales de mayo una inversión de casi USD 62 millones para desarrollar tres vacunas contra Bundibugyo, incluida la de Oxford. Lambe trabaja ahora con el Instituto Serum de India para completar pruebas en hurones y espera tener dosis listas para ensayos en personas en Congo este verano.
Moderna también recibió apoyo de CEPI para una vacuna de ARNm contra Bundibugyo. Otra candidata, del IAVI, podría tardar entre siete y nueve meses en desarrollarse.
Para varios expertos citados por TIME, el problema de fondo no empieza cuando estalla una emergencia, sino mucho antes. Jha sostuvo que hay alrededor de una docena de virus capaces de causar enfermedades muy graves en humanos y que debería existir una preparación previa para todas sus cepas.
Sheila Davis, directora ejecutiva de Partners in Health, resumió ante TIME el costo de esa demora con un argumento práctico: reforzar los sistemas de salud cuesta menos que montar una respuesta de emergencia. Frieden y otros responsables coinciden en que las herramientas para contener virus como el ébola ya existen, pero sin personal, vigilancia estable y financiación sostenida, esas capacidades llegan tarde cuando más se necesitan.
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