El presidente del Parlamento de Irán, Mohamad Baqer Qalibaf, declaró este martes que su país no retomará las conversaciones con Estados Unidos hasta que Washington cumpla los cinco primeros puntos del acuerdo preliminar alcanzado el 18 de junio, mientras la Administración de Donald Trump presiona para que ambas delegaciones se reúnan en Doha. La afirmación llega en medio de una nueva escalada de incidentes en el estrecho de Ormuz, que ha vuelto a poner en duda la solidez del armisticio.
“Hemos concluido nuestras negociaciones con Estados Unidos. Se han aprobado catorce puntos. No abordaremos el resto de los temas hasta que se cumplan los primeros cinco. Siempre que se emprenda una acción que viole el punto uno en lo que respecta al fin de la guerra, actuaremos en consecuencia”, afirmó Qalibaf en una entrevista concedida a la televisión estatal IRIB. El dirigente añadió que los incidentes registrados en el estrecho y la respuesta de Hezbollah en Líbano “tienen esta razón de ser”, en alusión directa al apartado del pacto que exige el cese de hostilidades en todos los frentes, incluido el libanés.
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Para entender la magnitud de la advertencia conviene remontarse al origen del conflicto. Estados Unidos e Israel atacaron Irán el 28 de febrero con el objetivo declarado de desmantelar su programa nuclear, lo que desencadenó una guerra de meses que incluyó el cierre del estrecho de Ormuz, un bloqueo naval estadounidense sobre los puertos iraníes y la entrada de Hezbollah en el frente libanés. El 18 de junio, Estados Unidos hizo público un memorando de entendimiento de catorce puntos negociado con mediación de Pakistán, firmado electrónicamente por el vicepresidente JD Vance y por el propio Qalibaf y presenciado por Trump. El texto establece que Estados Unidos levantará el bloqueo naval y restablecerá el tráfico marítimo a plena capacidad en un máximo de treinta días, mientras Irán garantiza en el mismo plazo el regreso del tráfico mercante por el Golfo Pérsico a los niveles previos a la guerra.
El equilibrio alcanzado por el memorando, sin embargo, ha resultado frágil. Durante el fin de semana del 27 y 28 de junio, fuerzas iraníes atacaron con drones suicidas al menos dos buques en el estrecho —un portacontenedores el jueves y el superpetrolero panameño M/T Kiku, cargado con dos millones de barriles de crudo catarí, el sábado—, mientras el mando estadounidense para Medio Oriente, CENTCOM, respondió con bombardeos sobre diez objetivos militares iraníes en la zona. Trump calificó el ataque iraní de “violación estúpida” del alto el fuego, mientras Teherán sostiene que fue Washington quien incumplió primero el acuerdo al no levantar por completo el bloqueo a su navegación.
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Para intentar contener la crisis, la Administración estadounidense envía a Doha a Steve Witkoff y Jared Kushner con el objetivo de reabrir las conversaciones con la República Islámica, en una reunión en la que Irán estará representado de nuevo por Qalibaf y por el canciller Abás Araqchí, bajo mediación de Qatar y Pakistán. El propio Qalibaf reivindicó, no obstante, la soberanía iraní sobre la vía marítima por la que transita habitualmente una quinta parte del petróleo mundial. “La soberanía del estrecho de Ormuz corresponde a Irán y Omán, y el tráfico se rige por los acuerdos que Irán especifique. Irán no renunciará a sus derechos en el estrecho bajo ninguna circunstancia, ya que estas son nuestras aguas territoriales”, declaró, recordando además que la exención de tasas para atravesarlo, contemplada en el memorando, expirará a los sesenta días de su firma.
Pese al tono conciliador en torno a la soberanía sobre el estrecho, Qalibaf no descartó una vuelta a la confrontación armada. “Los estadounidenses son prepotentes y arrogantes en sus actuaciones. Estamos buscando el diálogo, pero si este no se lleva a cabo, también estamos preparados para la guerra y responderemos en consecuencia”, advirtió. La frase resume la posición de Teherán dos semanas después de la firma del memorando: dispuesto a negociar el resto del acuerdo, pero solo si Washington demuestra primero que cumple lo ya pactado. La cita de Doha será la primera prueba de si ambas partes logran separar la disputa sobre el estrecho del resto de un proceso de paz que, sesenta días después de su arranque, sigue construyéndose sobre treguas que se rompen con la misma rapidez con la que se anuncian.
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