
Un tazón de lentejas, una ensalada de frutas frescas o unas hojas de albahaca sobre la pasta son, para muchos, símbolos de una dieta saludable y mediterránea. No obstante, en la antigua Roma y Grecia, estos alimentos generaban recelo e incluso temor entre médicos y pensadores.
Según la historiadora Claire Bubb, citada por History Extra, figuras como Galeno de Pérgamo e Hipócrates advertían sobre los riesgos de consumir estos productos, que hoy forman parte esencial de la alimentación cotidiana. El contraste entre la percepción actual y la visión de la Antigüedad revela la evolución del conocimiento médico y dietético.
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La filosofía dietética de la antigüedad: observación y humores
En el mundo grecorromano, la ciencia de la alimentación no se basaba en conceptos como vitaminas o nutrientes, sino en la observación directa de los efectos de los alimentos sobre el cuerpo. Claire Bubb explica en History Extra que los médicos de la época “no piensan en términos de vitaminas”, sino que “prestan atención a lo que la comida parece hacerle al cuerpo”.
Esta aproximación empírica, limitada por el conocimiento disponible, guiaba las recomendaciones sobre qué alimentos eran saludables o peligrosos.
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La teoría de los humores, dominante en la medicina griega y romana, clasificaba los alimentos según sus cualidades: calientes o fríos, secos o húmedos.
Se consideraba que el equilibrio de los cuatro humores corporales —sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla— era esencial para la salud, y que cualquier alimento capaz de alterar ese balance podía convertirse en una amenaza.
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En ese sentido, la dieta funcionaba como herramienta para preservar la armonía interna, y los médicos observaban cuidadosamente las reacciones del cuerpo ante cada alimento.
Además, la falta de refrigeración y los estándares de higiene distintos a los actuales influían en la percepción de los riesgos alimentarios. En un entorno donde la descomposición era rápida y las enfermedades transmitidas por alimentos eran comunes, predominaban la prudencia y el escepticismo.
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Frutas bajo sospecha: el caso de Galeno y la descomposición
Entre los alimentos que generaban mayor desconfianza se encontraban las frutas frescas. De acuerdo con Claire Bubb, “la fruta es vista con escepticismo de manera bastante universal” por los médicos antiguos.
Galeno de Pérgamo, uno de los médicos más influyentes del Imperio Romano, consideraba especialmente problemáticas frutas como el durazno, debido a su rápida descomposición.
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History Extra informa que Galeno advertía que la fruta “se descompone como loca”, y no solo fuera del cuerpo. Según Bubb, “él dice: ‘Mira, también se está descomponiendo en tu estómago y está haciendo que todo lo demás ahí dentro se descomponga’”. Esta conclusión, basada en la observación de la facilidad con la que la fruta se estropea, llevaba a pensar que su consumo podía provocar daños internos y favorecer enfermedades.
Galeno respaldaba su posición con su experiencia personal. Durante su juventud, su padre controlaba su dieta y solo le permitía comer fruta una vez al año. En una ocasión, desafió las reglas y, junto con sus amigos, comió fruta en exceso.
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Según su testimonio, recogido por History Extra, eso le provocó una infección crónica que él atribuyó a ese episodio. Años más tarde, eliminó la fruta de su alimentación y defendió la prudencia de su padre.
En una época sin refrigeración ni acceso garantizado a agua potable, la fruta, especialmente las variedades blandas y húmedas, representaba un riesgo real de intoxicación. Los médicos, al observar su rápida descomposición, la consideraban una indulgencia potencialmente peligrosa.
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Albahaca: de hierba aromática a veneno temido
Si la fruta generaba sospechas, la albahaca provocaba auténtico temor entre los médicos antiguos. Hoy valorada por su aroma y sabor, esta hierba era considerada “venenosa” por los expertos grecorromanos, según resume Claire Bubb en History Extra. La creencia en su toxicidad se basaba en observaciones y teorías que, aunque hoy resultan infundadas, tenían sentido en su contexto.
Una de las ideas más extendidas era la de la generación espontánea. Se creía que, si se dejaba descomponer al sol, la albahaca podía dar origen a gusanos o escorpiones. Esta teoría, muy arraigada en la Antigüedad, sostenía que la materia en descomposición generaba insectos o animales pequeños por sí sola.
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Bubb explica que “la albahaca podrida es repugnante”, y que su rápida descomposición, junto con la aparición de larvas o insectos, reforzaba la idea de que algo antinatural ocurría con la planta.
“Ven y huelen la descomposición y piensan: ‘¿Se está descomponiendo en mi cuerpo? ¿Eso es lo que pasa cuando la como? Debemos evitar esto a toda costa’”, señala en el reportaje de History Extra.
La desconfianza hacia la albahaca no desapareció con el tiempo, ya que la creencia en sus efectos tóxicos se mantuvo durante siglos e influyó en textos médicos y herbolarios hasta bien entrada la Edad Media.
Lentejas: moderación y humores en equilibrio
Las lentejas, a diferencia de la albahaca, no estaban prohibidas, pero su consumo debía ser limitado. Los médicos grecorromanos, guiados por la teoría de los humores, creían que estas legumbres podían alterar el equilibrio corporal si se ingerían en exceso.

Hipócrates y sus discípulos clasificaban los alimentos por sus efectos sobre los humores, y las lentejas, aunque aceptables en pequeñas porciones, podían causar problemas si se convertían en la base de la dieta.
Claire Bubb explica en History Extra que “las lentejas [podían ser] malas para ti. Están bien con moderación, pero si te entregas a una dieta de lentejas, como algunos filósofos recomendaban, vas a acumular cosas y no vas a obtener la calidad adecuada de nutrición y carne en tu cuerpo”.
El exceso se asociaba con flatulencias y otros trastornos digestivos, considerados signos de alteraciones internas.
La flatulencia, en particular, era vista como un síntoma clave. Bubb indica que “si la mayoría de los alimentos no te provocan gases, pero comes muchas legumbres y de repente la flatulencia se descontrola, eso sugiere que las legumbres están haciendo algo en tu tracto digestivo que otros alimentos no hacen. Y tal vez hay un problema”, según declaraciones recogidas por History Extra.
En ese contexto, las lentejas ocupaban un lugar ambiguo: aceptadas, pero bajo estricta vigilancia, con advertencias sobre los efectos de su abuso.

Además de reunir fragmentos médicos, un estudio publicado en Food and Drink in Antiquity muestra cómo la alimentación estaba profundamente vinculada a la moral y la identidad social. Según Wilkins y Hill, sus autores, no solo se temía el efecto físico de ciertos alimentos, sino que también se desconfiaba de su influencia sobre la mente y el carácter.
El exceso de fruta o legumbres se asociaba con hábitos poco moderados, incompatibles con el ideal de autocontrol que valoraban filósofos y médicos, reforzando la dieta como un instrumento de disciplina individual.
Por su parte, en The Oxford Handbook of the Roman World, de Peter Garnsey, destaca que la dieta romana también reflejaba marcadas diferencias de clase. Los alimentos que hoy simbolizan la dieta mediterránea, como frutas frescas y hierbas, eran más accesibles para la élite, que disponía de huertos privados y esclavos para conservarlos mejor.
Sin embargo, esa misma abundancia era vista con ambivalencia, pues exponía a los privilegiados a mayores riesgos de intoxicación alimentaria, demostrando que la vigilancia médica no distinguía entre ricos y pobres.
Hoy, frutas, lentejas y albahaca son recomendadas como parte de una alimentación equilibrada, un cambio de paradigma, ya que, para los antiguos grecorromanos, estos alimentos podían representar un “desastre médico”, según la interpretación de la época.
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