El presidente de Rusia, Vladímir Putin, ha tratado de convencer a Donald Trump de que sus fuerzas marchan hacia una victoria inevitable en Ucrania, presionando para que Kiev ceda el control total de la región oriental del Donbás. Sin embargo, la realidad en el campo de batalla desmiente ese optimismo: tras avances a finales del año pasado, el ejército ruso ha visto cómo su ofensiva se ralentiza y, en algunas zonas, incluso pierde terreno.
Según el ritmo mensual promedio de avance registrado este año, a Rusia le llevaría más de tres décadas tomar el control completo del Donbás, una condición que el Kremlin considera indispensable para poner fin a la guerra. La desaceleración responde en parte a factores estacionales, ya que las tropas rusas suelen incrementar su actividad en verano, cuando el clima y la vegetación favorecen el movimiento y el camuflaje ante los drones. En los últimos días, funcionarios ucranianos han advertido que las fuerzas de Moscú preparan nuevas ofensivas y han intensificado sus operaciones a lo largo del frente, pero Rusia encara esta fase desde una posición de desventaja.
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Durante este año, Rusia ha sufrido reveses, como la pérdida del acceso a internet satelital Starlink, que facilitaba la guía de sus drones, y las restricciones impuestas por el Kremlin al servicio de mensajería Telegram, que han dificultado las comunicaciones internas. El desafío central sigue siendo cómo lograr avances significativos en un escenario dominado por la vigilancia y el ataque mediante drones, lo que ha dejado obsoletas las tácticas tradicionales de grandes asaltos en vehículos blindados.
El enfrentamiento entre Kiev y Moscú se ha convertido en una carrera por desarrollar mejores drones y sistemas de defensa. Ucrania ha logrado ventajas tecnológicas y tácticas en ciertos sectores, mientras que Rusia intenta reforzar su flota de drones y ha creado una unidad de élite llamada Rubicon. Esto ha forzado a las tropas rusas a modificar su estrategia, recurriendo a infiltraciones paulatinas con pequeños equipos de soldados a pie, lo que ha expandido la llamada “zona gris”, áreas donde ambos bandos mantienen presencia y el control es incierto.
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Los intentos de infiltración y el ataque a las redes de apoyo ucranianas detrás de las líneas no han generado avances rápidos, según señaló a The New York Times Dara Massicot, investigadora de la Carnegie Endowment for International Peace. Las operaciones han quedado estancadas y la narrativa de victoria inminente que el Kremlin intenta sostener ante la administración Trump se ve cada vez más comprometida.

El estancamiento militar está generando una presión creciente sobre el gobierno ruso en el ámbito interno. La aprobación de Putin ha caído a sus niveles más bajos desde el inicio del conflicto, mientras que el gasto militar impacta la economía y los cortes de internet móvil, adoptados en parte para impedir ataques de drones ucranianos, han generado malestar en la población.
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El sábado por la noche, Putin sugirió durante una conferencia de prensa la posibilidad de poner fin a la guerra: “Creo que el asunto está llegando a su fin, aunque sigue siendo algo serio”, afirmó. No obstante, mantuvo un tono desafiante hacia las naciones europeas que apoyan a Ucrania. Por el momento, el Kremlin continúa combatiendo, pero sus dificultades en el frente restan credibilidad a su discurso ante los negociadores.
En marzo, Trump declaró en Politico que el presidente ucraniano Volodímir Zelensky tenía “menos cartas” que antes para negociar. El jueves pasado, el principal asesor de política exterior del Kremlin, Yuri Ushakov, declaró que Rusia no ve sentido en continuar las conversaciones de paz hasta que Ucrania se retire del Donbás, una exigencia que Kiev rechaza mientras considera alternativas como convertir la zona en un área desmilitarizada internacional.
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La táctica rusa de infiltración con pequeños equipos ha tenido resultados limitados. Según Black Bird Group, en los últimos tres meses Rusia logró sus peores resultados en el campo de batalla desde 2023. Los avances han significado, además, un costo humano elevado: hasta finales del año pasado, se estimaban 352.000 soldados rusos muertos, más de seis veces el número de bajas estadounidenses en la guerra de Vietnam, según cifras de los medios rusos Mediazona y Meduza.
Las bajas han dificultado el reclutamiento, lo que plantea dudas sobre la capacidad del Kremlin para sostener el esfuerzo bélico sin recurrir a una nueva movilización general, potencialmente impopular.
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Soldados rusos relataron a The New York Times los peligros de operar en zonas vigiladas por drones ucranianos, donde incluso rescatar a los heridos puede ser inviable. Un excombatiente de 24 años describió cómo, tras fracasar un asalto convencional, su unidad tuvo que infiltrarse en un pueblo cerca de Pokrovsk en equipos de dos, evitando concentraciones que los hicieran blanco fácil, mientras intentaban auxiliar a compañeros aislados.
Durante el año pasado, la estrategia de infiltración permitió a Rusia avances lentos: Black Bird calcula que se tomaron 4.580 km² de territorio, un área apenas mayor que Rhode Island. A pesar de los años de combates en ciudades como Pokrovsk y Chasiv Yar, la línea del frente sigue atravesando estos puntos, reflejando un claro estancamiento.
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El ejército ucraniano enfrenta sus propios desafíos, como el déficit de personal y la deserción. Aunque los drones han permitido frenar los avances rusos, la recuperación de territorio no implica necesariamente su control pleno por parte de Kiev, pues Rusia tiende a replegarse a la zona gris.

Para aumentar el costo para el Kremlin, Ucrania ha intensificado ataques en instalaciones petroleras dentro de Rusia y busca elevar las bajas enemigas a 50.000 soldados al mes, según el ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov. El objetivo, dijo Fedorov, es imponer a Rusia “costos que no pueda soportar” y “forzar la paz mediante la fortaleza”.
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Oficiales ucranianos advirtieron que la actividad militar rusa en el Donbás ha aumentado recientemente. El teniente superior Maksym Bakulin, desplegado en Donetsk, señaló que la infiltración rusa ha mejorado con la llegada de la primavera, que facilita el movimiento encubierto y el uso de motocicletas. Aunque aún no se ha producido una ofensiva masiva, “todos hablan de ello, podría ocurrir. Debemos estar siempre listos”, afirmó Bakulin en conversación telefónica.
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