
Hace 225 años el médico rural inglés Edward Jenner impulsó una verdadera revolución: aportó la primera prueba de la eficacia de la vacunación. Millones de vidas humanas se salvaron desde entonces gracias a su iniciativa. En la actualidad, a un año y medio del inicio de la pandemia de coronavirus, los datos hablar por sí solos: la vacunación contra el covid-19 es fundamental para contener la propagación del virus y evitar cientos de miles y hasta millones de muertes.
Dos siglos atrás, el planteo de Jenner fue que si una persona se infecta con una enfermedad inofensiva, adquiere inmunidad a un agente patógeno similar. En aquel momento utilizó el virus de la viruela de las vacas para proteger de la viruela humana.
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El médico rural, de la localidad inglesa de Berkeley, infectó el 1 de julio de 1796 al niño James Phipps, de ocho años, con el virus de la viruela, pocas semanas después de haberle administrado el virus de la viruela vacuna. La prueba fue riesgosa, pero tuvo éxito. Phipps demostró que era inmune a la tan temida enfermedad, que fue durante siglos un gran flagelo.
Adrian Hill, director del Instituto Jenner de la Universidad de Oxford, explicó a la agencia DPA que hoy en día las vacunas funcionan de forma similar. Pero ahora son desarrolladas específicamente con ese propósito y están optimizadas para generar pocos efectos secundarios y brindar la mejor protección posible.
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Patrick Zylberman, historiador de la salud, indicó a la agencia AFP que también la desconfianza y el rechazo a la vacunación “es tan viejo como la vacunación misma”.
En Reino Unido, la vacuna contra la viruela fue obligatoria para los niños a partir de 1853. Esta obligatoriedad generó una oposición virulenta. Los detractores alegaban el “peligro” de inyectar productos procedentes de los animales, “motivos religiosos” o “atentado a las libertades individuales”.
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A partir de 1898 se introdujo una “cláusula de conciencia” en la legislación británica para permitir a los recalcitrantes no vacunarse.
A finales del siglo XIX, en 1885, el bacteriólogo francés Louis Pasteur puso a punto una vacuna contra la rabia a partir de una cepa atenuada del virus. Ese año se realizó una exitosa inyección a Joseph Meister, un niño al que le había mordido un perro sospechoso de tener rabia.
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En este caso también hubo desconfianza sobre el inmunizante, ya que Pasteur fue acusado de querer enriquecerse con la fabricación de una “rabia de laboratorio”.
Tras la vacuna contra el tifus desarrollada por el británico Almroth Edward Wright a fines del siglo XIX, los años 1920 vieron multiplicarse las vacunas contra la tuberculosis (BCG, 1921), la difteria (1923), el tétanos (1926) y la tos ferina (1926). Estos inmunizantes fueron desarrollados por Léon Calmette (Francia), Gaston Ramón (Francia), Emil Von Behring (Alemania) y Thorvald Madsen (Dinamarca).
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También en los años 1920 se empezaron a utilizar sales de aluminio como coadyuvante para aumentar la eficacia de las vacunas. Esto fue también una fuente de sospecha para los detractores de las vacunas, en particular en Francia.
En 1938 la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluyó en su lista de medicamentos permitidos la vacuna contra la fiebre amarilla, que causó epidemias mortales durante más de 500 años. A finales del siglo XIX, fue una verdadera amenaza en todo el mundo. A día de hoy, la OMS calcula que a nivel mundial se registran por año 200.000 casos y cerca de 30.000 muertos.
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El inoculante contra la fiebre amarilla, que actualmente se sigue utilizando, llegó en 1937, gracias al científico sudafricano Max Theiler, quien desarrolló la fórmula trabajando para la Fundación Rockefeller.
Recuperando una investigación previa de la cepa “Asibi”, el especialista encontró una mutación en el virus atenuado para crear una nueva cepa denominada “17D”. Las pruebas de campo de esta variante se llevaron a cabo en Brasil en el año 1939. El resultado fue un éxito: más de un millón de personas fueron vacunadas y no tuvieron graves complicaciones. Gracias a este trabajo Theiler recibió el Premio Nobel Medicina de 1951.
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A los investigadores les llevó décadas comprender las complejidades del virus de la influenza. Recién en 1945 se aprobó la primera vacuna. Pero en 1947, los científicos descubrieron que los cambios estacionales en la composición del virus provocaron que los inmunizantes recientemente desarrollados fueran ineficaces. En ese entonces encontraron dos tipos principales de virus de influenza (A y B) y múltiples cepas nuevas cada año. Por ese motivo, todos los años se debe modificar la vacuna: se desarrolla una basada en las tres cepas que tienen más probabilidades de circular en la próxima temporada.
El médico, virólogo y epidemiólogo estadounidense Thomas Francis Jr. fue el creador de la primera vacuna contra la gripe, en colaboración con el investigador médico norteamericano Jonas Salk, que en 1954 recibió el Premio Nobel junto a Albert Sabin, por haber descubierto la vacuna contra la poliomielitis.
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Oficialmente erradicada desde agosto de 2020 en África gracias a la vacuna, la poliomielitis se resiste en Asia, en Pakistán y Afganistán, donde esta enfermedad provoca parálisis en los más pequeños. El fracaso de las campañas de vacunación se explica sobre todo por la desconfianza de las poblaciones rurales y la creencia en teorías de complot contra los musulmanes.
Aunque se estima que afectó a las poblaciones humanas durante miles de años, recién a fines del siglo XIX la enfermedad alcanzó proporciones epidémicas.
Otras tres infecciones virales que han causado y siguen provocando brotes y miles de muertes son el sarampión, la rubéola y la parotiditis (paperas). Durante la década de 1960, se desarrollaron vacunas para cada una de ellas. Una década después, se combinaron en una sola (MMR).
El microbiólogo norteamericano Maurice Hilleman, del Instituto de Investigación Terapéutica Merck, creó en 1967 la fórmula para las paperas, y en 1969 la de la rubéola. Dos años más tarde, desarrolló una vacuna combinada que proporcionaría inmunidad para los tres virus. Una dosis de la vacuna MMR es 93% efectiva contra el sarampión, 78% contra las paperas y 97% contra la rubéola. Dos dosis de la vacuna sería 97% efectiva contra el sarampión y un 88% contra las paperas.
La vacuna del sarampión, en tanto, fue creada por el virólogo norteamericano John Enders. Según advirtió la OMS, la enfermedad mató a 207.500 personas en todo el mundo en 2019, 50% más que 2016, en un contexto de disminución de la vacunación global.
La infección de la varicela se diagnosticó erróneamente como viruela hasta fines del siglo XIX. Recién en la década de 1950, los científicos distinguieron la varicela del herpes zoster (culebrilla), lo que permitió al grupo de trabajo del virólogo japonés Michiaki Takahashi desarrollar la primera vacuna.

Entre los años 1977 y 1978, Hilleman también estuvo a cargo de los inmunizantes contra el neumococo y la meningitis.
En 2009, la pandemia de gripe H1N1, causada por un virus de la misma familia que el de la gripe de 1918, hizo sonar las alertas en la OMS. Se organizaron campañas de vacunación pero la epidemia fue menos grave de lo previsto, causando solo 18.500 muertos.
Millones de dosis tuvieron que ser destruidas y los reproches a la mala gestión reforzaron la desconfianza en las vacunas en numerosos países, donde los “antivacunas” subrayan casos de efectos secundarios pese a que son muy raros.
En la actualidad, la comunidad internacional redobla esfuerzos para avanzar en la campaña de vacunación contra el coronavirus, que hasta el momento provocó más de 230 millones de infectados y cuatro millones de muertos en todo el mundo.
A diferencia de otras pandemias, el brutal impacto inmediato del coronavirus sobre la población mundial llevó a los laboratorios internacionales a trabajar a contrarreloj para encontrar una fórmula contra el virus. Entre estas se destacan las de BioNTech/Pfizer (Alemania/EEUU); Moderna (EEUU); Johnson&Johson (EEUU); Oxford/AstraZeneca (Reino Unido/Suecia); Sputnik V (Rusia); y Sinopharm (China).
Además del COVID-19, aún existen muchas enfermedades infecciosas que causan millones de muertes cada año. Entre las enfermedades más letales se encuentran la tuberculosis, la malaria y el VIH sida, contra las cuales aún no existen vacunas efectivas para combatirlas.
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