Bebedor, mujeriego y socialista, así era el espía que hizo que los soviéticos ganaran la guerra contra los nazis

Richard Sorge se infiltró en los más altos niveles del imperio japonés y de la alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial y le brindó a la Unión Soviética información fundamental. Sin embargo, fue traicionado, ejecutado y enterrado en una fosa sin nombre.

Durante muchos años, el cuerpo del hombre que permitió que Stalin saliera triunfador en la Segunda Guerra Mundial permaneció en una tumba sin nombre, olvidado, en el cementerio de una prisión en las afueras de Tokio.

Su existencia se asemejó a la del personaje de una película: alto, rubio, de ojos azules, atractivo, extrovertido, engreido, idealista, aficionado a la bebida, a las mujeres, a las aventuras y a la vida glamurosa (a pesar de su ideología socialista). El mismísimo Ian Fleming, el creador del inmortal James Bond, aseguró que Richard Sorge era el “espía más formidable de la historia”.

Ahora, su figura, para muchos mítica, ha vuelto a ser recordada, gracias a la publicación de Un espía impecable, una detallada biografía realizada por el periodista e historiador británico Owen Matthews, durante muchos años corresponsal en Moscú.

Hijo de un ingeniero alemán y de un ama de casa rusa, Richard Sorge nació el 4 de octubre de 1895 en Bakú, actual Azerbayan y en ese momento parte del imperio de los zares. Según declaró Matthews al portal ibérico El Español, Ramsay, como llegó a ser conocido, terminaría teniendo”una relación aterradoramente directa con el destino de las naciones y el curso de la guerra en su conjunto”.

Sorge fue quizás el único hombre sobre la tierra que pudo ingresar, al tiempo, al círculo íntimo de Adolfo Hitler, el primer ministro japonés Fuminaro Konoe y José Stalin. “Es muy difícil pensar en un espía tan bien conectado”, le aseguró Owen al diario El País. “Sorge no solo estaba a un grado de separación de todos los actores de la Segunda Guerra Mundial; además, tenía trato directo y constante con importantes funcionarios alemanes y fue muy competente a la hora de establecer una relación directa con el embajador y con mucha gente que confiaba en él”.

De acuerdo con algunas versiones, su abuelo, Adolf Sorge, habría sido amigo de Karl Marx y su secretario en la Primera Internacional. Richard regresó con su familia a Alemania cuanto tenía tres años y, al terminar la secundaria, se inscribió en Ciencias Políticas en la Universidad de Berlín. Cuando comenzó la I Guerra Mundial se alistó como voluntario en el ejército teutón, lo cual cambiaría para siempre su destino y el destino del mundo.


Giro al socialismo

Herido en combate, su paso por el conflicto armado no solo le dejaría una cojera permanente, el grado de teniente y algunas condecoraciones por su valentía, sino también un desprecio profundo por la guerra y el convencimiento de que el mundo necesitaba cambios profundos que solo eran posibles a través del socialismo.

Tras el final de la confrontación, se doctoró en Ciencias Políticas y, en 1919, se afilió al Partido Comunista Alemán. Acosado por la persecución oficial, viajó en 1924 a Moscú, donde comenzó a trabajar con la Komintern, mejor conocida como la Internacional Socialista, encargada de agrupar los partidos comunistas en el extranjero con el fin de extender la revolución bolchevique por el mundo.

En 1930, Sorge, para ese entonces ya miembro del Departamento Central de Inteligencia Soviético (GRU), fue destinado a Shanghai, acreditado como corresponsal en China del Soziologische Magazin de Berlín.

En 1932, la anexión japonesa de Manchuria, hasta entonces territorio chino, prendió las alarmas en Moscú sobre las posibles ambiciones niponas en el lejano oriente soviético, Sorge, creó una completa red de espionaje en oriente, antes de regresar brevemente a Alemania, donde, con Hitler en el poder, se afilió al Partido Nacionalsocialista.

En 1934 se radicó en Tokio, como un periodista bohemio y burgués corresponsal del diario Frankfurter Zeitung en Japón. Allí forjó una relación tan fuerte con el, a la sazón, agregado militar alemán Eugen Ott, que se convirtió en su asesor (también en el amante de su esposa durante seis años) y en muchas oportunidades se encargaba de redactar los informes que Ott le enviaba al alto mando alemán, lo que le permitió acceder a información de primera mano. Para 1939, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, ya Sorge había advertido al Kremlin de una posible alianza entre Japón y Alemania.

Un espía eficaz

Quizás sin proponérselo, su imagen de fiestero y mujeriego, al que se le veía recorriendo Tokio de bar en bar en motocicleta, ayudó a disimular durante años su labor como espía. “La inteligencia estadounidense calculaba que durante el tiempo que residió en Tokio tuvo aventuras con, al menos, treinta mujeres”, reveló Matthews para El Español. “La facilidad con la que conseguía adaptarse de un entorno a otro, de un lugar, mujer o amigo al siguiente resultaba asombrosa. Hombres y mujeres por igual encontraban irresistible su carisma autodestructivo”.

Ese “carisma autodestructivo” no afectaba su eficacia como agente secreto. Sorge le informó a Moscú del llamado tratado Antikomintern, firmado por Japón y la alemania nazi en contra de la URSS, en octubre de 1936; también reveló la inminencia del ataque Japonés a China en 1937, el bombardeo japonés a Pearl Harbor en 1939 e, incluso, se adelantó a la traición de los alemanes, que habían firmado un tratado de no agresión con la Unión Soviética en agosto de 1939, pero emprendieron una invasión. El partícular espía anunció que el ataque comenzaría el 20 de junio de 1941, y así se lo hizo saber al Kremlin. Según Matthews, el aviso fue desoido por los comandantes del Ejército Rojo, “que no se atrevían a contradecir la idea fija de Stalin de que Hitler nunca le atacaría” y el líder soviético no le creyó. “¿Cómo voy a creer a un pervertido que organiza empresas y burdeles en Japón?”, dicen que respondió el dirigente soviético. La operación Barbarroja, el nombre clave de la invasión emprendida por los nazis en contra de la URSS, comenzó el 22 de junio. Sorge tenía razón.

Ante las impresionantes bajas sufridas por unas tropas soviéticas tomadas por sorpresa, la otra gran preocupación de Stalin era qué harían los japoneses. Si los nipones decidían apoyar a sus socios del eje, Moscú tendría que abrir otro frente de batalla y los soviéticos estarían perdidos. “A medida que las fuerzas soviéticas iban siendo aplastadas por el avance imparante de la guerra relámpago de Hitler hacia Minsk, Kiev, Leningrado y Moscú, la capacidad de la URSS para luchar y ganar una guerra en un solo frente pendía de un hilo”, explicó el escritor en su entrevista con El Español. La información que pudiera aportar el “pervertido” se había convertido en vital.

Mandatory Credit: Photo by Historia/Shutterstock (7665134az)
Josef Stalin Orating 1879-1953
Historical Collection	64
Mandatory Credit: Photo by Historia/Shutterstock (7665134az) Josef Stalin Orating 1879-1953 Historical Collection 64

La información que cambió el rumbo de la guerra

Sorge confirmó que los japoneses habían descartado la idea de invadir Siberia, debido, principalmente, a que eso requeriría de una gran catidad de hombres y recursos, que no tenían, y que preferían tratar de crear un gran imperio en el sudeste de Asia. El 14 de septiembre de 1941 el agente secreto envió al Kremlin un mensaje que cambiaría el curso de la guerra: “Japón no atacará a la Unión Soviética si los alemanes no logran tomar Moscú”.

Stalin ordenó entonces trasladar gran parte de sus tropas de Siberia para defender la capital de la Unión Soviética, que estaba a punto de caer en manos de los nazis. “En diciembre, quince divisiones de infantería, tres divisiones de caballería, mil quinientos tanques y unos mil setecientos aviones fueron reubicados”, afirmó Matthews.

Para febrero de 1942 los soviéticos habían ganado la batalla y los alemanes estaban en retirada. Fue un gran triunfo para Sorge; sin embargo, para ese entonces su exitosa carrera como agente secreto también había llegado a su fin.

Un espía impecable
Un espía impecable

Captura, traición y muerte

En una redada de rutina, la Kempeitai, la policía militar del ejército japonés, capturó a un allegado al pintor (y espía) Yotoku Miyagi, quien también fue detenido y torturado hasta que reveló los nombres de todos los integrantes de la red, incluyendo a Richard Sorge. El 18 de octubre de 1941 fue detenido en su casa. “Fue simplemente mala suerte el hecho de que le descubrieran”, opina el escritor.

Lo que siguió no tuvo nada que ver con la suerte. El espía se mostró confiado en que los soviéticos, quienes sin su información no habrían podido derrotar a los nazis, harían lo posible por liberarlo, intercambiándolo por agentes japoneses detenidos en Moscú; sin embargo, eso nunca sucedió. El Kremlin, en un acto que Owen Matthews califica de “traición”, negó una y otra vez que fuera su agente.

Sorge fue ahorcado a las 10 de la mañana del 7 de noviembre de 1944, un año antes de que los japoneses se rindieran y la guerra terminara. En un principio, su cuerpo fue depositado en una fosa común en el cementerio de la prisión de Sugamo, en Tokio. En 1950 sus restos fueron trasladados. En 1963, según un artículo publicado por el historiador Stuart D. Goldman, Nikita Jrushchov, tras ver un documental sobre la vida de Sorge, y confirmar que la historia era real, reivindicó la memoria del destacado agente secreto. Hoy en la lápida de marmol de una tumba del cementerio de Tama, en el oeste de Tokio, se puede leer en alemán, ruso y japonés: “Al héroe de la Unión Soviética, Richard Sorge. 1895-1944”

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