
Su nombre pasó inadvertido para los grandes libros de la historia. Aquellos que poseen portadas rígidas. Apenas unas crónicas le dedicaron el crédito merecido como "el hombre que salvó al mundo". Si no hubiera sido por su inteligencia y valentía, quizás hoy la humanidad estaría lamentándose -sobre cenizas- una fatídica falla que pudo desencadenar una guerra nuclear devastadora.
Su nombre es Stanislav Petrov quien en mayo de 2017 murió en Moscú, rodeado por su familia, sin el mínimo reconocimiento por su mérito salvador. Pero ninguna autoridad soviética ni rusa lo galardonó. Lo despreciaron. Lo olvidaron. Era su deber.
El incidente que casi desata una guerra nuclear ocurrió hace 35 años, en 1983, cuando la Guerra Fría entraba en su etapa definitiva y los Estados Unidos de Ronald Reagan empujaba a la Unión Soviética al colapso que sobrevendría pocos años después.
En una base secreta en Moscú, Petrov observó una pantalla con mucha preocupación. El radar le indicaba que un misil nuclear había sido disparado desde territorio norteamericano. Lo siguiente que debía hacer el oficial era informar de inmediato sobre la agresión a sus superiores. Pero no lo hizo. El analista de inteligencia dedujo que se trataba de una falsa alarma.

Aquel día, en un centro de comando de Moscú, Petrov recibió la información de que los Estados Unidos habían lanzado misiles balísticos intercontinentales portadores de armas nucleares con dirección a la capital soviética. El oficial tuvo solo unos pocos minutos para tomar una decisión. Hasta que finalmente interpretó que los datos no podían ser ciertos y los descartó.
En lugar de decir que los Estados Unidos estaban atacando Rusia, Petrov reportó que había una falla en el sistema y que debía ser revisado cuanto antes. Si el oficial -quien por entonces contaba 44 años- hubiera confiado en lo que le indicaban sus pantallas, una devastadora guerra hubiera atravesado todos los continentes.
Durante años, Petrov mantuvo el secreto. Fueron ocho años sin contar la historia, en un país comandado por el miedo y la persecución. Ni siquiera se lo narró a su esposa o a sus hijos cuando días después regresó a su hogar. Tal el hermetismo. Solo salió a la luz en 1991, cuando colapsó la Rusia comunista y terminó la Guerra Fría.
Sin embargo, pese a salvar al mundo de una devastadora contienda atómica, el modesto ex soldado vivió en una pequeña ciudad en las afueras de Moscú y murió en relativa oscuridad el 19 de mayo de 2017. En 1984, Petrov se retiró de su deber militar y se estableció en la ciudad de Fryazino, al norte de Moscú.

El régimen soviético lo distinguió "por su aporte a la Madre Patria" en secreto, pero por vergüenza jamás hizo público el incidente. Pero ayer, un galardón póstumo tuvo lugar en el Museo de Matemáticas de Nueva York, donde el ex secretario de las Naciones Unidas, Ban ki-Moon, encabezó la ceremonia.
"Es difícil imaginar algo más devastador para la humanidad que una guerra nuclear total entre Rusia y los Estados Unidos. Sin embargo, esto pudo haber ocurrido por accidente el 26 de septiembre de 1983, si no hubiera sido por las sabias decisiones de Stanislav Yevgrafovich Petrov. Por esto, merece la profunda gratitud de la humanidad", señaló el diplomático de acuerdo al diario inglés The Sun.
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