
Para los sobrevivientes, esos números impresos en la piel se convirtieron en un recuerdo imborrable de los horrores de los campos de concentración nazis. Pero para el "tatuador de Auschwitz", Lale Sokolov, el número que grabó en el brazo de Gita Fuhrmannova fue lo que le permitió encontrar el amor.
La increíble historia de supervivencia y romance nacida en medio del horror del Holocausto fue revelada por el libro El tatuador de Auschwitz, de la escritora Heather Morris, que se publicará en el Reino Unido el 11 de enero.
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Lale Sokolov conoció a quien se convertiría en su esposa un día de julio de 1942. En el libro, Morris relata que cuando esa muchacha se presentó para ser tatuada sintió horror. Había algo en esa joven y en sus ojos, contó. Quería evitar esa tarea, pero su jefe —un francés llamado Pepan— lo obligó para no desatar la ira de los nazis. Fue en ese momento que se tatuó su "número en el corazón", según contó el hombre a Morris.

El número que tuvo que grabar, el 34902. La mujer, descubrió después, se llamaba Gita Fuhrmannova y estaba en el campo de mujeres de Birkenau.
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Al poco tiempo, gracias a la ayuda del guardia SS que lo supervisaba, empezó a intercambiar cartas con Gita. Luego logró conseguirle raciones de comida extra y hacer que fuera trasladada a un mejor sitio de trabajo en el campo.

Lale —un diminutivo de Ludwig, su verdadero nombre— había llegado a Auschwitz unos meses antes, en abril de 1942. Tenía 26 años. Nacido en Eslovaquia de familia judía —su apellido era Eisenberg— se había ofrecido a los nazis para ser enviado al campo con la esperanza de salvar al resto de su familia. Pero sus padres murieron en el campo unos meses antes de su llegada, sin que Sokolov jamás se enterara, reveló la extensa investigación que Morris llevó a cabo para confirmar la historia.
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Él también, cuando llegó al campo, fue marcado con un número: 32407.

Pero poco después, Lale se enfermó de fiebre tifoidea. Lo cuidó un francés llamado Pepan, el mismo hombre que le había tatuado el número al llegar a Auschwitz.
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Pepan lo tomó bajo su protección y le enseñó el oficio. Hasta que un día desapareció.
Fue entonces que Lale, gracias a su conocimiento de los idiomas —eslovaco, alemán, ruso, francés, húngaro y polaco— fue elegido por los nazis para ser el nuevo tatuador del campo.
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Comenzó así a trabajar para el ala política de las SS y, en los dos años siguientes, tatuó con la ayuda de asistentes a miles y miles de prisioneros.

El procedimiento se llevó a cabo solo en Auschwitz y en los campos secundarios de Birkenau y Monowitz. Comenzó en el otoño de 1941; para 1943, todos los prisioneros estaban tatuados. La práctica, al privar a los prisioneros de su nombre, era parte del proceso de degradación y deshumanización al que eran sometidos los prisioneros.
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Pero el nuevo cargo le dio a Sokolov una posición privilegiada respecto a los otros prisioneros, lo cual, probablemente, le posibilitó escapar de la muerte.
Esos privilegios le permitieron también comenzar la relación con Gita. Ambos podían verse en secreto, aunque "Gita tenía dudas", escribe Morris en el libro. "No veía un futuro. Él sabía, en lo profundo, que iba a sobrevivir".
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En 1945, Gita pudo dejar el campo antes de la llegada de los rusos. Poco después, hizo lo mismo Sokolov, quien regresó a su ciudad de Krompachy, en Checoslovaquia, donde se reunió con su hermana y el resto de su familia.
Pero él quería reencontrar a Gita. Viajó a Bratislava en una carroza, esperando poder encontrarse con la mujer.
Esperó en la estación de trenes durante semanas, hasta que el jefe de la estación le dijo que intentara en la sede de la Cruz Roja. Cuando se dirigía allí, una mujer se paró frente a su caballo. Era Gita.
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Se casaron en octubre de 1945. Pero el hombre fue detenido poco después por enviar dinero en apoyo al proyecto del Estado de Israel. Entonces dejaron el país: Viena, París y, finalmente, Australia, donde vivieron el resto de sus vidas, en Melbourne. Él comenzó un negocio en la industria textil, ella diseñaba vestidos. Tuvieron un hijo en 1961.

"Este hombre guardó su secreto porque creía, equivocadamente, que tenía algo para esconder", explicó Heather Morris, quien para ganarse su confianza visitó a Sokolov varias veces a la semana durante tres años, hasta su muerte, en 2006.
Es que Lale tenía miedo de ser visto como un colaborador de los nazis: guardando el secreto, que para él se había convertido en una carga, pensaba proteger a su familia.
Fue solo tras la muerte de Gita, en 2003, cuando ya no quedaba nadie para proteger, que se animó a contar su historia.
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