
Fue uno de los primeros prisioneros del más conocido y mortífero campo de concentración nazi: Auschwitz. Y también quien pasó a la inmortalidad el pasado viernes 15 de diciembre cuando se anunció su muerte en su casa de Gdansk, Polonia. Tenía 98 años.
Pero Kazimierz Piechowski -de él se trata esta historia de arrojo y supervivencia- ya había logrado ser "eterno". Y nacer dos veces, como pocos pudieron durante el genocidio de la Alemania de Adolf Hitler. Es que el hombre, quien durante la Segunda Guerra Mundial era tan solo un boy scout de 19 años, protagonizó uno de los más increíbles escapes de aquel infame centro de detención.
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Piechowski era uno más de los blancos que las fuerzas alemanas tenían en su incursión en Polonia. Sabían que los scouts podrían contribuir a la resistencia. Y no se equivocaban. El joven se unió a una maltrecha fuerza polaca. Y el 20 de junio de 1940 cayó preso en la frontera con Hungría y enviado de inmediato a Auschwitz. El lugar era nuevo. Había sido inaugurado un mes antes por los temibles y demoníacos miembros de la SS. Estaba destinado al cautiverio de políticos y criminales. Pero pronto su abanico y su público se multiplicó.

Su estadía no sería sencilla y lo supo desde el comienzo. Fue obligado a trabajar más de 12 horas diarias en la expansión del centro de detención que pronto se convertiría en un centro de muerte y ejecución. Allí se exterminaría a más de un millón de seres humanos, la mayoría judíos.
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Las ejecuciones comenzaron. Y tras sus funciones como obrero, un nuevo empleo recayó sobre su responsabilidad. Ahora era el encargado de cargar los cuerpos de aquellos que eran disparados en las nucas en un corredor o muertos en las cámaras de gas. Diariamente transportaba decenas de cadáveres hasta un crematorio. En silencio. Fueron las seis semanas más dramáticas que le tocaron vivir.
Asesinaban hasta cuando estaban sin hacer nada, contó Piechowski hace seis años al diario inglés The Guardian. "Cuando un oficial de la SS estaba aburrido, les obligaban a los prisioneros a sacarse sus sombreros y los arrojaban lejos. Luego les ordenaban que corrieran a buscarlo. Cuando lo hacían, les disparaban. Argumentarían luego que estaba intentando escapar y conseguía tres días de licencia por impedirlo". Tal la barbarie.
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Pero dentro de los millones que recorrieron sus pasillos de la muerte, hubo 196 que consiguieron el milagro de escapar. Entre ellos estuvo Piechowski y sus tres amigos: Eugeniusz Bendera (mecánico), Stanislaw Gustaw Jaster (boy scout) y Josef Lempart (sacerdote), según publicó The Washington Post.
En 1942, Piechowski ideó un plan propio para escapar. Pero todo cambió cuando supo -por indicación de Bendera– que éste estaba en la lista para ser aniquilado. Debió modificar su agenda. Y la de todos. Su amigo mecánico tenía acceso a un vehículo de un comandante de la SS. Era el automóvil más rápido en la base: un Steyr 220. Y lo usarían para huir. Pero necesitaban mucho más que eso.
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Piechowski tenía acceso a uniformes de oficiales de la SS y de un comandante. Debían establecer el momento indicado para poder probárselos, subirse al vehículo y atravesar los controles engañando a los guardias. No sería sencillo. Y las consecuencias podrían ser dramáticas. Mortales. Pero tenían un "plan B" en caso de que fueran descubiertos: se dispararían. La misión era casi imposible. O imposible.
Un sábado, mientras empujaban un carro lleno de basura, pudieron escabullirse en un almacén donde cambiaron sus uniformes de detención, se probaron los nuevos y tomaron un gran armamento por si tuvieran necesidad de usarlo: cuatro ametralladoras y ocho granadas. Era matar o morir. O escapar sin despertar sospechas.
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El Steyr 220 pertenecía al comandante de la SS Rudolf Höss. Lo tomaron y condujeron a través del famoso portón: "El Trabajo te Hará Libre". A los guardianes Piechowski les gritó: "¡Heil Hitler!" y al ver que no levantaban la barrera los amenazó: "¡Despierten, sodomitas! ¡Ábranla o yo los abriré!". Actuaron de inmediato ante la seguridad del "comandante".
Libres.
Sólo un oficial fue castigado por el fabuloso escape. Pero durante años, las fuerzas nazis lanzaron una cacería humana para tratar de hallarlos para vengarse de ellos y establecer una señal contra aquellos que intentaran burlarse de la seguridad del campo de exterminio. Como represalia inmediata, los padres de Piechowski fueron encarcelados en un campo de concentración y sentenciados a muerte.
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Acabada la guerra, Piechowski debería enfrentar otro drama: el comunismo. Los soviéticos se hicieron cargo del país y lo detuvieron, condenándolo a diez años de prisión por ser considerado "enemigo del estado". A los siete años fue liberado.
Treinta años después de haber huido, el boy scout retornó a Auschwitz con su esposa, Iga. Libre, pero con la memoria intacta de saber bien qué había ocurrido en ese infierno. El infierno del que pudo escapar, pero donde tantos otros vieron su final.
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