
A 800 metros del palacio desde donde Bashar al-Assad gobierna Siria hay un campo de concentración, una cámara de torturas y un depósito de cadáveres. En el Hospital 601 no nacen bebés, no se asiste en la muerte, no se curan las enfermedades. Hay hombres moribundos embutidos entre otros hombres encadenados a las camas. Todos son torturados. Los muertos se apilan en los baños y los retretes exteriores; se los documenta y se los despacha para su entierro anónimo y masivo.
"No es el único lugar de tortura en Siria", explicó The Washington Post. "Pero luego de que se lo viera en una colección de fotos que muestran miles de cadáveres esqueléticos, se convirtió en uno de los más infames".

Desde el inicio del alzamiento antigubernamental en 2011, la medicina se utilizó como arma contra los manifestantes: se realizaron amputaciones por heridas menores; los hospitales militares crearon alas para prisioneros a los que casi no alimentaban, para mantenerlos vivos pero en estado de hambre. Según la Red Siria de Derechos Humanos, en cinco años más de 100.000 personas fueron arrestadas o desaparecieron.
El periódico estadounidense resumió el caso en la historia de Mohsen al-Masri, un activista de Damasco que participó en el levantamiento de 2011. Realizaba intervenciones callejeras con pelotas de ping-pong pintadas de colores y con la palabra "libertad". Durante dos años lo torturaron en cuatro centros de detención "antes de llegar al hospital en el centro del sistema nacional de brutalidad".
Según una docena de sobrevivientes y ex militares, distribuidos en el Líbano, Turquía y Europa, es difícil encontrar en Siria antecedentes del sistema de crímenes de guerra que Assad estableció en su territorio. Allí sufren y mueren no sólo militantes pacifistas como Masri, sino también personas que hicieron comentarios en las redes sociales.
"Nos arrastraron a un sistema que nos estaba esperando. Hasta los hospitales eran mataderos", dijo Masri. Aunque se sintiera desfallecer, nunca pensó siquiera en alzar la mano cuando los guardias preguntaban si alguien necesitaba asistencia médica. "Teníamos que fingir que estábamos bien. Los que salían en esos viajes rara vez volvían".

Luego de meses de desnutrición, Masri fue llevado al Hospital 601: lo encadenaron a otro prisionero y le ataron un número a su cuerpo. Nadie volvería a pronunciar su nombre en años. Cuando llegó a destino le quitaron al venda de los ojos y le dieron una golpiza de bienvenida.
"Al menos cinco ramas de las fuerzas de seguridad sirias han operado en las alas del Hospital 601 desde 2011″, informó The Washington Post. "Los detenidos, incluidos niños, habían sido golpeados, quemados con cigarrillos y sometidos a torturas", citó un informe de la Organización de las Naciones Unidas de 2013. Muchos murieron debido a esas torturas.
Los médicos y los funcionarios de Assad participaron de manera cómplice. También contaron con ayudantes, muchos de ellos ex manifestantes que habían sido coptados. "La tortura quebró a nuestros mejores hombres", dijo Masri. "Si no nos golpeaban, corrían el riesgo de un destino peor para ellos".

Entre las acciones más atroces que recordó se cuentan las de un guardia con el sobrenombre de Azrael, ángel de la muerte. Llevaba un garrote acondicionado con cuchillas de afeitar y seleccionaba a los prisioneros, convenientemente debilitados, a los que sometía a la "justicia", como llamaba a su ejecución lenta. En una ocasión quiso dar un ejemplo y derritió una bolsa de plástico sobre la cara de un detenido, gota a gota; el hombre murió. Su cadáver —otra de las muestras de barbarie habituales— quedó en la cama donde se hacinaban otras tres personas, vivas, hasta el día siguiente.
Aunque Assad descalificó las fotografías del Hospital 601 difundidas en 2014 como "noticias falsas", los sobrevivientes establecieron que no sólo son verdaderas: también ilustran situaciones que se practican en los hospitales de Tishreen, Harasta, Homs, Daraa y Alepo.
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