
En realidad, y por más que podamos ver las imágenes y mensajes durante la inauguración del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), nada nuevo hay que no hayamos sabido del discurso o tácticas de comunicación del presidente. Es más, se puede decir que tuvimos un espectáculo muy pasado por agua.
Para empezar, es bien sabido que a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) le encantan las grandes obras desde hace más de 20 años, cuando movió cielo, mar y tierra para construir el segundo piso del Periférico de la Ciudad de México. Organizó un plebiscito donde no participó siquiera el 10% del padrón, y lo consideró vinculante. Hasta hoy no sabemos cómo se ejercieron recursos públicos, pues las reservas están a décadas.
Por si fuera poco, por cada monumento que mantiene vigencia, hay varios elefantes blancos. ¿Un ejemplo? Justamente quien circule por el segundo piso puede apreciar los rastros de una ciclopista, que corre por las vías del antiguo ferrocarril a Cuernavaca. Muchos tramos son imposibles de recorrer y varios son hasta inseguros para quien quiera transitar siquiera a pie. Todavía está por verse si el nuevo aeropuerto será una obra duradera u otra pifia.
Tampoco llama la atención su manera de comunicar. Cierto, para sus detractores puede sonar vulgar o corriente, pero para su público resulta auténtico. Incluso vayamos más lejos: esa imagen de autenticidad marca la diferencia de los gobernantes considerados “populistas” ante los políticos acartonados “de siempre”. Es decir, la estrategia no solo es predecible, sino además sigue un patrón global.
Las tlayudas y el tianguis
¿Las tlayudas, donas y puestos de tianguis? Otra vez, está disfrazando de autenticidad y contacto con el pueblo una obra que, como sucede una y otra vez con cada administración, se entrega a medias – como fue en su momento la Línea 12 del Metro en la CDMX, sólo por poner un ejemplo. Pero en lo que adoradores y malquerientes del presidente se enfrentan en redes sociales, evitamos discutir temas de fondo, como la falta de conectividad del nuevo aeropuerto.
Sin embargo, eso también lo hemos visto casi diario a lo largo del presente gobierno: dos bandos enfrentados y dedicados a denostarse mutuamente, mientras evitamos discutir los problemas serios del país, como inseguridad y corrupción. La polarización es justamente una de las razones de la enorme popularidad del presidente, pues hace que todo gire en torno a él y no acerca de un proyecto compartido de país.
Finalmente, esa gran obra tiene otro objetivo: mostrar logros y elevar su popularidad rumbo a 2024, sea que desee imponer a una persona de su preferencia, o de plano busque manipular la Constitución para reelegirse. Y como sucedió cuando era Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, todavía hoy insiste con que se retirará después de su sexenio, como antes decía que lo diésemos por muerto rumbo a 2006. Basta con que una multitud parezca exigir su permanencia para que, renuente, diga que no puede desoír al pueblo.
Entonces, si lo que vimos el lunes pasado no es más que una reedición del mismo show, ¿qué sería lo asombroso? En mi opinión, que siga habiendo sorprendidos o indignados por un conjunto predecible de tácticas. Pareciera que los detractores de López Obrador están tan embelesados por su figura y estatura, no atreviéndose por alguna razón a mostrar sus verdaderos sentimientos. Del odio al amor hay un paso, dicen, y la pregunta sería se ese paso se dará hacia la izquierda o la derecha.
*Politólogo y consultor
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