Cinco compañeros indeseables

Hay conductas humanas y formas de manejarnos en la vida que presentan un mismo denominador común: “el mismo sentimiento de superioridad”: son la omnipotencia, la soberbia, el orgullo, la vanidad y el narcisismo

(Foto: Cortesía)
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Hay conductas humanas y formas de manejarnos en la vida que presentan un mismo denominador común: “el mismo sentimiento de superioridad” pero se diferencian entre sí por las motivaciones que llevan a sentirse superiores. Ellas son la omnipotencia, la soberbia, el orgullo, la vanidad y el narcisismo.

Las personas omnipotentes se caracterizan por su manera de presumir lo que creen que saben o hacen bien a la vez que humillan a quienes estén a su lado. Se dirigen a los demás desde un umbral de más alto presumiendo de un saber que los otros no poseen y generando en quienes están a su alrededor sentimientos de rechazo y desagrado.

En cambio, la soberbia es más intelectual y emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Se trata de un ser humano que ha destacado en alguna faceta y que por lo general es socialmente reconocido. La soberbia consiste en concederse más méritos de los que uno tiene. Es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y a la vez la pasión desenfrenada sobre sí mismo

En cambio, el orgullo es más emocional y lo podemos dividir en positivo o negativo. En su aspecto positivo es una alta opinión de uno mismo. Puede ser lícito y hasta respetable. El orgullo de ser un buen cirujano, un buen padre, un excelente poeta, ser de una región concreta de un país… Todo esto está dentro de unos límites normales. Puede encuadrarse en el reconocimiento a una labor bien hecha. Este orgullo es positivo y justificado porque la persona siente que ha logrado algo. Es un sentimiento de respeto hacia uno mismo que sirve de impulso para alcanzar los objetivos.

En cambio, el orgullo negativo está causado por la arrogancia o el engreimiento. La persona se muestra con aire de suficiencia y con el convencimiento de bastarse a sí mismo y no necesitar de nadie, acompañado también, como en el caso de la omnipotencia, por un desprecio hacia los demás.

El sentimiento más pobre y más falto de sustancia es la vanidad. La palabra vanidad procede del latín vanitas-tatis, que significa falto de sustancia, hueco, sin solidez. Se dice, también, de algunos frutos cuyo interior está vacío, en donde sólo hay apariencia. Mientras la soberbia es concéntrica, la vanidad es excéntrica. La persona vanidosa busca la aprobación de los demás para tener la propia, se centra en la forma en que los otros la ven.

Y, por último, pero no por ello menos importante nos encontramos con el narcisismo. El narcisista es arrogante, relaciona sus triunfos con características innatas y no por su esfuerzo personal. Tiene una necesidad de admiración y una falta de afinidad con los otros, exagera los logros y sus capacidades y espera ser reconocido como alguien superior.

La persona narcisista se cree especial y única y siente que solo puede ser comprendida por otras personas especiales o con alto status. Por supuesto que también presenta actitudes soberbias. El narcisista es incapaz de preocuparse por alguien o tomar en consideración los sentimientos y necesidades de otras personas, se transforma para los demás en una persona insoportable.

Dime de qué presumes y te diré de qué careces, dice el refrán. El omnipotente es prepotente, el narcisista es pretencioso, el soberbio es despreciativo, el orgulloso tiene aires de grandeza y el vanidoso es vacuo. Todos comparten la misma característica: sobrepasan los límites del respeto, la tolerancia, la humildad y la consideración por los otros. Se creen dotados de un carisma y poder que los hace diferentes al resto de los mortales. Hegel lo llamaba “delirio de presunción” porque creen alcanzar lo que nadie logra y no por los caminos que la mayoría tratamos de lograr nuestros objetivos, es decir a través del trabajo, el esfuerzo, la constancia y la dedicación, sino solo por el hecho de ser ellos mismos.

La gente no quiere a esa clase de personas. Las soporta y las tolera cuando no le queda otra alternativa, pero se alejan a la primera oportunidad que se les presenta. A nadie le gusta sentirse humillado o maltratado por otro.

Si no se excede en sus apreciaciones sobre usted mismo, seguramente las personas que lo rodean no rechazarán su compañía y gustosamente lo incluirán en la lista de invitados para la fiesta de sus próximos cumpleaños.

*Escritora y psicóloga

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