Las poblaciones de ballena franca austral habitan principalmente en las aguas frías del hemisferio sur.
Sus áreas de distribución abarcan desde las zonas costeras de América del Sur (especialmente Argentina, Uruguay y Brasil) hasta el sur de África (Sudáfrica y Namibia) y Australia.
En Australia, las ballenas están enfrentando un problema de declive, según un estudio que fue publicado en la revista Scientific Reports.
Científicos de universidades de ese país hicieron la investigación y detectaron que el cambio climático afecta a especies marinas vulnerables y deja huella en los ciclos de vida de este mamífero icónico.
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Las investigaciones más recientes la presentan como una especie centinela, capaz de revelar los cambios profundos que sufre el océano Austral.
Los expertos resaltaron el valor de la ballena, cuyo nombre científico es Eubalaena australis, como especie indicadora de las transformaciones ambientales.
Su comportamiento revela el impacto de las alteraciones climáticas en los ecosistemas australes.
Cómo estudiaron a las ballenas

El equipo de investigadores analizó más de tres décadas de datos de fotoidentificación, recolectados entre 1991 y 2024 en el Gran Golfo Australiano, dentro del área protegida indígena de Yalata.
Identificaron una disminución significativa en la tasa reproductiva, asociada a intervalos de parto cada vez más extensos.
La caída de la reproducción coincide con la reducción del hielo marino en la Antártida y la modificación de condiciones oceánicas, como la persistente Oscilación Antártica positiva.
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Estos cambios sugieren un desequilibrio ecológico de mayor alcance, que se refleja en la disminución de nacimientos dentro de la población australiana de ballena franca.

La doctora Claire Charlton líder del Programa Australiano de Ballena franca, advirtió: “Este retroceso reproductivo es una señal de advertencia para la especie y subraya la necesidad urgente de esfuerzos coordinados de conservación en el océano Austral ante el cambio climático provocado por el ser humano”.
Ecosistemas que se enfrían y desaparecen

Los resultados refuerzan el papel de la ballena franca austral como referencia ecológica. Su sensibilidad a la variabilidad climática en las zonas de alimentación fuera de la costa la convierte en un termómetro natural de las crisis ambientales.
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Se han detectado tendencias similares en Sudamérica y Sudáfrica, donde otras especies dependientes del kril—ballenas y aves—también muestran señales de presión por el aumento de olas de calor marinas y la pérdida de hielo.
El informe señala que la presión humana intensifica el escenario adverso. La ballena franca austral enfrenta colisiones con embarcaciones, contaminación acústica submarina, enredos en redes de pesca y degradación del hábitat costero y marino.

Estas amenazas se suman al desafío de la reducción de recursos alimentarios y la incertidumbre ambiental.
La doctora Charlton, académica adjunta en la Universidad Flinders University e investigadora en la Universidad Curtin de Australia, subrayó la importancia de los programas de monitoreo a largo plazo.
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Observaciones sistemáticas realizadas durante cuatro décadas en la Gran Bahía Australiana, situada al sur de Australia, permiten detectar cambios poblacionales y anticipar riesgos para la especie.
“El cambio climático en la Antártida ya se refleja en la costa australiana”, aseguró.
La memoria del océano en cifras
La ballena franca austral estuvo al borde de la extinción global tras la caza comercial del siglo XIX y XX. Desde la protección internacional, su recuperación ha sido lenta y parcial.
Los datos más recientes, obtenidos mediante relevamientos aéreos entre 1976 y 2024, estiman que la población australiana actual es de 2.346 a 3.940 individuos, apenas 16–26% de los niveles preindustriales.
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El número de crías bajó de 222 en 2016 a 200 en 2024, según la Universidad de Tasmania.
Algunas ballenas han desplazado sus zonas de alimentación desde aguas antárticas de alta latitud hacia regiones subantárticas y diversifican su dieta, al priorizar presas más ricas en copépodos.

Esta adaptación responde a la disminución del kril y a la transformación de los ecosistemas australes.
El futuro de la especie está marcado por la incertidumbre, mientras científicos y conservacionistas insisten en la urgencia de acciones coordinadas para preservar este legado biológico.
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