El dilema energético global: entre emisiones de carbono y precariedad

El desarrollo de fuentes asequibles y sostenibles será decisivo para evitar que millones de personas queden atrapadas entre la precariedad y el daño ambiental

A pesar de la firma en 2015 del acuerdo de París en materia de reducción de emisiones de efecto invernadero , la temperatura del planeta no ha parado de crecer (DEF)
La comunidad internacional se enfrenta al desafío de la transición energética (DEF)
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Cientos de millones de personas viven sin acceso a energía moderna, mientras que los países más ricos generan emisiones de gases de efecto invernadero a niveles insostenibles. Esta doble crisis energética, que mantiene a la humanidad atrapada entre la pobreza energética y el daño ambiental, ha sido analizada en profundidad por Our World in Data, que advierte sobre la urgencia de encontrar alternativas energéticas asequibles y sostenibles a gran escala.

El análisis de Our World in Data identifica dos grandes problemas energéticos globales. Por un lado, la pobreza energética afecta a miles de millones de personas, especialmente en los países con menores ingresos, donde la falta de acceso a electricidad y combustibles limpios para cocinar tiene consecuencias devastadoras. Por otro, el consumo energético en los países más desarrollados impulsa la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero, agravando la crisis climática.

Pobreza energética y sus consecuencias en salud y medio ambiente

La pobreza energética se manifiesta en la carencia de servicios básicos como la electricidad y el uso de combustibles sólidos para cocinar y calentar los hogares. Esta situación, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), representa “el mayor riesgo ambiental para la salud a nivel mundial”. La exposición al humo en interiores es responsable de 3,2 millones de muertes anuales, convirtiéndose en el principal factor de riesgo de muerte prematura para las personas más pobres.

Además, la dependencia de la leña como fuente de energía está directamente vinculada a la deforestación, especialmente en África, donde la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala que el uso de madera es el principal motor de la degradación forestal. En regiones como África Oriental, Central y Occidental, más de la mitad de la energía total proviene de la leña. La falta de acceso a energía moderna también perpetúa la pobreza: sin electricidad, las familias no pueden refrigerar alimentos, utilizar electrodomésticos básicos ni disponer de luz para estudiar o trabajar durante la noche.

La falta de acceso a energía perpetua la pobreza en los países menos desarrollados

POLITICA AFRICA KENIA INTERNACIONAL
DONWILSON ODHIAMBO / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO
La falta de acceso a energía perpetua la pobreza en los países menos desarrollados POLITICA AFRICA KENIA INTERNACIONAL DONWILSON ODHIAMBO / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO

Emisiones de gases de efecto invernadero y desigualdad global

En contraste, los países con mayores ingresos presentan un problema opuesto: el exceso de emisiones. Our World in Data destaca que el 91% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero provienen de la producción de energía, y que las personas en los países más ricos tienen las emisiones per cápita más elevadas. Por ejemplo, en Estados Unidos, una persona promedio emite en cinco días más dióxido de carbono que un habitante de Etiopía, Uganda o Malawi en todo un año. El crecimiento económico ha permitido mejorar las condiciones de vida y reducir la pobreza energética, pero a costa de un aumento significativo de las emisiones. En 2023, las emisiones globales de CO₂ alcanzaron los 37.800 millones de toneladas. Para frenar el cambio climático, el Acuerdo de París establece como meta limitar el aumento de la temperatura global a menos de 2℃ respecto a los niveles preindustriales, lo que exige reducir las emisiones a niveles netos cercanos a cero en las próximas décadas.

El problema de las emisiones no se limita a las élites económicas. Investigadores como Diana Ivanova y Richard Wood han demostrado que el 1% más rico de la Unión Europea emite, en promedio, 43 toneladas de CO₂ al año, nueve veces más que el promedio mundial de 4,7 toneladas. Sin embargo, incluso en países desarrollados como Alemania, Irlanda y Grecia, más del 99% de los hogares superan las 2,4 toneladas de emisiones per cápita anuales. Solo en los países más pobres, donde la mayoría de la población sufre pobreza energética, las emisiones se acercan a cero, pero esto implica condiciones de vida muy precarias, lejos de los estándares de los países desarrollados.

El acceso a la energía es fundamental para mejorar la calidad de vida, pero en un mundo donde los combustibles fósiles dominan la matriz energética, este acceso suele traducirse en emisiones insostenibles. Así, la mayoría de la población mundial —excepto los más pobres— mantiene niveles de emisiones demasiado altos para ser sostenibles a largo plazo.

La energía nuclear y las energías renovables emiten mucho menos carbono  que los combustibles fósiles.  (AP Foto/Bradley C Bower, archivo)
La energía nuclear y las energías renovables emiten mucho menos carbono que los combustibles fósiles. (AP Foto/Bradley C Bower, archivo)

La humanidad se enfrenta, por tanto, a una disyuntiva: persistir en la pobreza energética o depender de los combustibles fósiles y sus consecuencias ambientales. Aunque el acceso a la energía ha mejorado notablemente en las últimas décadas —con 315.000 personas accediendo a la electricidad cada día en los últimos diez años—, este progreso ha ido acompañado de un aumento de las emisiones globales. Para los países de ingresos bajos y medios, el crecimiento económico implica acercarse a los niveles de vida de los países ricos, pero también a sus elevados niveles de emisiones, salvo que existan alternativas energéticas asequibles y limpias.

La solución, según Our World in Data, pasa por desarrollar fuentes de energía a gran escala que sean asequibles, seguras y sostenibles. Sin estas alternativas, el mundo seguirá atrapado entre dos opciones insatisfactorias: la pobreza energética o el aumento de las emisiones.

La innovación tecnológica resulta imprescindible, especialmente en sectores como el transporte, la calefacción, la producción de cemento y la agricultura, donde las alternativas bajas en carbono aún son limitadas. En el sector eléctrico, algunos países han logrado avances notables: Francia obtiene el 94% de su electricidad de fuentes bajas en carbono y Suecia alcanza el 99%. Estos ejemplos demuestran que es posible avanzar hacia una matriz energética más sostenible, aunque a nivel global el cambio ha sido lento, con un aumento de solo cuatro puntos porcentuales en la participación de fuentes bajas en carbono en la generación eléctrica durante las últimas tres décadas.

A pesar de estos avances, la mayoría de los países aún se encuentra lejos de ofrecer energía limpia, segura y asequible a gran escala. Si no se acelera el desarrollo y la adopción de nuevas tecnologías, la humanidad permanecerá anclada en la disyuntiva actual: o bien millones de personas seguirán sin satisfacer sus necesidades básicas, o bien se comprometerá la capacidad de las futuras generaciones para vivir en un planeta habitable.

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